Capítulo 6
E s Krista quien va a abrir esta vez la puerta mientras yo me preparo para enfrentarme a la persona que está esperando al otro lado.
¿Quién sabe qué será esta posible inquilina?
¿Una asesina convicta con grilletes? ¿Una caníbal?
¿Una criatura fantástica que arroja fuego por las fauces?
A estas alturas, ya nada podría sorprenderme.
Pero la mujer que está en el umbral parece… normal.
No va con toda la cara cubierta de piercings, y tampoco túnicas o sombreros de papel de aluminio, ni parece que pretenda hacer un agujero en la pared con un taladro.
Tiene el pelo castaño claro, que le cuelga lacio alrededor del rostro, y lleva unos sencillos aros en las orejas.
Es de nuestra edad más o menos —treinta y algo, quizá— y viste unos vaqueros azules y una sudadera.
—Hola —dice, lanzando una sonrisa nerviosa que resulta enternecedora—. Me llamo Whitney Cross.
Krista le sonríe de oreja a oreja.
—Hola, Whitney. Yo soy Krista y este es Blake.
Whitney nos tiende la mano, y los dos se la estrechamos sin que ella tenga visiones esotéricas de un baño de sangre en la sala de estar. Buena señal. Esta entrevista está yendo mucho mejor que las anteriores.
—Es un placer conoceros a los dos —nos dice con educación.
—Estamos buscando a alguien que pueda ocupar lo antes posible la habitación individual de arriba —le explica Krista—. ¿A ti te iría bien trasladarte enseguida?
Whitney asiente.
—Sí, el alquiler del sitio donde estaba se terminó y, eh, ahora mismo estoy… en un periodo de transición entre apartamentos. Vi vuestro anuncio en el Cosmo’s Diner, donde trabajo, y fue como un regalo del cielo.
—¿Trabajas en el Cosmo’s? —pregunto. Es un restaurante griego que queda a unas diez manzanas de aquí. He pasado muchas veces por delante, pero nunca he entrado.
—Sí. Soy camarera. —Sonríe con educación—. ¿A qué os dedicáis vosotros?
—Yo llevo una tintorería —dice Krista.
Ahora Whitney me mira a mí, esperando mi respuesta. Incluso antes del ascenso, yo estaba orgulloso de mi profesión. Ahora me limito a murmurar:
—Estoy en un periodo de transición entre trabajos.
Krista, con su don magistral para cambiar de tema, dice:
—¿Te apetece probar una galleta? Son caseras.
Whitney se anota varios puntos extra aceptando una de las galletas con pepitas de chocolate de la mesa del comedor y explayándose sobre lo deliciosa que está. Luego nos sigue a la sala de estar y emite todas las exclamaciones apropiadas mientras le enseñamos la casa.
—Esta es Goldy —dice Krista, orgullosa, como si se refiriese a una hija que acaba de graduarse en Harvard. Aunque no puedo decir que yo no sienta algo de orgullo por los giros que va dando Goldy por la pecera. ¿Todos los peces hacen eso? Yo creo que Goldy es especial.
—¡Qué mona! —exclama Whitney, inclinándose para verla de cerca.
Krista prosigue el tour por la cocina, que es bastante normal, aunque, tal como ella la describe, cualquiera diría que ha sido un premio de El precio justo . Está visto que tendría que haberse dedicado a las ventas.
—Ay, Dios mío. Sería una maravilla tener lavaplatos —suspira Whitney.
—¿Tú no tienes? —pregunto sorprendido.
Krista me lanza una mirada, pero, bueno, es una pregunta razonable. ¿Quién no tiene lavaplatos hoy en día? ¿Será eso una mala señal?
Whitney vacila un momento y luego niega con la cabeza.
—No, solo un fregadero.
—Yo tampoco tenía hasta que nos mudamos aquí juntos —le confiesa Krista—. Blake no entiende cómo vive la otra mitad de la población.
Las dos se echan a reír a mis expensas. Pero a mí no me importa, porque Whitney parece… agradable . Las primeras impresiones pueden ser engañosas, pero ella parece totalmente inofensiva. No una caníbal; de eso estoy convencido, digamos, al noventa y nueve por ciento.
Quizá esto vaya a funcionar.
Después de mostrarle la planta baja, subimos al piso de arriba. La lavadora y la secadora, una encima de la otra, están en lo alto de la escalera, y Whitney abre unos ojos como platos al verla.
—¿Eso es lo que creo?
—¡Bingo! —dice Krista—. Es una torre con una lavadora y una secadora. Compacta, pero aun así mucho mejor que tener que llevar la ropa a una lavandería.
—Ay, sí, Dios mío. —Whitney se frota las manos—. La última vez que fui a la lavandería…, ¡alguien sacó toda mi ropa de la secadora y la tiró al suelo! Aquello es la jungla.
A mí no me entusiasma la idea de compartir mi lavadora y mi secadora con otra mujer más.
Krista ya lava en una semana el equivalente a la colada de un mes.
Pero no podemos alquilar la habitación y esperar que la inquilina se lleve la ropa a la lavandería automática que hay a dos manzanas cuando tiene una lavadora a tres metros de su habitación.
En el primer piso hay un baño y dos habitaciones: el dormitorio principal, que ocupamos Krista y yo, y otro más pequeño.
Yo había tenido la fantasía de llenar de niños las habitaciones adicionales de la casa, pero esas ideas parecen pertenecer a otra vida.
Ahora nos vemos obligados a ceder una de ellas a una desconocida y, si no encuentro trabajo pronto, la otra acabará estando disponible también para quien la quiera.
