Capítulo 18
U na de mis trascendentales tareas como empleado temporal es ir a buscar café a un Starbucks cada mañana.
Tengo que darme una vuelta por la oficina, anotar los pedidos como si fuese un camarero y luego Kenny me da la tarjeta de crédito de la empresa.
Me voy trotando al Starbucks que queda a tres manzanas y me coloco en la cola que se alarga hasta la puerta, sea cual sea la hora a la que me presente.
Si salgo de allí en menos de media hora, es un milagro.
Hoy tengo una larga lista de nueve pedidos, lo cual significa que me va a tocar cargar con dos bandejas de bebidas, una encima de la otra, al volver a la oficina.
Mantener el equilibrio en esas condiciones mientras cruzas dos calles no es fácil, pero lamentablemente he aprendido a hacerlo muy bien en los dos meses que llevo trabajando aquí.
Permanezco en la cola detrás de otras cuatro personas y aspiro el intenso aroma a café recién hecho mientras, despreocupado, me rasco el brazo.
La erupción remitió en cuanto empecé a limpiar la lavadora antes de usarla, pero en los últimos días ha aparecido otra vez.
Está lo bastante presente como para resultar un incordio.
No solo eso. La cocina aún huele. No tanto como antes, pero el olor a comida podrida sigue ahí en buena medida, ahora mezclado con el aroma del ambientador de Krista.
Aunque hemos montado una trampa formidable para las mosquitas siguiendo las instrucciones que encontramos en internet, la cantidad de esos bichos continúa siendo considerable.
Y la cuestión es que la trampa funciona —a estas alturas, la taza parece un cementerio de mosquitas—, pero ellas continúan revoloteando por todas partes.
—¿Blake? Ay, Dios mío, ¿eres tú?
Me estremezco al oír mi nombre. El último sitio donde deseo ser reconocido es aquí, mientras vengo a buscar los cafés para la oficina. En cualquier caso, me vuelvo con amabilidad.
Uf, fantástico. Es Stacie, la secretaria del tipo que me despidió. Y tiene un aspecto absolutamente deslumbrante, con esa minifalda y esas piernas larguísimas. Sujeta en la mano derecha una taza de macchiato.
—Hola, Stacie. —Consigo sonreír de un modo que espero que parezca auténtico—. ¿Cómo te va?
—¡Bien! —Me devuelve la sonrisa mostrando su impecable dentadura blanca—. ¿Y tú…?
Enderezo la espalda mientras ella examina mi atuendo de trabajo. Ojalá pudiera hacer algo para ocultar los cercos oscuros que tengo bajo los ojos.
—¡Estás fantástico! Tienes un nuevo trabajo, por lo que veo.
—Sí. —No me molesto en aclarar que es un empleo temporal. Lo último que me hace falta es que vuelva corriendo a la oficina para explicarle a todo el mundo mi humillante situación—. Me va todo genial.
—¿Y Krista? —Arquea una ceja con aire insinuante—. Seguís…
—Sí —me apresuro a decir—. Estamos prometidos. Todavía.
—Ajá. —Ella ladea la cabeza—. Ya lo recuerdo. Solo me preguntaba si había cambiado algo.
—No.
Stacie me desliza la mano por el brazo. Yo retrocedo. Va a conseguir que se intensifique mi picor.
—Bueno —dice—, ha sido un placer volver a verte, Blake. Estaba muy preocupada por ti desde que Wayne te despidió, la verdad. Pero parece que todo ha acabado saliendo bien.
—Sí, desde luego —miento—. Yo no estaba demasiado preocupado. Siempre caigo de pie.
—No cabe duda —asiente.
Contengo el aliento hasta que Stacie se aleja con su café. Hay muchas otras personas de la empresa con las que no deseaba tropezarme, pero ella era la primera de la lista.
Al cabo de una media hora, camino de regreso a la oficina manteniendo en equilibrio nueve vasos de Starbucks.
Un par de personas me hacen comentarios mordaces en la calle sobre la cantidad de café que llevo («¿Vas a tomarte todo eso?
»), y, cuando un taxi frena con un chirrido una fracción de segundo antes de arrollarme en un paso de peatones, casi desearía que me hubiera embestido y sacado de mi miserable situación.
De milagro, y gracias a una habilidad adquirida con un montón de práctica, consigo llegar a la oficina sin haber derramado nada.
