La inquilina Capítulo 24
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Capítulo 24

B lake! ¡Blake!

Los gritos de Krista desde la planta baja me despiertan con un sobresalto. Tardo un segundo en orientarme. Es sábado, estoy en la cama, Krista no está a mi lado. Y son… Mierda, solo son las siete de la mañana.

—¡Blake!

Suena completamente histérica y se me encoge el estómago. ¿Qué será esta vez? Me da miedo descubrirlo.

Ha pasado un poco más de una semana desde el episodio de los gusanos.

Aún no ha habido por parte de Whitney ninguna alusión a lo que hice.

De hecho, empiezo a preguntarme si me lo habré imaginado todo.

La sola idea de que alguien hubiera metido adrede una bolsa de papel llena de fruta podrida en el armario de la cocina parece bastante descabellada.

¿Podría haberse tratado de una especie de sueño lúcido?

Pero no. Uno no se imagina una bolsa llena de gusanos.

Además, el problema de las mosquitas de la fruta ha mejorado de forma notable. Hemos dejado en la cocina un montón de trampas nuevas que han atrapado, digamos, al noventa por ciento de las mosquitas. Entre esas y las que yo aplasto con la mano, la plaga ha quedado reducida a una leve molestia.

—¡Blake!

Me restriego los ojos y me incorporo con dificultad en la cama.

—¡Voy! —respondo.

Bajo las piernas por un lado de la cama. Me pongo una camiseta, pero no me molesto en cambiarme los calzoncillos por otra cosa. No me estoy vistiendo para Whitney. Mi novia puede verme en ropa interior.

Al llegar a la mitad de la escalera veo a Krista de pie en la sala de estar. Tiene la cara toda roja y, cuando me acerco un poco más, veo sus mejillas arrasadas en lágrimas. Está llorando.

Oh, no. ¿Qué ha pasado?

—¡Es Goldy! —gime—. ¡Goldy está muerta!

Me apresuro a bajar el resto de los escalones descalzo. Cuando llego junto a la pecera, veo que, en efecto, Goldy está panza arriba en el agua. Nunca había visto un pez muerto, salvo en la pescadería, pero no me cuesta reconocer que se ha ido al otro mundo.

—Lo siento muchísimo. —Le paso a Krista el brazo por los hombros y la atraigo hacia mí—. Es… muy triste.

Resulta extraño, pero es triste en cierto modo.

Pese a que no teníamos mucha interacción directa con Goldy, me había acostumbrado a su presencia.

Y le he estado hablando un poco más de lo que dictaría la cordura.

Sé que era solo un pez, pero tenía su personalidad.

Un poquito de personalidad, al menos. Para ser un pez.

Krista, por su parte, está afectada de verdad. Se aferra a mí y solloza sobre mi pecho. Le doy un abrazo de nivel diez mientras sus lágrimas me humedecen la camiseta. Tras unos minutos, alza la mirada con los ojos hinchados y enrojecidos.

—Ya sé que es extraño estar tan afligida por un pez —dice—, pero le había tomado cariño. Y era la primera mascota que hemos tenido como pareja, ¿sabes? Da la sensación de que… su muerte es una señal.

—No es una señal. —Tengo que cortar de raíz ese pensamiento—. En la tienda de mascotas ya nos dijeron que estos peces dorados no suelen vivir mucho tiempo.

—Pero parecía muy sana —gimotea Krista—. No lo entiendo. Le puse la comida ayer y ¡parecía estar perfectamente! ¡Se zampó las bolitas en un momento!

—Ajá —digo.

Ella se seca la cara con el dorso de la mano.

—Le cambiaste el agua el pasado fin de semana cuando te lo pedí, ¿no? —me pregunta.

—Pues claro.

—Pero no se la cambiaste toda, ¿verdad? Solo el veinte por ciento…

—Sí. Así lo hice. —Más o menos.

—Y pusiste una tableta para eliminar el cloro, ¿no?

—Por supuesto.

Mientras Krista me interroga sobre lo que hice cuando cambié el agua la semana pasada, no puedo evitar sentir un poquito de alivio por el hecho de que ya no vaya a tener que hacerlo más.

Cambiar el agua de la pecera era una lata.

Aunque tengo el mal presentimiento de que es probable que pronto volvamos a la tienda de mascotas para comprar otro pez.

Tal vez pueda disuadirla de ello. Al menos hasta que las cosas se tranquilicen.

