Capítulo 7
W hitney Cross se muda hoy a nuestra casa.
Pagué la tarifa para efectuar una revisión de antecedentes y no apareció nada preocupante.
Ni arrestos, ni órdenes judiciales ni delitos sexuales; ninguna señal de alarma.
Whitney es una persona cumplidora de la ley, procedente de un pueblecito de New Jersey, y tiene un historial crediticio decente.
Además, el dueño del restaurante nos aseguró que es una empleada modelo.
Así que le dijimos que ya podía trasladarse.
Ha tomado prestado el coche de un amigo y está viniendo para aquí con todas sus cosas.
Como yo estoy sin trabajo y también soy el encargado de mover los objetos pesados en esta casa, Krista le dijo que me ofrecía a ayudarla en la mudanza.
Y me parece perfecto. No me vendrá mal serle útil a alguien .
He empezado a buscar un hueco para aparcar una hora antes de la llegada prevista de Whitney.
No es fácil encontrar aparcamiento en nuestra calle (ni en ninguna otra de Manhattan), razón por la cual no tengo coche.
Cuando vine a vivir aquí, traté de conservar el mío durante un año, pero me pasaba la mitad del trayecto al trabajo metido en tremendos atascos.
Así que, desde que un taxi me embistió por detrás y me dijeron que el coche estaba para el desguace, decidí utilizar el metro. Y no me arrepiento.
Veinte minutos antes de la llegada de Whitney, se abre un hueco justo delante de casa, así que cojo uno de nuestros cubos de basura y lo planto ahí en medio para guardarlo.
Luego debo preservarlo con mi propio físico, porque es casi seguro que algún coche se llevará el cubo por delante si no me quedo aquí para impedirlo. Es una suerte que no tenga trabajo.
Mientras espero a Whitney en los escalones de casa, una chica a la que he visto un montón de veces en el sendero por el que suelo correr en Central Park pasa por delante con unos shorts de color rosa que apenas ocultan su ropa interior.
Me hace un guiño y yo sonrío del modo más insulso posible.
Hace unos años, me habría lanzado de cabeza sobre una chica como esa, pero ahora ya no.
Está bien echar un vistazo disimulado, pero nunca pasar a la acción; incluso hago todo lo posible para evitar las miradas.
Me vibra el móvil en el bolsillo. Lo saco y veo que aparece en la pantalla la palabra «Papá».
Considero la posibilidad de dejar que salte el buzón de voz, pero luego intento recordar la última vez que hablé con mi padre y no lo consigo.
Se ha pasado los últimos años solo, desde que mi madre sucumbió a un cáncer de pecho, y me siento culpable por haberlo estado evitando.
Pero la verdad es que no tenemos mucho en común, así que la mayoría de nuestras conversaciones resultan un tanto incómodas.
Miro mi reloj. Whitney llegará en cualquier momento, de modo que tendré una excusa para colgar. Respondo a la llamada.
—¡Blake! —dice papá antes de empezar a toser, lo cual hace que me sienta aún más culpable—. ¿Cómo estás?
—Bien —miento—. ¿Y tú?
—Oh, perfectamente. —Pero entonces vuelve a toser. La última vez que hablamos, me dijo que estaba saliendo de un resfriado y da la impresión de que sigue así—. ¿Cómo va lo del trabajo? ¿Has encontrado algo?
—Estoy en ello.
—Es que justamente estaba pensando —dice entre carraspeos— que, como Jeff lo dejó el mes pasado, no me vendría mal un poco de ayuda extra en la tienda. Y si algún día quieres hacerte cargo…
—Papá…
—El momento es ideal —continúa cada vez más entusiasmado—. Yo necesito ayuda y tú necesitas un empleo. Y mira, Blake, esa tienda es tu herencia. Mi padre me la legó a mí y ahora deberías quedártela tú.
Justo lo que me hace falta como herencia: una ferretería en las últimas en Cleveland.
Como si me leyese el pensamiento, añade:
—Acaban de construir un complejo de viviendas a un par de manzanas. El negocio está yendo bien.
—Papá…
—Podrías vender esa diminuta casa tan cara que tienes —continúa a borbotones— y volver a instalarte aquí, donde conseguirías encontrar una casa cinco veces más grande por una quinta parte de ese precio. Apuesto a que Krista sería muy feliz aquí. Y si tú te quedas la tienda…
—Papá…, ¡no me saqué un título universitario para trabajar en una ferretería! —exploto.
Mi padre se queda callado al instante y yo ahora me siento como un gilipollas integral.
Él solo pretende echar una mano, y Dios sabe que no seguirá viviendo eternamente; eso lo descubrí por las malas cuando murió mamá.
Lo que quiere es que su único hijo se haga cargo del negocio.
No es algo horrible por su parte, aunque es lo último que yo quiero.
—Perdona, Blake —dice mansamente—. Solo pensaba…
Antes de que pueda terminar la frase, un roñoso Ford Pinto rojo se detiene junto al bordillo con Whitney al volante. Me pongo de pie y me sacudo la parte posterior de los pantalones porque no quiero ni pensar qué clase de mugre debe de haber en los escalones.
—Tengo que dejarte, papá.
