La inquilina Capítulo 8
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Capítulo 8

E ntre mis planes para esta mañana figura cambiar el agua de la pecera.

Krista solía encargarse de esta tarea en particular, pero, ahora que yo tengo más tiempo libre que ella, es cosa mía.

De hecho, he asumido la mayor parte de las faenas de limpieza de la casa, y no me importa.

Mi madre siempre fue muy puntillosa con la limpieza, de manera que he aprendido a disfrutar pasando el aspirador y fregando las encimeras hasta dejarlas relucientes.

Incluso me encargo de hacer la cama por la mañana cuando Krista se levanta antes que yo.

Por algún motivo, ella encuentra esto muy gracioso y se burla sin piedad de mí, llamándome «amo de casa».

Limpiar la pecera es una de las tareas más delicadas de nuestro hogar.

No puedo vaciarla de agua y volver a llenarla como si nada porque, al parecer, el pez se moriría.

Debo extraer tan solo el veinte por ciento del agua, ni más ni menos.

Ah, y no reemplazarla con agua del grifo, porque en ese caso el pez también se moriría.

Debo mezclar el agua del grifo con declorador.

Y después sacar los residuos del fondo de la pecera con un sifón.

Es una cantidad de trabajo absurda, pero, por otra parte, no puedo permitir que le pase nada a Goldy.

Es nuestra bebé de ensayo; si la dejáramos morir, sería un presagio funesto para el futuro.

(La llamamos «ella» porque Goldy es un nombre femenino, pero no tenemos pruebas tangibles para sostener que se trate de una hembra).

Una vez que haya terminado con la pecera, me iré al gimnasio a hacer ejercicio. Últimamente, me da la sensación de que debo estar en movimiento sin parar o, de lo contrario, me pasaré el día entero durmiendo y no podré conciliar el sueño en toda la noche.

Mientras Krista está en la ducha, voy a la planta baja para limpiar la pecera.

Ya tengo todos los utensilios preparados, pero me detengo de repente, extrañamente hipnotizado, al ver a Goldy nadando de aquí para allá en su pequeña pecera.

Cuando quiero darme cuenta, descubro que llevo allí cinco minutos sin moverme.

—¿Qué demonios me ha pasado? —le pregunto a Goldy.

Ella describe un círculo hasta mirarme de frente.

—¿Y si no vuelvo a encontrar trabajo? ¿Y si pierdo la casa?

Goldy me mira. No tiene mucho que decir al respecto.

Vale, ahora estoy conversando con un pez. Quizá es que estoy bajo de azúcar. Necesito desayunar algo.

Cuando entro en la cocina, me sobresalto al ver a Whitney allí. No es que haya nada de malo en que esté en la cocina. Ya lleva viviendo dos días con nosotros y tiene todo el derecho a usarla. Pero yo aún me estoy habituando a la presencia de esta extraña en mi casa.

Además, Whitney no está vestida. O sea, no está desvestida , pero, todas las demás veces que la he visto, llevaba ropa normal, o un albornoz una vez, cuando la sorprendí saliendo de la ducha.

Ahora, en cambio, lleva una camiseta de tirantes muy reveladora y unos shorts diminutos que parecen de pijama.

Y también le distingo los pezones a través de la camiseta. Lo cual no es nada bueno, teniendo en cuenta que yo voy con unos calzoncillos tipo bóxer.

—Buenos días, Blake —dice alegremente mientras mira dentro de la nevera, al parecer ajena al frío que hace ahí dentro.

—Ey, Whitney. —«No mires sus pezones erectos. No mires sus pezones erectos»—. ¿Has dormido bien?

Ella se aparta de la nevera con las manos vacías.

—De maravilla. La cama es supercómoda.

Debería serlo, considerando lo que nos costó.

Whitney coge una manzana del cuenco de la fruta y la inspecciona por si tiene algún golpe.

—¿Esta manzana es mía o tuya?

—Creo que es mía, pero puedes cogerla.

—Gracias. Iré pronto a hacer compras.

Me deslizo junto a ella, haciendo todo lo posible para no rozarme con la delgada tela de su pijama, y cojo una caja de Frosties de la encimera. Ahora mismo no puedo prepararme un desayuno energético. Me serviré un cuenco de cereales y saldré de aquí pitando.

—Ah, me encantan los Frosties —dice Whitney.

—Ah, ¿sí? —Sonrío a pesar de mí mismo—. Son mis cereales favoritos.

Ella le da un mordisco a la manzana. Le cae por la barbilla un poquito de jugo, pero se apresura a limpiárselo.

—Me entra nostalgia al ver esa caja. Tomé estos cereales cada día entre los seis y los nueve años.

—¿Todos los días?

—Bueno, tenía que hacerlo. Si reunías las tapas suficientes, podías mandarlas para que te dieran un bolígrafo de tinta invisible.

—¡El bolígrafo invisible! —Mis ojos se iluminan ante ese recuerdo común—. ¡Ya lo recuerdo! ¿Lo conseguiste?

—Por supuesto. —Me lanza una sonrisa, y en su mejilla izquierda se insinúa la curva de un hoyuelo, lo cual me distrae de sus pezones—. Cuando yo quiero algo, no dejo que nada se interponga en mi camino.

Asiento.

—Yo igual.

—En fin, ¡echo de menos los Frosties! —Mira la caja con una expresión anhelante—. No he probado desde hace años nada tan crujiente y tan bien recubierto de azúcar.

Le tiendo la caja.

—Oye, sírvete.

Ella titubea.

—No quiero robarte los cereales. Ya estoy usando tus platos y comiéndome tu manzana.

—No es que los robes. Te los estoy ofreciendo. No puedes desayunar solo una manzana. Y, de todos modos, nadie debería verse privado de ese tigre que hay en ti —digo, evocando el antiguo eslogan de los Frosties.

Eso le arranca una carcajada. Su risa es bonita y concuerda con el resto de su persona: dulce, limpia y simpática. Por mucho que me disguste la idea de tener una inquilina, debo reconocer que Whitney Cross no me desagrada del todo.

De hecho, más bien me gusta.