Capítulo 11
H oy es mi primer día en ese estúpido empleo temporal y me siento un poco intimidado.
Pero debo tomármelo en serio, porque la agencia insinuó que, si lo hago bien, podría convertirse en un trabajo permanente. Y es una empresa prestigiosa, además, en la que tal vez pueda volver a abrirme paso con esfuerzo hasta conseguir un puesto decente. En todo caso, tengo una oportunidad.
Así pues, me he puesto el despertador a las siete y media, dándome un amplio margen para llegar a la oficina a las nueve si renuncio a mi sesión de ejercicio. Entro tambaleante en la ducha y retomo mi antiguo ritual de empezar el día con una buena dosis de agua helada para despejarme.
Cuando ya no puedo soportarlo ni un segundo más, regulo la temperatura para que salga el agua caliente, pero, por desgracia, lo único que consigo obtener de la alcachofa de la ducha es un chorro tibio.
Krista aún está durmiendo, así que debe de haber sido Whitney la que se ha duchado esta mañana y ha consumido toda el agua caliente. Maldita sea. No es un gran comienzo.
Cojo el frasco de jabón, resignándome a una ducha apenas caliente. Pero, cuando lo estrujo y pongo la mano debajo, veo que no sale nada.
¿Qué demonios?
Aprieto el frasco con más fuerza, esta vez sacudiéndolo. Pero no hay suerte, está completamente vacío.
Es evidente que Whitney lo ha gastado todo.
Cierto, yo le di permiso para usar nuestro jabón, pero este frasco estaba a la mitad hace solo unos días.
¿Quién puede gastar tal cantidad de jabón?
Peor todavía: cuando intento ponerme un poco de mi champú acondicionador para lavarme el pelo, compruebo que este frasco también está vacío.
No me queda más remedio que utilizar el jabón y el champú para chicas de Krista. De manera que, cuando salgo del chorro de agua tibia, el pelo me huele a coco y albaricoque y mi cuerpo, a limón y vainilla, en lugar de oler sencillamente a limpio.
Vale, vale, está bien. Hablaré con Whitney sobre los productos de aseo. Yo pretendía ser amable, pero es evidente que la idea de compartirlos no va a funcionar.
Me visto en silencio, procurando no despertar a Krista. Pese a los temores que me inspira este empleo, resulta agradable volver a trabajar. Aunque me acusaron de cosas horribles, mi carrera no ha terminado. Esto solo ha sido un tropiezo temporal.
Me hago el nudo de la corbata tal como aprendí a hacerlo por mí mismo durante mi primer año como becario de marketing. Lo examino en el espejo de cuerpo entero de nuestra habitación y está perfecto. No parezco un empleado temporal. Parezco un vicepresidente.
Dicen que debes vestirte para el puesto al que aspiras. Es solo una cuestión de tiempo.
Mi madre me enseñó que el desayuno es la comida más importante del día, y ese es uno de los pocos consejos suyos que se me han quedado grabados.
Por mucha prisa que tenga para llegar al trabajo, siempre como algo antes.
Como no hay tiempo para un desayuno energético, antes de salir corriendo para coger el metro hacia el centro voy a la cocina para tomarme un cuenco rápido de cereales.
Los Frosties no son exactamente el desayuno de los campeones, pero la ingesta de azúcar me hará bien.
Cojo la caja de donde la dejé y la sacudo sobre el cuenco de cerámica. No sale nada, así que vuelvo a agitarla, ladeándola hasta colocarla del revés, momento en el cual cae en el cuenco un montoncito de azúcar y un polvillo de cereales.
¿En serio?
Al parecer, darle permiso a Whitney para usar mis productos ha sido como concederle barra libre. Los ha consumido hasta agotarlos del todo. Sin decir nada siquiera, en plan: «Oye, Blake, necesitamos más cereales». O sea, ¿quién demonios se termina la caja y vuelve a dejarla sobre la encimera?
Y ahora debo irme en unos diez minutos y no tengo nada que comer.
Aprieto los dientes, exasperado. En un arrebato, agarro la caja vacía y la arrojo al suelo.
No es lo más inteligente que he hecho en mi vida. La caja rebota al estrellarse en el suelo de la cocina y se esparcen los trocitos de azúcar y las migas de cereales por todas partes.
Mierda.
Ahora, en vez de pasar estos últimos diez minutos tomándome un desayuno poco nutritivo, me los pasaré recogiendo con el aspirador los restos de Frosties. Lo que no voy a hacer es dejar esas migas por todo el suelo. Eso ya me sacaría de quicio.
Goldy me observa mientras paso rápidamente el aspirador por el suelo. Abre la boca y una burbujita asciende hasta la superficie de la pecera.
—¿Cómo es que no me advertiste de que ella se estaba comiendo todos mis cereales? —le pregunto.
Goldy no tiene respuesta.
—¿Blake? ¿Qué pasa ahí abajo?
Es Krista. La he despertado con el aspirador. Siento una punzada de culpa. Ella no tiene que trabajar hoy, así que era su ocasión para quedarse en la cama hasta tarde. Pero ahora está bajando por las escaleras, vestida con esa vieja y enorme camiseta mía de Green Day con la que duerme.
