Capítulo 12
E l primer día en mi empleo temporal va todo lo bien que cabría esperar. Quiero decir, considerando que mi misión es, básicamente, archivar e introducir datos para personas que tienen cinco años menos que yo.
Tras pasar la jornada entera encerrado en una oficina, decido bajarme del metro antes de mi parada y recorrer a pie el último kilómetro y pico hasta mi casa.
No es una carrera en el parque, que es lo que yo preferiría, pero eso no es posible con mi atuendo de trabajo.
Además, el verano está tocando a su fin y hace un tiempo espléndido.
Aunque mi barrio del Upper West Side no es ni mucho menos tan pintoresco como el de mi primer apartamento, que estaba en Greenwich Village, el paseo me despeja la mente.
Estoy de tan buen humor que dejo un dólar en la taza de un tipo que mendiga frente a una licorería.
Después de recorrer poco más de medio kilómetro, me doy cuenta de que estoy a una manzana del Cosmo’s, el restaurante donde Whitney trabaja de camarera.
Antes de pensármelo demasiado, tomo un desvío y me abro paso entre los viandantes que vuelven del trabajo para llegar allí.
Apenas son las cinco y media, lo cual significa que no habrá mucha gente.
Si quiero charlar un minuto con Whitney, es el momento ideal para hacerlo.
El Cosmo’s es como la mayoría de los restaurantes griegos de la ciudad: un establecimiento de tamaño mediano con reservados alineados a lo largo de las paredes y mesas en el centro del local, cuyo ambiente está impregnado de un leve aroma a hamburguesas al grill.
La carta colgada en la pared, junto al certificado oficial que acredita la máxima calificación en la higiene y la seguridad alimentaria, proclama que tienen platos griegos como la musaka y los dolmades, pero es evidente que el noventa y nueve por ciento de los clientes vienen aquí a comerse una hamburguesa con patatas.
Recorro el restaurante con la vista hasta localizar a Whitney en la parte trasera, vestida con otros vaqueros azules y una camiseta ceñida con el rótulo «Restaurante Cosmo’s» estampado en la pechera. Lleva el pelo recogido detrás en un moño decoroso.
Whitney me ve al mismo tiempo que yo a ella, y se le ilumina el rostro mientras me saluda alegremente con la mano. Se apresura a acercarse a donde yo estoy, metiéndose un pequeño lápiz detrás de la oreja.
—¡Blake!
—¡Ey, Whitney!
Ella apoya la mano en mi bíceps, que está en muy buena forma dada la cantidad de ejercicio que he hecho durante toda esta temporada sin trabajar. Aunque yo tampoco lo tenso para que lo note.
Bueno, sí, un poquito.
—¿Qué tal? —pregunta—. ¿Cómo te ha ido tu primer día de trabajo?
—No ha estado mal.
Me rasco el antebrazo. Hacia el final de la jornada, he empezado a sentir picor, tal como me pasó en casa de Becky y Malcolm.
Me pregunto si habré desarrollado una alergia a alguno de los componentes de las camisas de vestir durante el tiempo que he estado parado.
¿Suceden estas cosas? ¿O es simple estrés?
Dios sabe que he sufrido más tensión de la cuenta.
—Te va a ir de maravilla —me dice Whitney, todavía con la mano en mi brazo—. Te lo prometo.
—Vaya, gracias.
Ella echa un vistazo por encima del hombro al comedor en gran parte vacío.
—Esto está muerto ahora mismo, ya lo ves. ¿Quieres una mesa? Nuestra tarta de merengue de limón está de muerte.
—En realidad —digo—, quería hablar un momento contigo. ¿Es posible?
—Claro. —Frunce el ceño con inquietud—. ¿Va todo bien?
—Sí. —Hago una pausa, reconsiderando si es buena idea ponerse a hablar de esto mientras ella está trabajando. Pero ya estoy aquí, así que sigo adelante—. En realidad, no. No exactamente. Mira, ¿recuerdas que te dije que podías usar mis cosas, como el jabón o los cereales?
Ella entorna los ojos y me suelta finalmente el brazo.
—Sí…
—En realidad, no creo que sea buena idea que sigamos compartiendo las cosas —digo—. Yo no tenía ni idea de hasta qué punto las usarías, pero estoy un poco sorprendido, francamente. Creo que será mejor que tengamos nuestras cosas por separado a partir de ahora.
Whitney me mira parpadeando.
—¿Has venido aquí a interrumpirme en el trabajo para decirme esto ?
Vuelvo a rascarme el brazo.
—Era algo que me estaba agobiando.
—Bueno —me suelta—. Me alegra mucho que te hayas quitado ese peso de encima.
No se lo está tomando tan bien como esperaba.
Ahora que lo pienso, ha sido un golpe bajo venir a su trabajo para quejarme de su conducta.
Pero debo decir en mi defensa que ella siempre está haciendo doble turno y que yo no sabía cuándo estaría en casa.
Y desde luego no quería mantener esta conversación a medianoche.
—Escucha —propongo—, quizá deberíamos poner etiquetas en nuestras cosas para que resulte más fácil.
—No hace falta que pegues una etiqueta en tus cereales, Blake —me dice con desdén—. No volveré a tocarlos, te lo prometo.
—Creo que es más fácil mantener las cosas separadas —insisto, tratando de aplacarla—. Quiero decir, tú eres nuestra inquilina. No es que seamos amigos ni nada parecido.
Whitney echa la cabeza hacia atrás como si la hubiera golpeado. Se saca el lápiz de detrás de la oreja y, por un momento, temo que vaya a clavármelo. Inspira hondo.
—Tienes razón —dice despacio—. No somos amigos. Buena observación.
Mis intenciones al venir aquí eran buenas, pero veo que estoy metiendo la pata a lo bestia. Me devano los sesos por si se me ocurre un modo de arreglarlo, pero justo en ese momento entra una familia en el restaurante.
—Disculpa —me dice Whitney con tono enérgico—, tengo que volver al trabajo.
Bueno, esto ha sido un desastre. Aunque, por otro lado, he dicho lo que tenía que decir. Whitney se ha sentido un poco ofendida, pero lo cierto es que no somos amigos. Ella es solo una chica a la que le alquilamos una habitación. Y, en cuanto yo vuelva a recuperarme, adiós muy buenas.
En todo caso, no creo que vaya a traerme esta noche un pastel a casa para celebrar mi primer día de trabajo.