La inquilina Capítulo 17
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Capítulo 17

H ay un olor a podrido en la cocina.

Lo vengo notando cada vez más desde hace como un mes.

Pero hoy, cuando entro allí para coger una cerveza que me ayude a relajarme después de otra jornada realmente espantosa en mi empleo temporal —durante la cual casi me peleo con la fotocopiadora atascada—, la peste es abrumadora. Tengo que taparme la nariz con la mano.

Mi primer pensamiento es: «Culpa de Whitney».

Han pasado dos semanas desde que me encaré con ella por los golpes que sonaban en mitad de la noche.

Los volví a oír al cabo de una semana, pero el ruido se interrumpió también en cuanto llegué a la escalera, y, en lugar de tener otro encuentro exasperante con la sonrisita engreída de Whitney, bajé a la sala de estar y me quedé dormido en el sofá viendo la televisión.

Por desgracia, esa ni siquiera fue la peor noche que he pasado en el último mes. No sé qué me sucede, pero he estado durmiendo fatal. Tengo unas bolsas permanentes debajo de los ojos.

Así pues, no estoy de humor para lidiar con un misterioso olor en mi cocina.

Recorro las encimeras con la vista, tratando de localizar el origen.

Un enjambre de mosquitas revolotea alrededor de mi cara.

Esa es otra. El problema de las mosquitas de la fruta se ha vuelto casi insoportable.

Le pregunté a Krista hace unos días si iba a preparar galletas y me dijo que no quería porque había demasiadas mosquitas en la cocina.

Abro de un tirón la nevera para ver si encuentro ahí dentro al culpable.

Desde luego, el interior huele muy mal. Me agacho para echar un vistazo.

Hay el surtido habitual de condimentos, una barra de pan, algunos embutidos, yogur desnatado y una docena de huevos.

Pero entonces reparo en varios recipientes de poliestireno en la parte trasera; son de esos que se trae Whitney del restaurante.

Los saco y, en cuanto los tengo en las manos, ya no me cabe duda de que esta es la causa del hedor. Huelen fatal. Como si contuvieran un diminuto cadáver putrefacto.

Bajo la mirada para examinarlos. Ni siquiera quiero tocarlos sin unos guantes. Pero no puedo reprimir una curiosidad morbosa. Tengo que saber qué hay dentro. Tengo que confirmar que esta es la causa del olor.

Abro el primer recipiente.

Me arrepiento en el acto. La visión de su contenido basta para que se me revuelva el estómago.

En su momento fueron unas patatas fritas y un sándwich de pollo, pero el panecillo está completamente verde de moho.

Las patatas debían estar sazonadas con alguna salsa, que a todas luces se ha agriado, y también se han vuelto verdes. El pestazo es insoportable.

Maldita Whitney.

No me molesto en abrir los otros dos recipientes porque estoy seguro de que su contenido es igual de asqueroso. Tiro los tres a la basura, cierro la bolsa y la saco afuera. No quiero que esta porquería siga en mi casa.

Cuando vuelvo a la cocina, continúa oliendo igual de mal. Hay docenas de mosquitas sobre la encimera y me cargo a todas las que puedo con la mano. Pero no estoy seguro de lo fácil que será librarse de ellas.

—¿Qué estás haciendo, Blake?

Krista ha aparecido en la cocina, vestida con su ropa de trabajo. Me ha pillado aplastando una mosquita, que estaba posada en la nevera, con más fuerza de lo estrictamente necesario.

Me vuelvo e inspiro hondo para calmarme.

—Whitney había dejado comida podrida en la nevera.

Ella arruga la nariz.

—Ya. Guau. Huele fatal.

—No me digas.

Su expresión se ilumina.

—Tengo un ambientador en la habitación. Podría echarlo por toda la cocina.

Sé a qué ambientador se refiere porque a veces rocía el baño con él.

Tiene un olor abrumador a flores y me irrita los ojos.

Por lo general, no lo soporto, pero será mejor que esta peste que no se va de la cocina.

Me vale cualquier cosa que oculte el olor a comida putrefacta.

Ahora mismo, sin embargo, tenemos un problema más importante.

—No quiero que Whitney siga viviendo aquí —le digo.

—¿Porque se le ha olvidado una comida estropeada en la nevera? A ti te pasa continuamente, Blake. ¿Estás seguro de que no era tuya?

