Capítulo 22
E stoy bien.
Contra todo pronóstico, he sobrevivido a una caída desde una altura de treinta centímetros sin partirme el cuello, aunque me he quedado sin respiración a causa del golpe.
Permanezco tendido en el suelo unos momentos, mientras voy haciendo inventario de mis lesiones.
Me he machacado el codo con el impacto y siento una descarga de dolor a lo largo del antebrazo, pero no parece que tenga nada roto. No hace falta correr a urgencias.
La bolsita de papel sigue en el estante superior y agradezco que siga allí. Alzo la mirada hacia el estante, en cuyo borde se sostiene la bolsita en un equilibrio precario. Trago la bilis que tengo en la garganta.
Esa imagen está grabada a fuego en mi cerebro.
No estoy seguro de lo que en su momento contenía la bolsita.
¿Manzanas? ¿Peras? Creo que eran manzanas.
Eso no importa, en todo caso. Fuera lo que fuese, se ha podrido hasta el punto de que ahora se halla cubierto de gusanos.
El aire está impregnado de ese repugnante olor dulzón.
Si ya es bastante malo encontrar algo así en mi cocina, resulta aún más inquietante adivinar cómo llegó ahí. A mí me gusta la fruta tanto como al que más, pero jamás metería un par de manzanas en una bolsa de papel y la dejaría en el estante superior, donde nadie pudiera alcanzarla.
No, quien la dejó ahí lo hizo con toda la intención. Y fue para asegurarse de que yo no descubriría que había algo podrido en la cocina hasta que las mosquitas se hubieran multiplicado, sacándome de mis casillas.
Empecé a reparar en las mosquitas de la fruta no mucho después de que Whitney se mudara. Da la impresión de que una de sus primeras maniobras, después de entregar el depósito, fue encargarse de que mi casa no volviera a parecer un lugar limpio y seguro.
Lo peor es que, si le planto cara abiertamente, ella lo negará todo. A juzgar por lo que ha sucedido otras veces, me odiará todavía más.
Y Krista no creerá que haya sido Whitney. Ella ya piensa a estas alturas que estoy perdiendo el juicio. Teniendo en cuenta que nuestra relación parece pender de un hilo, no quiero involucrarla en este asunto.
Miro la bolsa de papel, que ahora está lo bastante cerca como para que pueda alcanzarla sin un taburete; y menos mal que es así, porque el único que tenemos está partido en pedazos esparcidos por todo el suelo.
Así pues, cojo una de las ollas más grandes que hay sobre los fogones, la coloco invertida en el suelo y le aplico encima mi peso con cuidado, para ver si aguantará sin romperse.
Aguanta. Me sujeto a la encimera con el brazo izquierdo, para mantener el equilibrio, y el codo que me he golpeado en la caída me hace aullar de dolor.
Ahora estoy a la altura suficiente como para poder agarrar la bolsa de papel. Casi de milagro, consigo retirarla del estante sin que ceda mi base de apoyo y la coloco sobre la encimera. Solo de pensar en su contenido, se me revuelve el estómago, aunque, más que nada, estoy furioso de verdad.
Pero no puedo enfrentarme con Whitney. Y tampoco puedo echarla a patadas. ¿Qué puedo hacer, pues?
Entonces se me ocurre la respuesta. Voy a hacerle probar su propia medicina.
Cojo una bolsa de plástico de la despensa, porque la posibilidad de que la bolsita de papel se desintegre, dejando escapar todo su contenido sobre el suelo de la cocina, resulta demasiado nauseabunda para imaginarla siquiera.
Una vez que está a buen recaudo en la bolsa de plástico, salgo de la cocina y subo las escaleras hasta el segundo piso. El codo no deja de dolerme.
La habitación de Whitney está junto a la escalera. Tiene un cerrojo en la puerta, pero solo funciona desde dentro. Eso significa que, cuando ella sale, queda abierta. Pongo la mano en el pomo y, en efecto, gira sin problemas.
No había estado dentro de esta habitación desde que Whitney se trasladó aquí. Me he enfrentado con ella varias veces desde el umbral, pero nunca he entrado. Habría resultado demasiado invasivo. Así pues, ahora echo un vistazo alrededor.
No tiene muy mal aspecto. No sé qué me esperaba.
¿Una barra de incienso encendida? ¿Restos de algún ritual satánico?
¿Una pintada en la pared con sangre diciendo «Odio a Blake»?
No veo nada que se le parezca ni de lejos.
La habitación está ordenada, con la ropa cuidadosamente guardada en los cajones; incluso la cama está hecha.
Como yo, tiene el hábito de hacérsela, lo que me inspira cierto respeto, aunque sea con reticencia.
Encuentro irritante, en cambio, que no haya vaciado la papelera que hay junto a la cama; está repleta de notas adhesivas estrujadas.
Por pura curiosidad, abro su armario. El interior resulta aburridísimo. Tiene una hilera de camisetas, pantalones y vestidos colgados de las perchas, y unas zapatillas de repuesto y unos zapatos de tacón en el suelo.
Vale, basta de fisgonear. Me concentro en lo que he venido a hacer.
Situándome frente a la cama de Whitney, echo un último vistazo a la bolsa de plástico y luego la vuelco.
Al caer sobre la cama, la base de la bolsita de papel se desprende, tal como esperaba, y todo su contenido se desparrama de golpe. La fruta podrida y los gusanos quedan esparcidos sobre la manta impoluta.
Muy bien. Ahora estamos empatados.
No había hecho nunca nada parecido. Mientras bajo por las escaleras hacia la cocina, donde tengo la intención de limpiar a fondo hasta que las mosquitas hayan desaparecido, hago planes para salir y celebrarlo con una cerveza cuando haya terminado.
Me encanta mi casa y Whitney la ha convertido en un infierno. Me he limitado a desquitarme un poco.
Solo que estoy seguro de que Whitney no lo verá así. Por muy bien que me haya sentido al tomarme una pequeña venganza, tengo la sensación de que acabo de cometer un error fatal.