Capítulo 15
D e camino a casa, paro en una farmacia y me compro un tubo de pomada de cortisona, sabiendo que eso es lo único que puede ayudarme. No tengo ningún seguro médico en estos momentos, así que más me vale confiar en que este medicamento sin receta me haga efecto.
El picor es más intenso que nunca cuando llego a casa. Apenas puedo soportarlo, y desde luego no estoy de humor cuando la puerta del señor Zimmerly se abre de golpe y lo veo bajar los escalones haciendo ruido con sus zapatillas. Apartándose un mechón blanco de la frente, me mira con furia.
—¡Porter! —ladra—. ¡Sus cubos de basura están en la acera!
Tiene razón. Mis cubos de basura vacíos están ahí. La recogida era esta mañana. Estoy casi seguro de haber retirado los cubos antes de irme al trabajo. Recuerdo claramente que los he arrastrado por la acera, procurando no mancharme la camisa con los jugos de la basura. Lo he hecho, estoy seguro.
¿No?
Y, sin embargo, los cubos aún siguen en la acera. Zimmerly no se lo está inventando. Y no se me ocurre por qué alguien puede haber vuelto a llevar mis cubos de basura vacíos a la acera. Debo de estar acordándome de la semana pasada.
Lo último que me apetece después del día que he pasado es ocuparme de la basura. Pero, si no lo hago, no solo corro el peligro de enfrentarme a la ira de mi vecino, sino también de recibir una multa.
—Además —añade él—, ¡sus escalones siguen estando sucios!
El picor de mi pecho aumenta varios grados. Me dan ganas de arrancarme la piel. También de coger un cubo y estampárselo a Zimmerly en la cabeza hasta que cierre el pico de una puta vez. Yo diría que, después de tres porrazos, ya no podrá seguir quejándose de nada.
—¿Y bien? —dice.
Lo fulmino con la mirada. Sin decir palabra, agarro el cuello de mi camisa y tiro con fuerza, notando cómo los botones se tensan y ceden por fin.
En un segundo, tengo la camisa abierta. Me la arranco y la tiro sobre la acera con repugnancia, mientras Zimmerly me mira con la boca abierta.
El aire de octubre me provoca un escalofrío en el torso desnudo, lo cual resulta bastante agradable, dado lo enrojecida que me ha quedado la piel.
—¡Mire! —Agarro el cubo de basura y empiezo a arrastrarlo para dejarlo encerrado junto a las escaleras—. ¡Ya lo estoy haciendo! ¿Contento?
Por una vez, el viejo cascarrabias se ha quedado mudo.
Antes de entrar en casa, recojo mi camisa del suelo y la estrujo hasta convertirla en un gurruño.
Al estilo de Zimmerly, subo los escalones pisando con rabia y entro en casa.
Todo está en silencio, pero veo las zapatillas de Whitney en el zapatero que hay junto a la puerta, lo que me indica que está aquí.
Bien.
Aunque me muero de ganas de untarme de arriba abajo con la pomada de cortisona, voy a inspeccionar la lavadora y la secadora. Mi detergente especial hipoalergénico está al lado, en el suelo, y no veo ningún otro detergente. Pero ella está usando algo con limoneno. Tiene que ser así.
Sin detenerme siquiera en mi propio dormitorio, subo el segundo tramo de escaleras, me voy directo a su habitación y llamo con el puño a la puerta. Fuerte.
Ella no abre de inmediato, así que vuelvo a llamar otra vez. Y otra. Tras unos segundos, la puerta se abre de golpe. Whitney está ahí con sus tejanos y una camiseta. Abre unos ojos como platos al verme sin camisa y, por un momento, me arrepiento de no haber cogido una camiseta antes de subir.
—¿Blake? —dice.
—Tienes que dejar de usar detergente aromatizado —le suelto—. ¡Mira cómo estoy!
Ella recorre con la mirada mi pecho desnudo, donde la erupción sigue tan inflamada y roja como cuando me he examinado en el trabajo. La piel me arde de mala manera. Una expresión divertida se insinúa en sus ojos.
—Ya veo…
—Soy muy muy alérgico al limoneno. —Me señalo el pecho con un gesto enfático—. Es un aromatizante que está en muchos detergentes. Aunque no se utilice en mi propia colada, acaba llegando igualmente a mi ropa. O sea, ¿te parece que esto es agradable?