—Perdona —digo—. He tenido un pequeño percance.
Es una forma más decorosa de decir que me ha entrado un berrinche y he tirado la caja de cereales al suelo, y que luego he tenido que limpiarlo todo.
Krista bosteza y estira los brazos por encima de la cabeza.
—¿Ya has desayunado?
—Whitney se ha comido todos mis cereales —rezongo—. Y también se ha acabado mi jabón y mi champú.
Ella alza las cejas de golpe.
—¿Ha usado todas tus cosas sin pedir permiso?
—Bueno, no —reconozco—. Yo le dije que podía hacerlo, pero no que podía usarlo todo .
—Vale, o sea que ¿le dijiste que podía usar tus cosas y ahora estás furioso porque lo ha hecho?
Hago una mueca.
—Solo quería un cuenco de cereales, Krista.
—Pues coge de los míos. Son mucho más saludables que los Frosties.
—Los tuyos saben a cartón triturado.
—Vaya por Dios, lo siento. —Krista se ríe, me aparta para entrar en la cocina y coge esos repugnantes y saludables cereales de mierda que siempre se toma con una taza de yogur bajo en calorías—.
De todos modos, si vas a armar un escándalo porque Whitney usa tus cosas, deberías decirle algo en lugar de pillar ese rebote.
Tiene razón. Whitney ya se ha ido a trabajar, pero la próxima vez que la vea debo decirle que no me parece bien que compartamos mis cosas. Estoy seguro de que lo entenderá.
Ya no me queda tiempo para desayunar de verdad, pero hay algunas manzanas en el cuenco de la fruta que aún no están del todo pasadas.
Cojo una de ellas, observando que hay más mosquitas de la cuenta alrededor del cuenco.
Sería buena idea deshacerse de las demás manzanas antes de que esas mosquitas empiecen a multiplicarse, cosa que tienden a hacer.
He limpiado la cocina todos los días con la esperanza de mantenerla libre de insectos, pero la fruta resulta irresistible para estos bichos.
Krista deja su caja de cereales sobre la mesa y me sonríe.
—Que tengas buena suerte hoy —dice.
—Gracias —respondo, pasándome la mano por el pelo todavía un poco húmedo—. ¿Tengo buen aspecto?
—Casi… —Ladea la cabeza, examinando mi apariencia con atención.
Extiende el brazo y endereza mi corbata azul marino, tensando el nudo un poquito más—.
Ahí está. Ahora resultas irresistible. —Se pone de puntillas, descalza, alzando sus labios rosados para que pueda besarla, y yo la envuelvo en mis brazos—.
Nivel nueve —me susurra al oído, y yo la estrecho con más fuerza.
Con eso basta para que lamente tener que irme, aunque también es un alivio volver a ser un miembro productivo de la sociedad.
Cuando al fin nos separamos, Krista me aprieta el brazo.
—Déjalos boquiabiertos, Blake.
—Así lo haré.
Es un empleo temporal, pero le sacaré el máximo partido. En otros dos años, seré yo el director.
Salgo por la puerta principal. Ya tengo prevista la ruta a la oficina, que requiere tomar el metro en la estación que queda a tres manzanas.
Es un trayecto de treinta minutos hasta Battery Park City y luego cinco minutos a pie.
Así que debería llegar en unos cuarenta y cinco minutos, siempre que no haya retrasos.
Justo entonces el señor Zimmerly, calzado con sus consabidas zapatillas, sale de su casa como si hubiera estado esperándome.
A diferencia de lo que ocurre en las zonas residenciales de las afueras, aquí no hay ningún espacio entre las casas; la suya y la mía están prácticamente pegadas.
—¡Porter! —grita mientras baja los escalones.
Joder. ¿Ahora qué?
—Me voy al trabajo, señor Zimmerly.
Él examina de arriba abajo mi atuendo. Tuerce los labios y se restriega los pelillos del mentón.
—Al fin ha encontrado un empleo, ¿eh?
En los últimos quince años, no ha habido un solo día (dejando aparte estos meses desde que me despidieron) en el que no haya ido a trabajar, y eso incluye la época de la universidad en la que tenía dos empleos. Pero no me dan ganas de aclarárselo.
—Sí —me limito a responder—. Así que debo darme prisa…
—Tiene que hacer algo con sus escalones —me dice el señor Zimmerly.
Bajo la mirada al cemento gris que hay bajo mis relucientes zapatos negros.
—¿Mis escalones?
—¡Están asquerosos!
No sé qué responder. Los escalones de casa no están inmaculados, pero tampoco peor que los suyos.
—Bueno, están a la intemperie.
—¿Esa es su excusa? —me espeta—. ¡Esa porquería es una deshonra para toda la manzana! Y no soy el único que piensa así.
—Muy bien —digo—. Los limpiaré con la manguera, ¿de acuerdo?
El señor Zimmerly masculla algo entre dientes y vuelve a meterse en su casa. No parece muy convencido de que vaya a limpiar los escalones. Y está en lo cierto, porque no pienso hacerlo. Ni siquiera tengo una manguera.