La inquilina Capítulo 5
7%

Capítulo 5

Q ué… demonios?

¿Es posible que esta lunática haya entrado en mi propia casa y le haya dicho a mi prometida que voy a matarla? Menuda idiotez.

Quillizabeth, rígida, está plantada en nuestra sala de estar. Tiembla de pies a cabeza. Casi parece como si estuviera sufriendo un ataque. Llamaría a una ambulancia, pero entonces no nos la quitaríamos nunca de encima.

—Va a apuñalarla con un cuchillo de cocina. —Quillizabeth señala con un dedo trémulo la alfombra que tiene bajo los pies—. Pasará justo aquí . He tenido una visión de él inclinándose junto a su cuerpo y mirando cómo se desangra hasta morir.

Me vuelvo hacia Krista. Se ha quedado pálida como el papel. ¿Es posible que esté tomándose en serio a esta mujer? Pero si lleva literalmente un sombrero de papel de aluminio…

—Vale, muy bien. —Le pongo a Quillizabeth una mano en la espalda para sacarla de la sala de estar, pero ella se aparta de golpe, como si la acabara de quemar con un atizador al rojo vivo—. Ahora tiene que marcharse.

—Créame, Krista, por favor. —Quillizabeth extiende una mano nudosa hacia mi novia—. Tenga cuidado. Mis visiones… nunca son erróneas.

—Seguro —mascullo entre dientes, situándome entre ambas—. Pero no tengo previsto asesinarla hoy, así que me parece que puede irse tranquila.

Si es necesario, la cogeré en volandas y la arrojaré a la calle.

Quillizabeth suelta un gritito de protesta, pero finalmente Krista menea la cabeza.

—Estoy bien —le asegura a la mujer—. Debería… marcharse.

Es la propia Krista quien acompaña a Quillizabeth a la puerta.

La vieja no deja de suplicarle y de agarrarla del brazo durante todo el trayecto.

Oigo que repite las palabras «peligroso» y «salga de aquí».

Transcurren varios minutos de conversación en voz baja hasta que Krista cierra la puerta.

Para entonces, Quil­lizabeth está casi sollozando.

Joder. Debería dejar que Krista venda ese anillo absurdo.

Me permito desplomarme en el sofá. Krista vuelve a la sala, aunque con una palidez mucho más pronunciada que antes.

—Guau —digo—. Esa mujer estaba loca.

—Sí —murmura ella.

Alzo la vista para mirarla. Se retuerce las manos tal como suele hacer cuando está alterada por algún motivo.

—No la habrás creído, ¿no? —pregunto.

—No, claro que no —responde, pero titubea un poquito más de la cuenta antes de decirlo. Y, cuando se sienta a mi lado en el sofá, deja entre los dos algo más de espacio de lo normal—. Aunque has de reconocer que ha sido un poco… espeluznante.

—La verdad es que no. Estaba chiflada.

Krista tuerce hacia arriba la comisura izquierda de los labios.

—Tú eres escéptico en todo porque eres escorpio.

¿Soy escorpio?

—Mira —digo—, escéptico o no, no voy a apuñalarte en la sala de estar. Quiero decir, no creerás en serio que soy capaz de hacer algo así, ¿no?

—No —responde ella, aunque vuelve a producirse ese extraño titubeo.

—Nunca he hecho nada para que desconfíes de mí —señalo.

Y eso es cierto.

Bueno, hasta donde ella sabe.

—Soy un buen tipo. —Le cojo la mano y no puedo evitar darme cuenta de que está temblando, igual que Quillizabeth—. Tú lo sabes. Yo nunca te haría daño, ni a ti ni a nadie. Eso lo sabes .

Krista baja la mirada a su regazo. Inspira hondo.

—Blake, ¿de dónde sacaste el dinero para la entrada de la casa?

—¿Cómo?

Ella alza despacio sus ojos azules.

—Cuando compraste esta casa hace seis meses, me dijiste que no tenías suficiente para la entrada. Pero luego, de repente, encontraste el dinero.

¿De qué habla? ¿Acaso cree que hice esa fechoría de la que Wayne Vincent me acusó? ¿Piensa que soy un hijo de puta que traicionó a su empresa para conseguir el dinero con el que comprar esta casa? ¿Es eso lo que está insinuando?

—Retiré mi plan de pensiones —mascullo entre dientes—. Así conseguí el dinero. —Al ver que ella no dice nada, añado—: Te enseñaré los recibos, si no me crees.

—No —contesta con suavidad—. Te creo.

¿Me cree de verdad? Krista y yo llevamos juntos dos años, pero nuestra relación es todavía relativamente reciente.

Lo bastante reciente, al parecer, como para que una charlatana new age , vestida con túnicas y un sombrero de papel de aluminio, pueda sembrar dudas en su mente diciendo las cosas adecuadas.

Y, vamos a reconocerlo, no es que yo esté actuando de forma muy brillante en los últimos tiempos.

Me devano los sesos, tratando de encontrar algo que decir para tranquilizarla. Antes de que se me ocurra nada, sin embargo, suena el timbre.

Ay, Dios, otra visita.