Tendré que investigar un poco qué animales son más fáciles de cuidar. Un lagarto sería genial.

—Hemos de… enterrarla —dice Krista.

—¿En serio? ¿Quieres decir que no podemos… tirarla simplemente por el váter?

Krista me lanza una mirada horrorizada. Quizá eso ha sido un poco insensible. Siento una pequeña punzada en el pecho mientras miro el cuerpecillo inerte de Goldy.

—Perdona —me apresuro a decir—. Claro que podemos enterrarla. Podemos celebrar un funeral y todo lo demás.

Con esto, ella parece aplacarse en cierta medida. Fantástico. Ahora me he comprometido a celebrar un funeral por un pez dorado. No puedo creer que vaya a ser así como voy a pasar la mañana del sábado.

—Voy a buscar una bolsa hermética para guardarla —dice Krista—. ¿Puedes sacarla tú de la pecera?

—Claro.

Me da un poco de asco la idea de manipular un pez muerto, pero supongo que no es algo muy distinto, estrictamente hablando, de cuando estoy comiendo sashimi. Eso me digo a mí mismo, en todo caso.

Al inclinarme sobre la pecera con la red, capto un tufillo en el agua. Es entonces cuando lo huelo. Al principio, pienso que debo estar imaginándomelo. Pero no. Hay un hedor inconfundible procedente de la pecera.

Es lejía.

Krista vuelve a la sala de estar con una bolsita lo bastante grande como para meter a Goldy dentro.

Todavía tiene los ojos hinchados, y me pregunto por un momento si no será una crueldad decirle que su pececito no ha muerto por causa natural.

Pero Krista tiene que saber la verdad. Tiene que saber con qué estamos lidiando aquí, porque ella no parece tomárselo en serio.

—Krista —digo muy despacio—. Alguien ha puesto lejía en la pecera.

Abre los ojos como platos.

— ¿Qué?

—Lo estoy oliendo. —Ahora que he identificado el hedor, me parece como si inundara toda la sala. No comprendo cómo no lo he detectado antes—. Es un olor inconfundible.

Krista viene corriendo y acerca la nariz a la pecera mucho más de lo que yo estaría dispuesto a hacerlo habiendo un pez muerto dentro. Luego alza la cabeza.

—Yo no huelo nada.

—¿En serio? —Yo sería capaz de olerlo desde el fondo del pasillo—. Es lejía sin la menor duda, Krista.

Ella vuelve a husmear la pecera.

—No lo sé. Ni siquiera estoy del todo segura de cómo huele la lejía.

—¡Es un olor químico! ¡Es lejía!

Solo me doy cuenta de cómo estoy levantando la voz al ver que ella da un paso atrás.

—Vale, ¿y por qué tendría que haber lejía en la pecera?

Yo me estaba preguntando lo mismo.

—Debe de haberla puesto Whitney.

—¿Whitney? —Me mira con ojos desorbitados—. ¿Por qué demonios iba Whitney a hacer eso?

—Porque es una psicópata —respondo, puesto que es obvio —. Sé que necesitamos el dinero, pero creo que deberíamos echarla de aquí. En serio.

Krista frunce el ceño.

—Y entonces ¿cómo vamos a pagar la hipoteca?

A estas alturas, casi prefiero que me echen de esta casa que vivir aquí con Whitney. No me fío de ella. Si está dispuesta a envenenar a un pez, ¿quién sabe de qué más es capaz?

—¿De verdad quieres que convivamos con una persona capaz de envenenar a un pez indefenso?

—Yo no huelo nada, la verdad…

—Créeme, Krista.

Ella me mira con escepticismo. Es exasperante. ¿Cómo es posible que no perciba este hedor químico? ¿Acaso tiene el olfato atrofiado?

—Hemos de librarnos de Whitney —digo con más firmeza—. Ya encontraremos a otra persona.

—Todos los demás candidatos eran horribles —me recuerda—. A mí me gusta Whitney. Durante todo el tiempo que lleva aquí, no ha mostrado otra cosa que una actitud amable.

—Sí, contigo.

Me dirige la misma mirada que cuando Quillizabeth declaró haber tenido la visión de que yo la mataba a puñaladas.

—Blake, ¿no cabe la posibilidad de que estés…?

—De que esté… ¿qué?

Ahora aparta la mirada.

—Que estés imaginándote algunas de las cosas que dices que Whitney ha hecho.

