Capítulo 10
D espués de la cena en casa de Becky y Malcolm, no puedo dormirme.
Es la una de la madrugada y me he pasado una hora mirando el techo.
Me he levantado para mear hace veinte minutos, pensando que quizá me ayudaría a relajarme, pero no ha sido así.
Krista no tiene el mismo problema. Se ha quedado frita a mi lado, con la boca entreabierta y un adorable charquito de saliva sobre la almohada. (La he agotado, según parece).
Mientras miro las fisuras del yeso que hay sobre mi cabeza, no paro de repasar los detalles de la velada.
Es obvio que Becky y Malcolm piensan que soy un tremendo pringado.
Pero lo peor de todo ha sido cómo me ha mirado Becky cuando Krista les ha contado lo que dijo esa vidente.
¿Cómo puede creer nadie que yo sería capaz de hacer daño a la mujer que amo?
¿Cómo es posible que todos se hayan vuelto tan deprisa contra mí?
Al final, renuncio a dormir. Me levanto de la cama y bajo las escaleras con el mayor sigilo posible para no despertar a nadie.
Pero, al llegar al último peldaño, descubro con sorpresa que la planta baja no está en completo silencio, como suponía.
Me llegan unos ligeros sonidos desde la sala de estar y, aunque las luces del techo están apagadas, distingo el leve resplandor de la televisión.
Whitney debe de estar despierta.
Entro en la sala de estar y ahí está, en efecto, sentada en el sofá, con el mismo exiguo pijama con el que duerme y los ojos fijos en la televisión. Al advertir mi presencia, se sobresalta y se lleva las manos al pecho.
—¡Blake! —exclama—. ¡Me has dado un susto de muerte!
—Perdona. —Le lanzo una media sonrisa—. No podía dormirme.
—Yo tampoco —dice ella con un suspiro.
—¿Te importa que me siente contigo?
—En absoluto. Cuantos más seamos, más nos divertiremos en el Club de los Insomnes.
Antes de sentarme con ella en el sofá, voy a buscar un vaso de agua a la cocina. Y, una vez allí, reparo en las galletas de Krista que sobraron de las que horneó para la cena. Pongo un puñado en un plato y me las llevo a la sala.
—Guau, ¿son las galletas que ha preparado Krista? —exclama Whitney.
Coloco el plato sobre la mesita de café.
—Avena con pasas.
—Son increíblemente adictivas. —Whitney extiende el brazo para coger una galleta y el pelo lacio le cae sobre la cara—. Tendría que ser pastelera profesional o algo así.
—Sí, es una cocinera asombrosa. —Cojo también una galleta y le doy un mordisco. Tiene el punto justo, ni muy blanda ni muy chiclosa—. Si me ves comer más de cuatro, no dejes de intervenir.
—De acuerdo —dice—. Es lo mínimo que puedo hacer después de que me arreglases ese cajón.
Uno de los cajones de la cómoda de Whitney se había salido del riel y estaba a punto de hundirse.
Estos muebles caros son una mierda. Me pasé como una hora en su habitación, volviendo a ensamblar las partes del cajón hasta conseguir que se abriera y cerrara suavemente.
Este es el tipo de apaños que practiqué con mi padre un montón de veces.
Whitney se deshizo en elogios por lo bien que se lo había arreglado, y yo debo reconocer que me divirtió hacerlo, aunque en parte también me sentí avergonzado al pensar que mi mayor logro en los últimos tres meses había sido reparar una cómoda.
—Bueno —digo, tratando de cambiar de tema—, ¿qué estás mirando?
Whitney flexiona las piernas sobre el pecho.
—Verás. Es un programa en el que la gente prepara pasteles que deben parecer cualquier cosa menos un pastel, y tú tienes que adivinar si lo es o no.
—¿Por ejemplo?
—¿Ves esa guitarra que hay sobre la mesa?
—Ajá…
—Es un pastel.
—¡Imposible!
—Pues lo es —dice con la seriedad de un detective denunciando un homicidio.
Sonrío a pesar de mí mismo.
—¿Y este es el tipo de cosas que te ayudan a dormir?
Whitney mira la pantalla; las imágenes se reflejan en sus pupilas.
—En realidad, nunca puedo dormir. Al menos me entretengo.
Bajo la tenue claridad procedente de la televisión, distingo apenas los cercos morados que tiene bajo los ojos.
—¿No tomas algo?
—Lo he intentado, pero nada me funciona.
—Lo lamento.
Whitney alza un hombro, como si no fuese nada del otro mundo.
—No importa. Siempre que no te moleste que esté aquí abajo en mitad de la noche.
—Para nada. Me alegra tener compañía.
Eso le arranca una sonrisa.
—Bueno, ¿y a ti qué es lo que te quita el sueño esta noche, Blake?
Whitney extiende el brazo para coger otra galleta del plato que hay sobre la mesita. Es indudable que no lleva sujetador.
Me remuevo en el sofá.
—No lo sé. Supongo que me inquieta el futuro.
Ella arquea una ceja.
—¿Te refieres a contraer matrimonio?
—No, eso no me pone nervioso en absoluto —contesto con sinceridad—. Pero mañana es mi primer día en un trabajo nuevo y… es duro volver a empezar.
—Entiendo perfectamente a qué te refieres —dice Whitney de un modo que me hace sentir que lo comprende de verdad.
—En todo caso —añado antes de soltar un suspiro—, no puedo dejar de pensar en ello.
—Estás preocupado —constata.
—No, no preocupado. Es solo, ya sabes…
—Bueno, por si te sirve para sentirte mejor —dice ella—, tú pareces la clase de persona que cae siempre de pie, pase lo que pase.
Curiosamente, su voto de confianza me levanta el ánimo.
—Ah, ¿sí?
—Sin duda. Es evidente que —empieza a contar con los dedos— eres inteligente, carismático, entusiasta, atractivo…
Esperemos que solo pretenda ser educada, porque a Krista no le gustaría verme a solas en la sala de estar, en mitad de la noche, con una chica semidesnuda que me dice que soy atractivo.
Pero ella me mira de un modo que me hace pensar que solo está siendo amable.
Sus intensos ojos se clavan en los míos, y yo tengo que coger un cojín y situarlo estratégicamente sobre mi regazo, porque lo único que llevo es una camiseta y unos calzoncillos.
—Mira —dice—, estoy tan segura de que te irá bien en tu primer día que te traeré mañana un pastel del restaurante para que lo celebremos.
—¿Qué clase de pastel?
—El que tú quieras. —Se pasa la lengua un instante por el labio superior—. ¿Qué te apetecería, Blake?
Ahora sí que me alegro de verdad de tener este cojín en el regazo.
Aun así, no va a pasar nada entre Whitney y yo. Ni ahora ni nunca. No le haría eso a Krista ni en un millón de años.
Aunque es muy atractiva…
—Lo que tú quieras. —Carraspeo—. Siempre que parezca un piano.
Esa broma contribuye a disipar la tensión mientras Whitney y yo empezamos a discutir apasionadamente si la batería que aparece en la pantalla podría ser de hecho una tarta.
Incluso puedo apartar por fin el cojín. Acabamos mirando la tele durante las siguientes horas, intercambiando algún que otro comentario, pero sobre todo compartiendo el sofá y comiendo galletas.
Yo me quedo frito alrededor de las tres; cuando me despierto, con el cuello rígido y dolorido, Whitney ya se ha ido.