La inquilina Capítulo 13
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Capítulo 13

K rista y yo estamos acurrucados en el sofá viendo una película.

Ella se ha mostrado más amorosa esta semana, desde que empecé a trabajar. No importa que mi empleo consista básicamente en ser un becario mal pagado. Al menos estoy ganando algo de dinero. Y cabe la posibilidad de que el puesto se vuelva permanente si consigo impresionarlos.

Hace un tiempo perfecto, además, para quedarnos acurrucados en el sofá.

Llueve a cántaros y la sala de estar se ilumina ahora con un relámpago, seguido de un trueno.

Ese fuerte retumbo incita a Krista a pegarse más a mí.

Yo la tengo rodeada con el brazo y la estrecho con más fuerza (nivel nueve).

Ella alza la cara para mirarme y sus labios brillan bajo el resplandor de la televisión.

Aunque solo estamos a media película, me inclino para besarla.

—Hueles bien, Blake —me susurra al oído.

Huelo a mi jabón y mi champú habituales, que tuve que comprar de nuevo después de que Whitney los consumiera del todo.

Ella no ha vuelto a usarlos, que yo sepa, y se ha comprado su propio frasco de gel de ducha Dove.

Así que ahora ya no tengo que oler a coco y albaricoque, dos de las frutas menos masculinas que existen.

—Tú también hueles bien —susurro a mi vez.

Vuelvo a besar a Krista, esta vez más intensamente, y la tumbo sobre los cojines del sofá mientras sus dedos se hunden en la musculatura de mi espalda.

Le deslizo una mano bajo la camiseta y ya casi he llegado al sujetador cuando oigo que gira una llave en la cerradura de la entrada. Me aparto de ella rápidamente.

Maldita sea. No soporto tener una inquilina. Me siento como un adolescente que intenta darse un revolcón a escondidas mientras los padres de su novia no están en casa, y no resulta divertido.

Whitney está en el vestíbulo, a nuestra espalda, y se sacude los zapatos mojados en el felpudo. Oigo que lucha con su paraguas y suelto un suspiro. Ojalá hubiera subido ya a su habitación.

Al cabo de un minuto, entra en la sala de estar. Viene empapada, con el pelo pegado al cuero cabelludo. Si llevara maquillaje, lo tendría todo corrido por las mejillas. Nos mira a los dos, que permanecemos sentados en el sofá con aire incómodo.

—¿Interrumpo algo? —dice con un tonillo burlón, aunque no hay ninguna alegría en sus ojos.

Desde que hablé con ella en el restaurante, nuestra relación se ha agriado considerablemente. Apenas me dirige la palabra y, cuando lo hace, es con un tono muy poco amistoso.

—Solo estábamos viendo una película —contesta Krista, ajena a la tensión que hay entre nosotros dos—. ¿Te apetecen unas palomitas? Hemos hecho un montón.

—Oh, no —dice Whitney, sarcástica—. No quisiera zampármelas todas.

Krista no capta el tono de su voz.

—¡No te preocupes por eso! Coge todas las que quieras.

Whitney ni siquiera responde. Da media vuelta y se va con aire ofendido a la cocina. Al cabo de un segundo, oigo el zumbido del microondas. Debe de estar calentando su cena.

Le doy un apretón a Krista en la rodilla.

—Voy a buscar más agua, ¿vale?

—Vale. Date prisa.

Cojo mi vaso de la mesita de café, aunque está medio lleno. No necesito nada. Pero me gustaría hablar a solas con Whitney un momento.

Cuando entro en la cocina, ella está mirando el microondas, donde gira lentamente un recipiente de poliestireno. Debe de haberlo traído del restaurante. Sin levantar la vista, ahuyenta una mosquita que zumba junto su oído.

—Me quitaré de en medio en un minuto —dice—. Así Krista y tú podréis seguir teniendo sexo en el sofá.

—No estábamos…

—No soy idiota, Blake.

He venido para disculparme, pero ahora, en cambio, me dan ganas de tirarle algo a la cabeza.

—¿Y qué, si fuera así? Esta es mi casa, Whitney. Tú solo tienes alquilada una habitación.

—Ya. Me lo has dejado más que claro. —Se echa hacia atrás la coleta por encima del hombro—. No te preocupes. No quiero usar tu televisión, sobre todo sin avisarte primero.

Joder, ¿por qué está tan enfadada?

—Mira, Whitney. —Suspiro—. No tenemos que ser amigos íntimos, pero, si vas a vivir aquí, es necesario que al menos nos llevemos bien. Si he hecho algo que te haya disgustado…

—¿Cómo que «si»? —exclama con un bufido—. ¿Tan lerdo eres?

—Lo siento —digo con firmeza—. Lamento mucho haberte disgustado. Y… tal vez podríamos volver a empezar.

Suena la campanilla del microondas. Whitney saca el recipiente de poliestireno, que contiene una hamburguesa con patatas fritas. Una hamburguesa con queso recalentada no parece demasiado apetitosa, pero a Whitney no parece importarle.

—¿Recuerdas —pregunta— cuando estabas tan preocupado por tu nuevo trabajo y te di ánimos diciéndote que pensaba que te iría de maravilla porque eres inteligente, carismático, apuesto y no sé qué más chorradas?

—Eh, sí…

—Bueno, nada de eso es cierto. —Su mirada me taladra con tal intensidad que doy un paso atrás—. El motivo por el que tendrás éxito, por el que has tenido éxito, es que eres un hijo de puta egocéntrico. Te gusta fingir que eres un buen tipo, pero en el fondo sabes que eres una persona horrible.

La miro boquiabierto. ¿De verdad está tan cabreada porque le dije que no usara mi jabón? Esta chica está loca.

—Whitney…

—Disfruta la película con tu novia. —Pasa por mi lado, rozándome con la fuerza suficiente para darme un empujón en el hombro—. Más te vale que ella no se dé cuenta de cómo eres en realidad. Aunque, por su bien, espero que lo haga.

Me quedo inmóvil en la cocina, tratando de recomponerme mientras suenan sus pasos ruidosos en los dos tramos de escaleras y luego un portazo en su habitación.

¿Qué demonios ha sido eso? Vale, reconozco que no fue lo más amable del mundo por mi parte presentarme en el restaurante y hacerle pasar un mal rato, pero ¿en serio merezco que me eche esa bronca?

No soy un hijo de puta. Sin duda he hecho algunas putadas a lo largo de mi vida. No consigues un codiciado puesto de vicepresidente de marketing actuando como un buen chico. Pero hay gente por ahí mucho peor.

En todo caso, tengo que vigilar de cerca a Whitney.