—De acuerdo —responde él—. Te quiero, hijo.
—Yo también, papá —digo y pulso el botón rojo para colgar.
Debo apartar el cubo de basura para que Whitney pueda ocupar el hueco del todo.
Una vez que ha aparcado, se baja del coche.
Lleva el pelo castaño claro recogido en una coleta alta que oscila por detrás de su cabeza.
Va con otros vaqueros azules y una diminuta camiseta sin mangas que resulta muy apropiada, teniendo en cuenta el calor que hace.
Sí, he mirado . Que me denuncien. Soy humano, nada más.
—Ey —digo.
Whitney me sonríe, sin duda encantada ante la perspectiva de mudarse a nuestra diminuta habitación libre.
—Ey, Blake. Muchas gracias por ayudarme.
—No hay de qué —contesto, como si no hubiera sido idea de Krista—. Vamos a ver qué traes.
Whitney me guía hasta el maletero del coche y lo abre con el mando. Me asomo y veo dos grandes cajas y una gigantesca bolsa de lona.
—¿Nada más? —pregunto atónito.
—Tengo otra bolsa grande de ropa en el asiento trasero.
Sigo mirando el maletero mientras intento comprender cómo es posible que todo lo que posee esta chica no llene siquiera la parte trasera de un Pinto.
Cuando yo me mudé, necesité un camión entero, y eso era solo para mí.
En cuanto a Krista…, estoy seguro de que podría llenar esa bolsa de lona solo con sus cinturones. (Le encantan los cinturones).
—No me interesa mucho la ropa —dice Whitney con un deje defensivo—. Y he estado moviéndome mucho, así que he tenido que simplificar.
Aun así. Aun así… Una vez más, se disparan en mi cabeza esas señales de alarma, aunque a estas alturas ya suenan como si fueran sirenas.
Todavía puedo rechazarla. Aún no se ha instalado.
Desde luego, nosotros ya hemos ingresado su cheque y lo hemos usado para pagar facturas.
Y es de suponer que Whitney habrá abandonado su actual alojamiento.
Sería una mala jugada decirle que se vaya ahora, solamente por un «mal presentimiento».
Eso más bien sería propio de Quillizabeth.
—Bueno —digo—, entonces no tardaremos mucho, ¿no?
El rostro de Whitney se relaja en una sonrisa mientras yo cojo una de las cajas del maletero. Tampoco es tan pesada. Ni siquiera está del todo llena. Podría cargar cinco cajas como esta sin ponerme a sudar.
Ella intenta coger la gran bolsa de lona del asiento trasero, pero apenas puede con el peso.
—Eh —digo—, déjala. Yo puedo subírtelo todo.
Ella la saca del asiento trasero con un gruñido.
—No, ya la tengo.
—Pero puedo hacerlo yo.
—¿Estás diciendo que soy una enclenque? —Me lanza una sonrisa juguetona—. Te apuesto cinco pavos a que puedo cargar más bolsas que tú.
Se ajusta la correa de la bolsa entre las curvas de sus pechos y tengo que apartar la mirada. Whitney es incluso más sexy de lo que había creído, lo cual no es nada bueno.
«Ni se te ocurra, Blake».
—¡Ey, Porter! —dice una voz arisca.
Apoyo la caja en el borde del maletero y me vuelvo.
Mi vecino, el señor Zimmerly, está encorvado frente a su propia casa, vestido con unos pantalones de pijama y unas zapatillas peludas.
No creo haber visto nunca a ese hombre con unos zapatos de verdad en todo el tiempo que llevo viviendo aquí.
Ni siquiera estoy seguro de que tenga un par.
—Hola, señor Zimmerly —digo lo más educadamente posible.
Siempre he procurado ser amable con el señor Zimmerly, pero él no me lo ha puesto nada fácil.
Ni siquiera sé cuál es su nombre de pila, porque nunca me lo ha dicho.
Sé que empieza por hache porque, cuando su correo me llega a mí por error (y soy lo bastante amable como para acercarlo a su puerta), veo que siempre pone «H.
Zimmerly», pero eso es lo único que he conseguido descubrir sobre él en los seis meses que llevo aquí.
Por lo demás, ese hombre me odia, y no sé por qué.
—Porter —me ladra, pese a que yo le dije mi nombre de pila la primera vez que nos vimos—. ¿Por qué está otra vez su cubo de basura en la acera?
Debido a las ratas que plagan la ciudad, ya no nos está permitido dejar bolsas de plástico negro en la acera y tenemos que meter la basura en cubos: uno para la orgánica y otro para reciclar.
Durante la semana, dejo encerrados mis cubos bajo la escalera de la entrada.
(Nadie diría que un cubo que apesta a desperdicios puede correr el peligro de que lo roben, pero así es Nueva York).
Luego, el día de recogida, los arrastro hasta el bordillo para que los vacíe el basurero.
La queja principal de Zimmerly respecto a mí es que el día de recogida dejo fuera los cubos demasiado tiempo.
Él pretende que vigile cuándo pasa el camión de la basura y retire los cubos de la calle un milisegundo después de que se hayan llevado las bolsas.
He faltado a mi deber de hacerlo así repetidamente y, cada vez que nos vemos, me lo recuerda.