Capítulo 19
N o sé qué está pasando con mi ropa.
Ahora me da miedo lavar cualquier prenda. Esterilizo la lavadora lo mejor que puedo antes de usarla y no añado nada aparte de un tapón de mi detergente hipoalergénico; no obstante, todo lo que sale de allí me provoca una terrible reacción alérgica. Estoy perdiendo el juicio por completo.
—¿Con qué limpias la lavadora? —me pregunta Krista cuando lo comentamos, mientras nos estamos preparando para acostarnos. Es lamentable que esto se haya convertido en uno de mis temas favoritos. Debe de estar más que harta, pero yo no puedo contenerme.
—Con un espray de limpieza hipoalergénico que solo contiene ingredientes naturales —digo, sintiéndome más o menos tan viril como una niña de ocho años—. No lo entiendo, porque limpiar la lavadora pareció funcionar durante una temporada, pero ahora la cosa se ha recrudecido como nunca.
—¿Quieres que me lleve tu ropa a la tintorería? —pregunta—. Puedo lavártela allí.
—No quiero que te metas en un lío. —Dios sabe que no necesitamos que, encima, Krista pierda su empleo—. Quizá la lleve a la lavandería.
Me enfurece tener que llevar mi ropa a la lavandería cuando tengo una lavadora y una secadora en perfecto estado en mi propia casa. De hecho, me compré el modelo apilable más caro que tenían. Y ahora no puedo usarlo.
—A mí no me importa —contesta ella—. Nadie se enterará. De verdad, déjame que te la lave yo. No soporto verte sufrir así.
Voy a protestar de nuevo, pero Krista ya está cogiendo mi cesta de la colada. Saca del armario una bolsa de rejilla y empieza a meter la ropa dentro.
—Krista, no te preocupes, en serio —insisto—. No tienes por qué hacerlo.
Ella no responde. Tiene en las manos una de mis camisas de vestir y la mira con una expresión extraña en la cara.
—¿Qué pasa?
—Blake —dice—, ¿qué es esto que hay en el cuello de tu camisa?
No sé de qué demonios habla. Rodeo la cama para echar un vistazo a lo que la tiene tan alterada. Todavía no sé por qué se ha puesto así, pero entonces lo veo: una mancha de intenso color rojo en el cuello de mi camisa blanca.
Ella restriega la mancha con un dedo y sale una parte del color.
—Es pintalabios —añade en tono cortante.
Me encojo de hombros.
—Supongo que me habrás manchado el cuello con tu pintalabios. ¿Qué pasa? Saldrá sin problemas al lavarla.
Krista vuelve la cabeza bruscamente y me fulmina con la mirada.
—Yo no uso ningún pintalabios de este tono.
Mi mirada salta del intenso color rojo del cuello de la camisa a los labios de Krista, donde ya no hay ni rastro del maquillaje que llevaba hoy. La miro sin comprender. ¿Cómo voy a saber qué colores de pintalabios utiliza?
—Yo solo uso el rosa —dice con toda intención—. Por el tono de mi piel.
Es posible que sea cierto. No puedo decir que recuerde haberla visto nunca con pintalabios rojo en todo el tiempo que llevamos juntos.
Entonces ¿cómo narices ha llegado este pintalabios rojo al cuello de mi camisa?
Ni siquiera acierto a imaginarlo, pero, por la expresión con la que Krista me mira, está claro que ella tiene más imaginación que yo.
—Krista. —Intento ponerle la mano en el hombro, pero ella se aparta con brusquedad—. No creerás que te estoy engañando, ¿no?
—Si no me estás engañando, ¿cómo has acabado con una mancha de pintalabios en el cuello? —Abre mucho los ojos—. ¿Por eso no querías que me encargara de tu colada?
—¡No! —Le arranco la camisa de las manos y examino esa mancha del cuello, devanándome los sesos para tratar de entender cómo ha podido acabar allí—. La verdad es que no lo sé. Quizá dejé tirada la camisa por ahí y se manchó con el pintalabios de Whitney.
—Whitney nunca se pinta los labios.
Es cierto. Parece que nunca se maquilla. Pero mi instinto me dice que ella ha tenido algo que ver con esto.
—¿Y si ha entrado en nuestra habitación mientras estábamos los dos fuera y ha manchado mis camisas con pintalabios? —sugiero—. Seguro que confiaba en que tú lo verías. Quiere crearme problemas contigo.
—¿En serio es esa tu respuesta? —Krista pone los brazos en jarras y me mira airada—. O sea que Whitney entró aquí y manchó tu ropa con pintalabios… ¿En serio? ¿Realmente te parece una explicación creíble?
Sí, claro que sí. Aunque por el modo que Krista tiene de decirlo deduzco que la respuesta correcta es no.
—Escucha —le digo—. Sinceramente no sé cómo puede haber llegado una mancha de pintalabios al cuello de mi camisa. Pero te prometo que no te he estado engañando. Yo jamás haría eso.
—Ya.
—Krista. —Procuro aplacar la sensación de pánico que está subiéndome por el pecho—. No es posible que creas que te estoy engañando. Por favor, dime que no lo crees.
Krista se desploma sobre la cama con los hombros caídos.
—Ya no sé qué pensar. Con franqueza, Blake, has estado actuando de un modo muy extraño últimamente.
—¿Extraño?
—Ya sabes a qué me refiero —murmura ella—. Apenas duermes. Estás siempre despotricando y desvariando sobre alguna cosa, incluidos esos ruidos en mitad de la noche que nadie oye aparte de ti. Y tienes una paranoia muy rara con Whitney. Quiero decir, a mí ella me parece muy amable.
Claro. Por supuesto que Whitney es amable con Krista. La inexplicable vendetta que ha organizado no es contra Krista.
—Escucha. —Le muestro los brazos, aún enrojecidos por esa erupción rabiosa—.
Cualquier persona actuaría de un modo extraño si tuviera que lidiar con esto.
A mí me está haciendo perder el juicio. Joder, ¿de verdad crees que mi estado mental es ahora el adecuado para tener una aventura?
—Me agacho, buscando su mirada—. ¿Quién iba a desearme siquiera?
¡Cualquiera diría por mi aspecto que debería estar en una colonia de leprosos!
Eso le arranca una sonrisa casi imperceptible. Me siento a su lado sobre la cama, y ella me deja cogerle la mano, aunque no intento rodearla con el brazo. Un beso estaría totalmente fuera de lugar.
—Lamento que esta erupción esté volviéndome loco —digo—. Entiendo que tenga mala pinta que hubiera pintalabios en mi ropa, pero te juro que no sé de dónde ha salido. Te lo juro por mi vida. —Me muerdo el labio superior—. ¿Me crees?
Contengo el aliento, esperando su respuesta.
—Eh…, supongo —responde al fin—. Reconozco que resulta difícil imaginar que puedas tener un lío amoroso cuando no logras pasar ni cinco minutos sin rascarte por todas partes.
Le aprieto la mano.
—Exacto. Yo no quiero besar a ninguna otra mujer. Lo único que quiero es la receta de una pomada con cortisona.
Eso le provoca una risotada.
—Sé que estás sufriendo y que te estás esforzando todo lo posible. Por eso me he ofrecido a lavarte la ropa.
—De acuerdo —asiento—. Pero solo durante un tiempo. No quiero que esto se convierta en algo permanente.
Solo hasta que echemos a Whitney de una puta vez.
Aunque empiezo a temer que eso no va a suceder en un futuro próximo.