—Eso es absurdo. —Aunque no lo reconozco, su acusación me provoca una sensación inquietante—. No me he imaginado nada. Whitney me odia.

—No me dijo nada de que no le cayeras bien cuando almorzamos juntas.

Me siento como si acabara de recibir una patada en el estómago.

—¿Almorzasteis juntas?

—¿Y por qué no? —Krista pone los brazos en jarras—. Ella no es el enemigo, Blake. Vive con nosotros.

—Sí que es el enemigo —replico, aunque, al tiempo que salen estas palabras de mis labios, me doy cuenta de que sueno un poco histérico. El agua de la pecera de Goldy chapotea un poco. Carraspeo—. Y seguramente ha hecho esto para vengarse de mí.

—¿Por qué tendría que querer vengarse de ti? ¿Vengarse de qué?

—De lo que le hice a su cama.

Krista inspira de golpe.

—¿Qué le hiciste a su cama?

Mierda. No debería haber dicho eso. No estaba pensando.

—¿Qué hiciste, Blake? —Me mira entornando los ojos—. Dime la verdad.

Me remuevo, avergonzado. Cuando tiré aquella porquería sobre la cama de Whitney, estaba de lo más cabreado. Ahora, si echo la vista atrás, me avergüenza haberlo hecho. Pero la culpa es suya. Fue ella quien escondió aquella fruta podrida en la cocina. Es ella la malvada.

—¿Te acuerdas de que teníamos en la cocina todas aquellas mosquitas?

—empiezo—. Bueno, resulta que Whitney había metido en el estante superior de los armarios un par de piezas de fruta que estuvieron pudriéndose ahí desde que ella vino a esta casa.

Habían empezado a criar gusanos. —Me estremezco al recordarlo—. Así que… me desquité.

—¿Cómo que te desquitaste? ¿Qué quieres decir?

—Tiré esa fruta podrida sobre su cama.

—Ay, por Dios. —Krista empieza a deambular por la sala de estar—. ¿En serio tiraste fruta llena de gusanos en la cama de Whitney? Pero ¿qué demonios te pasa? ¿Has perdido el juicio?

—Fue ella quien la dejó en la cocina…

—¿Y cómo lo sabes? —explota—. Eres tú el que siempre está comiendo manzanas. ¡Quizá dejaste tú esa fruta ahí arriba!

—¡Creo que me acordaría si hubiera metido unas manzanas en una bolsa de papel y la hubiera dejado en el estante de arriba, a donde ni siquiera llego sin un taburete!

Krista menea la cabeza.

—¿Usaste ese horrible taburete del que te niegas a deshacerte? Algún día, cuando se rompa, vas a hacerte daño de verdad.

—No me estás siguiendo —le suelto—. Mira, sé que fue Whitney quien dejó la fruta allí. Y ahora se ha vengado de mí echando lejía en la pecera.

—¿Por qué iba a vengarse de esa manera de ti? —me replica—. Soy yo la que quería a Goldy. ¡A ti no te importa lo más mínimo! ¡Estabas dispuesto a tirarla al váter!

A mí me gustaba Goldy; quererla me parece excesivo para un pez.

Pero sí, la verdad, si Krista me diera la opción, tiraría el pez por el váter y me ahorraría ese absurdo funeral.

Ahora, sin embargo, debo adoptar el papel del novio sensible.

Porque cada vez es más evidente que, si no intento arreglar las cosas, corro el peligro de perder a Krista.

Ella actúa como si yo me hubiera trastornado últimamente, lo cual no es cierto.

Teniendo en cuenta que he perdido mi trabajo y he estado durmiendo fatal (en buena parte gracias a otro episodio de golpes en mitad de la noche), creo que estoy sobrellevando la situación bastante bien, joder.

Inspiro hondo varias veces para dominarme. Replicar a Krista a gritos no hará más que empeorar las cosas.

—Krista —digo con suavidad—, perdona. A mí sí me importaba Goldy. O sea, me importa. Y deseo en serio celebrar ese funeral. Era un buen pez.

—Sí, era un buen pez —gimotea Krista.

No dice nada más sobre la lejía, lo que me hace pensar que no cree que haya sido eso lo que ha matado a Goldy. Es curioso: cuando vuelvo a husmear la pecera, ya no huele tan fuerte. Pero no me lo estoy imaginando.

Whitney ha matado a nuestro pez. No he estado tan seguro de algo en toda mi vida.

Y tengo el mal presentimiento de que esto es solo el principio.