Capítulo 7 #2
No es culpa suya del todo, sin embargo. No sé qué edad tendrá Zimmerly, pero, a juzgar por las profundas arrugas de su rostro y los mechones blancos de su cuero cabelludo, diría que ochenta y pico.
Compró su casa hace un montón de años, cuando la vivienda en la ciudad aún era bastante barata, y espera que todo se haga como en la época en que él se mudó aquí, o sea, cuando los dinosaurios vagaban por la tierra.
—Lo siento —digo—. Lo estaba usando para reservar un hueco de aparcamiento. Ahora volveré a guardarlo.
Él murmura algo entre dientes y se relame los labios, sin conseguir deshacerse todavía del grumo de dentífrico que tiene incrustado ahí. Parece que se dispone a volver adentro, pero se queda paralizado cuando repara en Whitney y en las cajas que hay en su maletero.
—¿Qué sucede aquí? —me pregunta con acritud, como si yo estuviera tratando de hacerle una jugarreta.
Esbozo con esfuerzo una sonrisa.
—Esta es Whitney. Va a quedarse con nosotros una temporada.
Aunque espero que no sea demasiado larga.
—¿Otra mujer? —gruñe Zimmerly—. Dios mío, ¿cuántas necesita, Porter? ¡Está convirtiendo este barrio en un burdel!
Vamos a ver. He estado viviendo con una sola mujer durante todo el tiempo que llevo aquí, lo cual queda claramente muy lejos de lo que se entiende por un burdel. Pero no vale la pena explicarle eso a mi vecino.
—Es un placer conocerle —dice Whitney, muy educada—. Es el señor Zimmerly, ¿verdad?
Zimmerly se muestra bastante amable con Krista, pero no parece sentir lo mismo respecto a Whitney. Rezonga algo por lo bajini y luego vuelve a subir los escalones dando pisotones con las zapatillas.
—Siempre es así —le explico a ella en tono de disculpa—. No te lo tomes como algo personal.
A Whitney no parece afectarle el grosero comportamiento de Zimmerly. A mí, en cambio, no sé por qué, me saca de quicio que mi vecino me deteste. No me importaba que no todos mis compañeros de oficina me miraran con buenos ojos, pero esto me molesta.
Uno de los peldaños de la casa de Zimmerly se ha desmoronado en parte —tal vez erosionado por años de ventiscas— y, por un momento, el anciano tropieza. Enseguida se sujeta, pero poco le ha faltado para caerse. Se me ocurre de repente una idea y me acerco corriendo antes de que entre.
—¡Señor Zimmerly! —grito.
Él se vuelve con su invariable expresión agria.
—¿Ahora qué quiere, Porter?
Toco el escalón dañado con el pie y se desprende un poco más de cemento.
—Si quiere, puedo arreglarle este escalón. Para que no vuelva a tropezar.
Él me mira con los ojos entornados.
—¿Cuánto?
—Gratis —me apresuro a decir, aunque no me vendría mal el dinero.
Él me mira de arriba abajo y suelta un bufido.
—No tiene aspecto de poder hacer el trabajo. No enseñan a arreglar escalones en la universidad.
—Sé arreglar un escalón de cemento —digo a la defensiva.
Es el tipo de cosas que solía hacer con mi padre cuando era niño.
Aunque es cierto que no lo he hecho en muchos años, recuerdo cómo se hace.
Es igual que ir en bicicleta. Y, si me quedo atascado, solo tengo que llamar a mi padre, que estará encantado de ayudarme.
Por un momento, el señor Zimmerly parece estar considerando la propuesta. Pero luego me hace un gesto desdeñoso con la mano.
—Probablemente lo dejaría aún peor. ¡Si ni siquiera es capaz de ocuparse de su propia basura!
Con estas palabras, da media vuelta, entra de nuevo en su casa y cierra de un portazo.
Bueno, lo he intentado.
Como salta a la vista que el señor Zimmerly no quiere mi ayuda, vuelvo al coche de Whitney.
Cargo otra vez la caja en brazos y me echo además al hombro una de las bolsas de lona.
Whitney me sigue con la bolsa del asiento trasero, a pesar de que le he dicho que ya me encargaba yo.