—No lo era, créeme. —Me tiembla la mandíbula—. ¿Cómo es que no estás más molesta? Huele a cadáver aquí dentro.

—Tampoco es para tanto. —Se encoge de hombros—. Abre las ventanas y echa ambientador. Seguro que el olor se habrá ido en un par de horas.

—No es solo eso, ¿sabes? Esa chica… es tóxica. Me ha despertado dos veces en mitad de la noche haciendo Dios sabe qué…

—Yo no he oído nada.

—¡Porque tú duermes con tapones! —Alzo las manos, exasperado—. Créeme, lo hace para atormentarme. Y no deja de mirarme como si quisiera rebanarme el pescuezo mientras duermo. No me siento cómodo con ella aquí.

—Yo creo que es muy agradable. —Krista me mira parpadeando—. No lo acabo de entender. ¿No te gusta su forma de mirarte?

Aprieto los dientes.

—Me odia. ¿Sabes lo que es convivir con alguien que te odia?

—No te odia.

—¡Claro que sí! —Una mosquita baila ante mis narices y le doy un manotazo con rabia—. Me odia a muerte. Francamente, ¡no me sorprendería que haya dejado esa comida podrida en la nevera para torturarme!

La mosquita se aparta al fin de mi cara y aterriza en la encimera. Extiendo el brazo y la aplasto con la palma de la mano, aniquilándola. Siento una punzada de satisfacción.

Krista da un paso atrás, parpadeando.

—¿Estás bien, Blake?

—¡No, no estoy bien! —replico—. ¡Hay una psicópata viviendo en mi casa y quiero que se vaya!

Y ahora me entra un estúpido tic en el ojo.

—Los últimos meses han sido tremendamente estresantes para ti —dice Krista con delicadeza—.

Sé que te ha resultado muy duro perder tu trabajo de ese modo, y también que odias tu nuevo empleo.

Y sé que no estás durmiendo bien. Pero Whitney no es la causa de todos tus problemas.

Eso te lo aseguro. —Empiezo a protestar, pero ella alza la mano—.

Y debo recordarte que el dinero que Whitney nos paga por la habitación es lo único que nos mantiene a flote ahora mismo.

Eso es verdad. Necesitamos el dinero. Y no es que hubiera otros candidatos maravillosos haciendo cola.

—Vale —murmuro—. Al menos me he librado de esa comida podrida. Pero ella tiene que saber que no puedo volver a hacer esto.

—Yo hablare con Whitney —dice Krista—. Tú mantente al margen. No harías más que empeorar las cosas.

Eso seguro.

—Y podemos librarnos de las mosquitas —añade—. He estado mirándolo… ¡y se les puede poner una trampa con lavavajillas y vinagre de manzana!

—Fantástico.

Aguardo a que me envuelva en sus brazos y me estreche con fuerza.

No me vendría mal un abrazo en este momento.

Al menos de nivel siete o superior. Ella, sin embargo, se va arriba a buscar el ambientador.

Resulta difícil creer que vaya a servir para librarnos de este olor horrible, pero vale la pena probarlo.

Hay una ventana en la cocina y me apresuro a abrirla; luego voy a la sala de estar para abrir varias ventanas más, porque está empezando a oler mal por toda la casa.

Hasta la pobre Goldy parece un poco verde en su pequeña pecera.

Gracias a Dios que al menos hace un tiempo lo bastante decente como para mantener las ventanas abiertas.

Me compadezco de nuestro pobre pececito, así que le lanzo un par de bolitas.

Debe de tener hambre, porque enseguida sube a la superficie para engullirlas.

Comer es de largo lo más interesante que hace.

Es una criatura adorable. Siento una extraña oleada de afecto hacia nuestra pequeña mascota.

Es bonito tener a alguien a quien cuidar.

Mientras me rasco distraídamente el pecho, que vuelve a picarme de repente, oigo unos pasos en la escalera. Alzo la mirada. Hay alguien parado arriba, y al principio creo que debe de ser Krista con el ambientador. Pero no. Es Whitney.

No digo nada, y ella tampoco. Permanece allí, vestida con sus vaqueros y una sudadera, mirándome desde lo alto. Me pregunto cuánto tiempo llevará ahí apostada. Me pregunto si habrá oído nuestra conversación.

Entonces se remete el pelo detrás de la oreja y sonríe con satisfacción. Lo ha oído todo.