Capítulo 21
L a cabeza me da vueltas. ¿Podría ser que Whitney se hubiera mudado aquí con el decidido propósito de convertir mi vida en un infierno?
Es cierto que yo cometí un error al gritarle por consumir mi jabón y mis cereales, y me arrepiento de ello. Pero no he hecho absolutamente nada que justifique cómo me ha tratado. Da la extraña impresión de que me la tenía jurada desde el primer día.
O incluso antes del primer día. Quizá sea ella el auténtico motivo de que yo perdiera mi trabajo y necesitara buscar un inquilino.
Pero ¿cómo podría ser? ¿Cómo iba a conocer ella a Wayne Vincent? E incluso si lo conocía —suponiendo que tal cosa fuera posible—, ¿por qué? ¿Por qué iba a tenderme una trampa de esa manera? ¿Por qué iba a querer colarse en mi casa?
¿Hay un motivo para que Whitney Cross me la tenga jurada que yo desconozco?
No. No tiene sentido. Quizá yo esté un poquito más paranoico de lo normal últimamente, pero esa es una hipótesis excesiva incluso para mí. Y, además, antes de que ella se presentara a la entrevista, yo no la había visto en mi vida.
¿No?
Saco mi teléfono y tecleo «Whitney Cross» en el buscador de Google. Hice una búsqueda rápida cuando la conocimos, pero, al ver que no aparecía nada alarmante, dejé de indagar. Esta vez hago una inspección más a fondo.
Lo primero que aparece es una historiadora estadounidense llamada Whitney Rogers Cross, pero resulta que murió en 1955, así que supongo que no tiene nada que ver.
Voy examinando al menos una docena de páginas de resultados y ninguno coincide con la Whitney que yo conozco.
Reviso las redes sociales y encuentro algunos perfiles bajo el nombre de Whitney Cross, pero ninguno lleva fotografía o alguna información que sea pública.
Todo esto es muy extraño. La mayoría de la gente de mi edad tiene alguna presencia en las redes sociales. Pero Whitney no. No hay una sola huella digital de esta chica.
Resulta inquietante.
¿Por qué no iba a tener alguna presencia en las redes? No da la impresión de ser una tecnófoba; siempre anda con el móvil en la mano. ¿Acaso está tratando de ocultar algo de su pasado?
O tal vez no le gusta internet, simplemente. Siempre está trabajando, así que podría ser que no tenga tiempo para las redes sociales. Eso no es un crimen, desde luego.
En todo caso, no parece que vaya a encontrar nada interesante en Google.
Como Krista ha salido con Becky esta noche, debo ocuparme yo de la cena. No me apetece preparar nada complicado, pero tenemos pan y pavo, así que… toca un sándwich. Saco de la nevera una barra de pan y un paquete de pavo procesado y los pongo sobre la encimera.
Basta con que los deposite ahí encima para que varias docenas de mosquitas de la fruta alcen el vuelo. Doy un paso atrás, atónito. El problema con esos insectos está totalmente fuera de control. ¿Cómo es posible que haya tantas?
Krista y yo montamos una segunda trampa en la encimera. Le echo un vistazo y se me encoge el corazón. Tiene que haber al menos un centenar de mosquitas en cada una de las trampas. Estamos atrapándolas a docenas, pero es como si, por cada una que matamos, aparecieran dos más en el aire.
Miro el pan y el pavo, ahora cubiertos de un manto palpitante de mosquitas.
Me entran náuseas al verlo. Bueno, adiós a mi apetito.
No entiendo qué es lo que estamos haciendo mal.
Krista y yo nos hemos turnado para limpiar cada día la cocina, y yo froto hasta dejarme los dedos en carne viva.
No hay ni una sola miga en la encimera, y tampoco fruta, desde luego. ¿Qué comerán estas estúpidas mosquitas?
No hace falta llamar a un exterminador de insectos para acabar con ellas, ¿no? No son el tipo de bichos que requiera un veneno potente. Deberíamos ser capaces de librarnos de ellas por nuestra propia cuenta. Todo se reduce a eliminar la fuente de comida.
Pero ¿cuál es? La cocina está inmaculada.
Alzo los ojos, reparando en que muchas de las mosquitas se han agolpado alrededor de los armarios superiores. No sé por qué estarán ahí arriba. Lo único que guardamos ahí son los platos limpios.
Abro el armario y un pequeño enjambre de mosquitas emerge del interior.
¿Qué demonios? Echo la cabeza hacia atrás para tratar de ver mejor lo que hay dentro.
Da la impresión de que solo platos y cuencos limpios.
¿Por qué habrá ahí tantos insectos? Están todos apiñados alrededor del estante más alto, que no consigo ver bien.
¿Qué narices hay ahí arriba?
Por desgracia, no voy a poder verlo sin algo donde subirme.
Hay un taburete en el armario del pasillo, de unos treinta centímetros de altura, que creo que debería bastarme para llegar a ese estante.
Por desgracia, el taburete no es demasiado estable.
De hecho, la última vez que lo utilicé para cambiar una bombilla, Krista dijo que me iba a partir el cuello.
Pero no habrá problema. No voy a partirme el cuello.
Arrastro el taburete hasta la cocina y lo sitúo bajo el armario. Cuando me subo, cruje de forma amenazante, pero no se viene abajo. Perfecto. No estaré mucho rato encima.
El armario sigue abierto y el estante superior resulta visible, aunque no está muy bien iluminado.
La cantidad de mosquitas ahí es tan enorme que parece como si la balda misma hubiera cobrado vida.
No creo que las mosquitas de la fruta hagan ruido, pero el enjambre en conjunto casi parece emitir un zumbido.
Y hay un hedor peculiar. Yo ya había notado un olor en la cocina, aunque la verdad es que me había acostumbrado a él.
Pero aquí, con el armario abierto, es mucho más intenso. Abrumador.
Parpadeo varias veces e intento ver, más allá de las mosquitas, qué es lo que las atrae tanto. ¿Qué puede ser lo que las ha estado alimentando?
Y entonces me doy cuenta.
Hay una bolsita de papel ahí dentro. Está muy claro que esa es la fuente de comida de las mosquitas, a juzgar por la gran cantidad que se aglomeran alrededor.
Por un momento, considero la idea de usar una toallita de papel para evitar tocar la bolsa, pero no quiero tener que bajarme del taburete, ir a coger la toallita y volver a subir.
No, la cogeré con las manos. Hay que ocuparse de esto ahora mismo.
Sujeto la bolsita de papel entre el pulgar y el índice.
Las mosquitas se dispersan un poco, aunque siguen intensamente atraídas por su contenido.
Respiro por la boca a causa del hedor y poco a poco tiro de la bolsa hacia mí hasta que queda en el borde del estante.
La tengo lo bastante cerca como para ver lo que hay dentro.
Inclino el borde de la bolsita para situarla a la altura de mis ojos y echo un vistazo dentro.
Se me revuelve el estómago. Oh, Dios. Dios mío.
Entonces suena un fuerte crujido y las patas del taburete ceden de repente. Antes de estrellarme en el suelo, lo único que puedo decirme a mí mismo es: «Odio a Whitney Cross».