—No. —Se dibuja una sonrisa en sus labios—. Desde luego que no. Pero si no uso un detergente aromatizado, ¿cómo se supone que voy a conseguir que mi ropa tenga un olor a fresco y limpio?
—Me tiene sin cuidado —le suelto—. Puedes ir a la lavandería de al lado. Como prefieras. Pero, a partir de ahora, nada de detergentes con aromatizante en nuestra lavadora. ¿Me oyes?
Ella sonríe con suficiencia.
—Te oigo alto y claro.
No parece estar tomándoselo en serio. No lo entiendo. Whitney parecía muy amable cuando la conocimos. ¿Cómo se las arregló para ocultar tan bien este lado suyo?
—Escúchame —digo—, si veo limoneno o lo huelo en la lavadora, te vas directa a la calle. No hemos firmado ningún contrato de alquiler. Tengo derecho a echarte cuando quiera.
La sonrisa desaparece en el acto de su rostro.
—Eso no es cierto, de hecho. En Nueva York, incluso sin un contrato, no puedes echarme sin más ni más. Mírate la ley, gilipollas.
Por supuesto, tiene toda la razón. Ya la consulté y, en el estado de Nueva York, incluso sin contrato, ella tiene sus derechos como inquilina.
Lo máximo que podría hacer es darle un aviso de desalojo de treinta días, pero, si decide quedarse, no puedo obligarla a marcharse por la fuerza incluso después de esos treinta días.
La ley está de su lado en este caso. Y lo último que quiero ahora mismo es una demanda judicial.
Esperaba que ella quizá no supiera todo esto. No ha habido suerte.
Tras esas palabras, Whitney me cierra la puerta en las narices.
Yo me estremezco y doy un paso atrás. No sé si va a seguir usando detergente aromatizado en la lavadora o no, pero desde luego no he logrado mejorar la situación.
Si tengo que convivir con esta mujer durante al menos unos meses más, he de aprender a llevarme bien con ella.
Y la verdad es que necesitamos el dinero de su alquiler.
El sueldo de mi empleo temporal es de risa.
Doy media vuelta, con el gurruño de la camisa en la mano, y solo entonces descubro que Krista está paralizada a media escalera, mirándome fijamente.
No creo que lleve ahí mucho tiempo, lo cual es malo, porque es probable que no nos haya oído discutir.
Pero, a juzgar por su expresión, sí ha visto a Whitney cerrando la puerta de su habitación y luego a mí sin camisa.
Mierda.
—Krista —acierto a decir mientras me apresuro a seguirla hasta el primer piso—. No es…, no es lo que parece.
—Ah, ¿de verdad?
La expresión dolida de su rostro casi me parte el corazón. ¿Cómo puede creer que yo la engañaría con Whitney? Ella sabe lo que pienso de esa chica.
—Solo estábamos hablando —digo—. Discutiendo, de hecho. Me ha cerrado la puerta en las narices.
—Y no llevas puesta la camisa porque…
Bajo la mirada a mi mano derecha, con la que sujeto el cuerpo del delito. Esto no podría tener peor aspecto.
—Me la he quitado cuando he entrado en casa porque hay algo que me ha irritado la piel. O sea, mírame, Krista.
El pasillo está sumido en la penumbra porque, por algún motivo, las bombillas de los apliques del techo no funcionan muy bien —algún fallo eléctrico, supongo—, pero hay la luz suficiente para que ella vea la erupción que me cubre el pecho y los brazos. Al darse cuenta, abre mucho los ojos.
—Por Dios, Blake —exclama, sofocando un grito—. Tiene un aspecto horrible. ¿Qué te ha pasado?
Hago una mueca.
—Es obvio que Whitney está usando un detergente con limoneno en la lavadora. No hay otra explicación. Ella no quiere reconocerlo, pero es lo único que podría haberme provocado una erupción semejante. —Miro la lavadora—. He de limpiar esa máquina a fondo y volver a lavar todas mis prendas.
Su expresión se suaviza.
—¿Necesitas ayuda?
—No, ya puedo yo. —Me rasco el pecho con las uñas. Con todo este número, se me había olvidado el picor, pero, ahora que las cosas se han calmado, está reapareciendo con toda su fuerza—. Aunque no me vendría mal un poco de ayuda para ponerme pomada de cortisona en la espalda.
Ella me hace un guiño.
—Cuenta con ello.
Gracias a Dios que me cree. Ya bastante malo es que casi todo se haya desmoronado en mi vida, pero no sé qué haría si perdiera a Krista. Perdería completamente el juicio.