Deposito las bandejas en el mostrador de recepción y aviso a la gente de que ya han llegado los cafés.
Supongo que podría andar de aquí para allá con las bandejas repartiéndolos a todo el mundo, pero hoy no tengo ánimos para hacerlo.
Sí cojo, sin embargo, el moca con leche de avena de Kenny y se lo llevo a su despacho.
Creía que había arruinado cualquier posibilidad de trabajar aquí de modo permanente, pero ayer, en una reunión, se me ocurrió hacer una sugerencia sobre una de las grandes cuentas.
Intervine cuando no me tocaba, pero mi idea y el conocimiento base que implicaba parecieron impresionarle.
Después de la reunión, me hizo más preguntas y casi parecía que estuviera pidiéndome consejo.
Si puedo demostrar que soy útil, quizá sí tenga una oportunidad de conseguir un trabajo de verdad aquí.
Cuando entro en el despacho, Kenny está concentrado en su ordenador. Al verme, alza la vista, aunque no me sonríe.
—Aquí tienes, Kenny —digo mientras deslizo la taza por encima de su escritorio. Su despacho no es tan bonito como el que yo tenía, pero es mil veces mejor que el cubículo que ocupo ahora.
—Gracias. —Le lanza al café una extraña mirada de soslayo—. ¿Cuántas tazas has traído hoy?
—Nueve. Me ha hecho falta una habilidad endemoniada para que llegaran aquí.
Kenny no sonríe.
—Oye, Porter. ¿Cuántos sándwiches trajiste ayer para la reunión del almuerzo?
—Eh… Veinte. Es lo que me pediste.
—Si trajiste veinte sándwiches, ¿cómo es que se agotaron?
Me encojo de hombros.
—Supongo que la gente tenía hambre.
Kenny sigue mirándome con una expresión indescifrable que me está haciendo sentir muy incómodo. Desplazo el peso de un pie a otro y procuro no rascarme el brazo sin darme cuenta. ¿Por qué está interrogándome sobre la cantidad de sándwiches y cafés que he traído? No soy un camarero.
—¿Hay algún problema? —acabo preguntando.
Él me mira un momento y al fin asiente.
—De hecho, sí. Me quedé impresionado por los conocimientos que demostraste en la reunión de ayer y recordé haber visto el nombre de Coble & Roy en tu currículum. Así que hice unas llamadas…
Mierda. Ya sé a dónde va a parar esto. Adiós a la posibilidad de conseguir un puesto permanente aquí.
—No puedo creer que estafaras a tu propia empresa. —Kenny menea la cabeza—. No es de extrañar que a tu edad sigas teniendo un trabajo temporal.
—No estafé a mi empresa —digo con firmeza—. Fue un malentendido.
—No es eso lo que me dijo Wayne Vincent. Apuesto a que sacaste una fortuna haciendo eso.
Me estremezco. El pecho me pica a lo bestia, pero no puedo rascarme. Ahora no.
—¿Qué hay de la presunción de inocencia hasta que no se demuestre tu culpabilidad?
—Eso es en los tribunales, Porter. —Kenny quita la tapa del café y da un sorbo—. Puf, sabe fatal. ¿Me has traído un moca con leche de avena?
—No soy yo quien lo ha preparado.
—No te hagas el listillo. —Me desliza el recipiente por encima del escritorio—. Llévatelo al Starbucks y que te lo cambien por otro.
No quiero pasarme otra media hora en un Starbucks para que un mando intermedio de veintitantos años sienta un subidón de poder.
Pero tampoco puedo dejar este trabajo. No sé cuáles serán las consecuencias de abandonar un puesto temporal, pero no estoy seguro de que vuelvan a colocarme.
Y, si lo hacen, tal vez sea embolsando patatas fritas en un garito de comida rápida.
—No te voy a perder de vista, Porter. —Me mira con los ojos entornados—. Si intentas robar algo de mi empresa, no volverás a trabajar en esta ciudad nunca más. Ni siquiera para una agencia de trabajo temporal.
No sé si este tipo tiene el poder suficiente para hacer realidad una amenaza semejante, pero la verdad es que prefiero no averiguarlo. Así pues, cojo su vaso y vuelvo a salir a la calle. Aunque no sin antes correr al baño y rascarme el pecho durante cinco minutos seguidos. Me rasco hasta sangrar.