Había dejado la puerta principal abierta, así que me lleva poco tiempo subir sus cosas por la escalera hasta el último piso.
Ella empieza a vaciar la bolsa mientras yo voy al coche a buscar la última caja.
Cuando vuelvo a la habitación, Whitney ya ha sacado la mitad de su ropa y, alzando la mirada, me sonríe.
—Gracias, Blake. Déjala en el suelo.
Todavía no consigo asimilar el hecho de que Whitney haya logrado embutir su vida entera en dos cajas y dos bolsas.
—¿Seguro que no necesitas nada más?
—De hecho… —Se acerca a la puerta y sacude el pomo, que traquetea con fuerza, como si fuera a soltarse—. ¿Crees que podrías arreglar este pomo? Me da miedo que se acabe cayendo y me quede encerrada en la habitación.
Antes de perder el trabajo, este era el tipo de reparación para la que habría llamado a un manitas, porque yo estaba demasiado ocupado y, además, me lo podía permitir.
Pero un pomo suelto, al igual que ese escalón roto, es algo que sé reparar.
Tengo una caja de herramientas y soy perfectamente capaz de arreglar eso y cualquier otra cosa que se rompa en esta casa. Mi padre me enseñó muy bien.
—No hay problema —digo—. ¿Algo más?
Ella menea la cabeza.
—Solo tengo que hacer un viaje al supermercado para comprar algunos artículos de aseo.
—Si estás muy cansada para salir después de deshacer el equipaje, puedes usar mientras tanto nuestro jabón y otras cosas. O el detergente de la lavadora. Y también todo lo que necesites de la cocina. Ollas, sartenes…, kétchup, mostaza.
—Gracias. —Me mira a los ojos. Pensaba que eran castaños, pero ahora distingo unos puntitos de color ámbar—. Te lo agradezco de verdad, Blake. Eres una buena persona.
Tan solo pretende ser amable al decir esto. No sabe si soy una buena persona. No me conoce en absoluto.
—Es de verdad una habitación preciosa —añade, mientras dobla unos vaqueros idénticos a los que lleva puestos y los mete en un cajón abierto—. La decoraste de maravilla.
—En realidad —digo—, fue Krista la que se encargó de eso. Ella escogió el mobiliario porque quería tener una habitación de invitados bien bonita.
—Bueno, tu esposa tiene mucho gusto.
Esbozo una media sonrisa.
—Krista y yo no estamos casados.
—Ah. —Sus párpados aletean un momento, mientras se lleva una mano al pecho—. Vaya, lo siento. Creía…
—No tiene importancia —contesto—. Quiero decir, estamos prometidos. O sea que nos casaremos, ¿entiendes?
—¿Ya habéis fijado la fecha?
No . Yo estaba haciendo un horario sobrehumano en el trabajo después de proponerle que nos casáramos y luego, una vez que me despidieron, no me apetecía ponerme a planear una boda que no podía permitirme. Pero no voy a contarle nada de esto a Whitney.
—Aún no.
Ella me mira todavía unos segundos —lo suficiente para que yo me remueva con incomodidad—, pero enseguida se concentra de nuevo en vaciar las bolsas. Mientras vuelve a doblar su ropa y la coloca en los cajones, caigo en la cuenta de que ya es tarde para echarse atrás.
Ahora Whitney vive aquí.
—Bueno… —Me froto la nuca—. Te dejo trabajar. Pero… —Siento la necesidad de decir algo más antes de retirarme, así que añado—: Cenaremos más tarde.
Whitney alza los ojos de la caja que está desgarrando con las manos.
—¿Cenar? ¿Contigo?
—Y con Krista —digo, por si no fuera obvio. Joder, no quiero que crea que ya estoy tirándole los tejos a los cinco segundos de instalarse aquí.
—Ah, claro. ¡Suena perfecto!
Su entusiasmo hace que me sienta un poquito mejor en general. Sí, hemos metido a una desconocida en nuestra casa, pero Whitney parece realmente simpática. Tal vez lo pasemos bien los tres juntos.
Pero, incluso si nos hacemos amigos íntimos, voy a encontrar un trabajo mejor que el que perdí y después le mostraremos la puerta de salida.