Capítulo 20
C uando recibo una llamada de Malcolm —el Malcolm de Becky— deduzco que la instigadora debe de haber sido Krista.
Han pasado dos semanas desde que Krista encontró la mancha de pintalabios en mi camisa.
No le pedí explicaciones a Whitney, pero, al día siguiente de que Krista lo descubriera, ella me lanzó una mirada mordaz que me convenció aún más de que aquello había sido obra suya.
Estoy convencido también de que Whitney hizo algo en la lavadora o la secadora para que la ropa me picara, porque, desde que Krista empezó a llevársela a la tintorería, no he tenido ningún problema. La erupción ha desaparecido.
En cuanto a mi relación con Krista, las cosas han mejorado, aunque siguen siendo algo precarias.
¿De verdad cree que no la estoy engañando?
Pienso que sí. Pero también pienso que ella misma no quiere reconocer hasta qué punto está preocupada por mí.
Esta noche ha salido a cenar con Becky, así que la llamada del marido de su amiga resulta sospechosamente oportuna para evitar que me quede solo a mis anchas.
Estoy volviendo del trabajo, a unas dos manzanas de casa, cuando el teléfono empieza a vibrarme en el bolsillo.
Como no tenía prisa y hace un tiempo perfecto, unos quince grados, he estado serpenteando por las calles residenciales.
Decido responder a la llamada y aprieto el paso, pensando que tendré una excusa para colgar cuando llegue a casa.
Deslizo el icono para responder y la voz cordial de Malcolm resuena en mi oído.
—¡Blake! ¿Cómo estás?
—Perfecto —miento—. ¿Y tú?
—Bien, bien, bien. —Su hábito de repetir las palabras me irrita más que de costumbre, pero procuro no demostrarlo—. ¿Y cómo le va a Krista?
—No sé. Pregúntaselo a Becky.
Malcolm se ríe con ganas ante lo que no era del todo un chiste.
—Escucha, Blake. Me estaba preguntando si te apetecería salir a tomar una copa conmigo algún día. Hace siglos que no lo hacemos.
No estoy seguro de que lo hayamos hecho nunca.
Cuando yo trabajaba en Coble las jornadas en la oficina son largas y a mí me lo parecen aún más.
Me tiene agotado hacer de recadero de todo el mundo, y lo único que quiero ahora mismo es relajarme.
Así que se me encoge el estómago cuando abro la puerta y veo a Whitney en mi sala de estar.
Justo la persona con la que me apetece lidiar en este momento.
Whitney lleva sus habituales vaqueros azules rectos, aunque esta vez se ha puesto un top más bonito, de color negro, que resulta chic y sexy.
Su aspecto es…, bueno, impresionante. Me pregunto si tendrá una cita.
Aunque es difícil imaginarse a Whitney en una cita.
Si tuviera sexo con un tipo, es probable que lo devorara al terminar el ritual de apareamiento.
—Hola, Blake —dice.
—¿Vas a salir? —pregunto.
—Quizá.
Me hace un guiño y saca del bolso una polvera con espejo y una barra de pintalabios. Abre la polvera y en cuanto desliza la barra sobre su boca reconozco el color.
Es exactamente el mismo que había en el cuello de mi camisa.
—¿De dónde has sacado ese pintalabios? —La pregunta me sale antes de que pueda contenerme.
Ella frunce los labios y me sonríe con dulzura.
—¿Y a ti qué te importa?
Me la imagino colándose en mi habitación y pasando la barra de pintalabios por el cuello de mis camisas, con la esperanza de que Krista se fijara y tuviéramos problemas.
¿Qué le sucede a esta mujer? ¿Qué demonios le he hecho para que me odie tanto?
¿Por qué quiere tratar de sabotear mi relación con Krista?
—Eres despreciable —le espeto.
Ella vuelve a guardar la polvera en el bolso. La sonrisa ya se ha desvanecido de sus labios pintados de rojo.
—¿Perdona? ¿Soy despreciable porque me pongo pintalabios?
—No pretendas negar lo que hiciste.
Whitney mete también en el bolso la barra de pintalabios y cierra la cremallera.
—Quizá deberías concentrarte menos en mí y procurar no cagarla en tu nuevo trabajo.
La miro con furia.
—Mi trabajo va muy bien, muchas gracias.
Ella arquea una ceja.
—¿Sí? Cuesta creerlo, ¿sabes?, teniendo en cuenta lo que ocurrió en tu última empresa…
¿Lo que ocurrió en mi última empresa? ¿Qué demonios quiere decir eso? ¿Qué es lo que sabe?
Whitney baja la mirada a su reloj.
—En fin, mejor me voy. No quiero llegar tarde.
—Un momento. —Voy a sujetarla de la muñeca, pero ella se zafa de mí con brusquedad—. ¿De qué estás hablando? ¿Por qué acabas de decirme eso?
—Ay, Blake… —Suspira—. Deberías preocuparte más de ti mismo. Tienes un aspecto de mierda, ¿sabes?
Con estas palabras, me aparta de un empujón y sale disparada de casa. Por Dios, me gustaría tener el dinero para poder echarla de una vez. O mejor, no haber estado nunca en la situación de necesitarla siquiera.
Me restriego los ojos. ¿Realmente tengo un aspecto de mierda? Me dan ganas de ir a mirarme en el espejo del baño, pero presiento que no me gustará lo que veré. La falta de sueño me está afectando de verdad.
¿Por qué ha hecho ese comentario sobre mi trabajo?
Whitney y yo mantuvimos algunas conversaciones agradables antes de que ella empezara a odiarme, pero yo nunca le conté el motivo por el que me despidieron.
¿Acaso lo sabe? ¿O solo está jugando conmigo?
Ella de ningún modo puede conocer los detalles de mi despido. A menos…
Se me cae el alma a los pies. ¿Es posible que el traslado de Whitney a esta casa no sea solo una horrible coincidencia? ¿Es posible que de algún modo ella orquestara todo esto desde un principio?
¿Acaso ha ido a por mí desde el momento mismo en que se mudó aquí?