La inquilina Capítulo 14
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Capítulo 14

C omo tenga que quedarme en esta reunión un segundo más, voy a perder el juicio.

En el mes que llevo en este trabajo temporal, me han dejado muy claro cuál es mi misión en las reuniones: redactar el acta. No se espera de mí que proponga ideas, que hable o que piense. Me limito a anotar lo que dicen todos los demás y a qué hora lo han dicho. Es una tarea importante. (Para nada).

Lo hago con papel y bolígrafo porque no me han concedido el privilegio de un portátil.

Durante los primeros veinte minutos de la reunión, he estado tomando notas con gran eficiencia —como una superestrella, aunque sea temporal—, pero la cosa ha cambiado de manera radical en los veinte siguientes.

Me he ido distrayendo cada vez más a causa de una intensa sensación de picor en todo el pecho y los brazos. Y ya solo puedo pensar en eso.

Es algo que he ido notando progresivamente. No todos los días, pero la verdad es que últimamente siento picor con frecuencia. Y ahora está resultando peor que nunca.

—¿Porter?

Me froto el antebrazo con los dedos, pero lo que de verdad querría hacer es arrancarme la camisa y rascarme el pecho durante cinco minutos seguidos o hasta hacerme sangre, lo que ocurra primero. No sé lo que queda oculto por la camisa, pero la irritación está asomando ahora por debajo de la manga.

—¡Porter!

Alzo la cabeza de golpe. Mi jefe, un tipo llamado Kenny que sin duda no pasa de los treinta, se me queda mirando.

Agarro el bolígrafo con más fuerza y finjo que estoy anotando las tediosas chorradas que estaban debatiendo sobre soluciones sinérgicas.

Redactar el acta de una reunión es una tarea de mierda.

No sabía siquiera que las empresas siguieran haciéndolo.

—Perdón —musito.

—¿A qué esperas, pues? —me pregunta Kenny.

Alzo los ojos para mirar su cara rasurada.

Salta a la vista que me ha pedido algo cuando yo no prestaba atención, porque estaba demasiado distraído procurando no rascarme hasta arrancarme la piel, y ahora no tengo ni idea de lo que quiere.

Lo único que puedo hacer es mirarlo con gesto de no entender nada.

—Café, Porter. —Suspira—. ¿Puedes traernos otra jarra de café?

Se me olvidaba mencionar mi otra importante misión durante estas reuniones: ir a buscar café.

—Sí. —Me pongo de pie de inmediato—. Claro. Lo siento.

Cojo la jarra vacía que está en la parte trasera de la sala de conferencias. Mientras salgo, oigo que Kenny le comenta a alguien:

—Algunos de estos temporales son mejores que otros, ¿eh?

Genial. Adiós a la idea de que este empleo se vuelva permanente.

Como ya no tengo ninguna posibilidad de quedarme a trabajar aquí, me tomo mi tiempo con el café. Llevo la jarra a la sala de personal, pero, en lugar de llenarla, la dejo ahí y me voy directo al baño.

Por suerte, no hay nadie dentro. Todo el mundo está en la reunión. Me desabrocho los diminutos botones de la camisa, resistiendo la tentación de desgarrarla. Cuando están todos desa­brochados, me abro la camisa de golpe. Y sofoco un grito.

No es de extrañar que sienta un picor tan tremendo.

Una furiosa erupción de color rojo cubre cada centímetro de mi pecho.

Me quito la camisa del todo y descubro que se extiende también por los brazos y la espalda.

Aunque sé que no debería, me quedo allí varios minutos rascándome a base de bien cada trecho de mi cuerpo que consigo alcanzar, hasta dejarme la piel en carne viva y casi a punto de sangrar.

¿Por qué me ha salido una erupción semejante?

Dado que se localiza en la zona situada bajo mi camisa de vestir, debo suponer que esa es la causa.

Pero la camisa no es nueva. La tengo desde hace años y nunca me había causado ningún problema.

Y este picor me ha estado atormentando todos los días, incluso llevando otras camisas.

No puede ser el detergente. A mí me encantaría usar uno cuya botella muestra a un tipo fornido sujetando un mazo con un bosque de fondo, pero yo compro otro en el que figura un animal de peluche y que es hipoalergénico, porque sé que soy sensible a esta clase de productos.

Sin embargo, ni siquiera el detergente del tipo fornido me ha provocado nada semejante.

Lo único que puede provocarme una erupción como esta es…

El limoneno.

Soy extremadamente alérgico al limoneno, que es una sustancia química de aroma cítrico que suele encontrarse en los detergentes.

Lo descubrí de niño, cuando me salía un sarpullido cada vez que mi madre usaba un detergente de este tipo.

Así que aprendí a evitarlo. Krista sabe que no debe comprar detergentes que contengan limoneno en su composición.

De hecho, le he pedido que no los use nunca en nuestra lavadora, porque incluso los residuos pueden irritarme la piel.

Pero Whitney no lo sabe.

Ahora caigo en que he venido notando esta sensación de picor desde que Whitney se mudó a nuestra a casa, hace poco más de un mes.

La cronología encaja. Whitney debe de estar usando un detergente con limoneno en la lavadora, y luego mi ropa queda impregnada de esos residuos al lavarla.

Así que ahora tendré que hablar con ella de este asunto, y no me cabe duda de que será una conversación divertida.

Comprendo que no puedo pasarme el día en el baño, rascándome el pecho.

Y sé que no estoy haciéndome ningún bien.

Además de la erupción, ahora tengo marcas de haberme rascado por toda la piel.

He de volver a ponerme la camisa, llenar la jarra de café y seguir con mis insignificantes tareas de esta excitante jornada.

Me salpico agua fresca por el cuerpo, confiando en que me aliviará el dolor de la piel en carne viva. Me ayuda un poco, aunque, por lo demás, no consigo otra cosa que dejarme la camisa algo húmeda. Cuando vuelva a la reunión, todo el mundo se preguntará qué demonios he estado haciendo.

Se puede afirmar con seguridad que he arruinado cualquier posibilidad de seguir trabajando aquí. Y será mejor que me ponga las pilas lo más rápido posible, antes de que acabe perdiéndolo todo.