Le mostramos a Whitney el pequeño baño con ducha que al parecer compartiremos, porque solo hay dos en toda la casa, y el de la planta baja es solo un aseo. Por fin subimos la angosta escalera del segundo piso.
Los techos aquí son más bajos que los del resto de la casa.
Yo siempre siento el impulso de agacharme, a pesar de que medimos la altura y vimos que era de casi dos metros, o sea, veinte centímetros más que mi estatura.
En esta planta hay un dormitorio amueblado y un amplio espacio abierto que Krista y yo debatimos si podría convertirse en un cuarto infantil o en una zona de entretenimiento para el hombre de la casa.
(Ya puede suponerse quién defendió esta última opción).
La habitación amueblada estaba hasta ahora destinada a los invitados, aunque todavía no hemos tenido ninguno. Contiene una cama doble, una cómoda, una librería de tamaño mediano y un gran armario.
—Si lo prefieres, tenemos también un dormitorio sin amueblar en el primer piso —añade Krista.
—No. —Whitney recorre con la vista este mobiliario en el que me gasté demasiado en su día, cuando me sobraba el dinero—. Esto es perfecto . Yo no tengo ningún mueble.
¿Qué mujer de treinta años no posee un solo mueble?
Los ojos de Whitney relucen a medida que se acerca al armario y lo abre. No es un armario tipo vestidor, pero tiene un tamaño decente. Mientras observo cómo ella va haciendo planes para nuestra habitación libre, me asalta otro pensamiento: Whitney es guapa.
Vale, no es que no lo haya advertido en cuanto ha entrado.
O sea, soy un tipo de treinta y dos años y tengo ojos en la cara.
Pero, ahora que la veo bajo la luz del gran ventanal de la habitación de invitados, me doy cuenta de que es aún más guapa de lo que creía.
Con vaqueros y sudadera, incluso sin maquillaje, resulta atractiva.
Si hiciera el menor esfuerzo… Bueno, estaría muy buena. Y es justo de mi tipo, además.
Le echo una mirada a Krista, preguntándome si a ella se le ha ocurrido lo mismo. ¿Le inquieta que una chica guapa de verdad venga a vivir con nosotros? ¿Ese es un aspecto de la situación que podría darle que pensar?
Pero no, no parece preocupada. Sonríe. Confía en mí.
A pesar de que hace quince minutos parecía inquieta por la posibilidad de que pudiera matarla a cuchilladas en nuestra sala de estar.
Debería confiar en mí, de todos modos. No es que yo vaya a tontear con la chica con la que convivimos delante de sus narices. Para eso tendría que ser no solo el mayor cabrón del mundo, sino un idiota rematado.
Whitney se vuelve hacia nosotros con la cara iluminada.
—Me encanta. No sé si hay nadie más interesado, pero yo sí lo estoy. Muy interesada.
Krista me mira arqueando una ceja. Está pidiéndome permiso para ofrecerle la habitación a Whitney.
Inspiro hondo. Yo no quiero alquilarle esta habitación a Whitney, pero eso no tiene nada que ver con ella.
No quiero alquilarle la habitación a nadie .
Lo que quiero es recuperar mi antiguo trabajo para poder pagar la hipoteca por mí mismo, sin tener que abrir las puertas de nuestra casa a un desconocido.
Pero eso no va a suceder, así que debo ser realista.
Si no conseguimos pronto un ingreso, perderemos la casa del todo.
Y Whitney es agradable. Es evidente. No es un bicho raro; no parece el tipo de persona que vaya a poner música heavy metal a tope en mitad de la noche. Y es educada. Le da cien vueltas a todos los candidatos que hemos entrevistado hasta ahora.
Así que miro a Krista y asiento.
—En realidad —le dice ella a Whitney—, no hemos encontrado a nadie todavía. Nos encantaría ofrecerte la habitación.
—¿En serio? —Whitney se sonroja de felicidad—. Ay, Dios mío, qué maravilla. ¡Gracias! Llevo un cheque encima, así que puedo daros la primera mensualidad, el depósito y…
—No. —Alzo una mano—. Antes de que te traslades, hemos de hacer unas gestiones. Necesitamos tu número de la Seguridad Social para hacer una comprobación de solvencia y nos gustaría contar también con una referencia por lo menos.
La sonrisa desaparece de su rostro en el acto.
Eso me mosquea. ¿Hay algún motivo para que una comprobación de solvencia le preocupe? ¿Por qué no va a ser capaz de proporcionarnos una referencia? En mi interior suena una pequeña señal de alarma.
Si no puede darnos su número de la Seguridad Social, se acabó la historia. Me importa una mierda lo agradable o lo guapa que sea.
—Es solo una formalidad —se apresura a añadir Krista—. No representa un problema, ¿no?
La sonrisa reaparece de inmediato.
—Por supuesto que no —nos asegura Whitney—. Puedo daros todo lo que haga falta. Es solo que me hace mucha ilusión vivir aquí y quiero trasladarme cuanto antes.
Suelto un suspiro. Vale, es solo que está entusiasmada, nada más.
Nos va a dar su número de la Seguridad Social, nosotros haremos una comprobación de solvencia y también una revisión de antecedentes, y asunto arreglado.
Dios sabe que necesitamos el dinero. Si puede pagarnos el primer mes de alquiler y un depósito de seguridad, tendremos un pequeño respiro.
Solo que… ¿Por qué esa vocecita que suena en mi interior sigue diciéndome que me deshaga de esta chica ahora mismo, mientras aún puedo?