La inquilina Capítulo 4
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Capítulo 4

Habitación individual disponible de inmediato en el piso superior de una casa del Upper West Side, situada en una calle tranquila flanqueada de árboles.

La habitación está completamente amueblada y cuenta con dos grandes ventanas y armarios muy amplios.

Cocina espaciosa, comedor y sala de estar compartidos.

Parada de metro cercana. No se admiten mascotas ni se incluye aparcamiento.

Tenemos dos posibles candidatos que van a venir en la próxima hora a ver la habitación libre.

No soy nada optimista. Desde que Krista colgó nuestro anuncio por toda la ciudad y también en internet, han venido como doce personas a ver la habitación, y todas eran espantosas. No exagero. «Espantosas» es una forma caritativa de describirlas.

Una de ellas era un fanático confeso del kickboxing.

Y nos lo demostró haciendo un agujero en la pared de una patada.

Así que ahora tenemos que arreglar ese desperfecto.

También se presentó una mujer con el animal más feroz que he visto en mi vida.

Ella alegaba que era un perro, pero yo no estoy seguro de que no fuera un lobo o algo peor.

El candidato más alarmante con diferencia se presentó hace un par de días.

Era un tipo bajito con una perilla desgreñada y una gorra blanca con el logotipo de Linux que me estuvo interrogando sin piedad durante veinte minutos sobre la conexión de internet.

Después de que yo respondiera a sus preguntas lo mejor posible, metió la mano en la bolsa que llevaba y sacó…

¡un taladro! Dijo que necesitaba perforar la pared para comprobar el cableado y me vi obligado a impedírselo; si no, lo habría hecho.

No quiero tener que tapar un segundo agujero.

Ahora, en cinco minutos, vendrá una mujer llamada Elizabeth, y, dentro de media hora, otra llamada Whitney. Estoy seguro de que ambas serán horribles. Pero, por si no lo son, hemos limpiado la casa de arriba abajo. Incluso he pasado la esponja por el interior de la nevera, por si miran ahí.

Krista coloca sobre la pequeña mesa del comedor una fuente de galletas con pepitas de chocolate recién hechas. Cuando voy a coger una, me da un golpe en la mano.

—Son para los invitados.

—Krista, esto no es una jornada de puertas abiertas. Van a venir dos personas, y en esta bandeja hay como mínimo veinte galletas.

Ella me fulmina con la mirada y yo aparto la mano. Luego sus ojos me recorren de arriba abajo para hacer una última inspección y asegurarse de que hoy me he puesto pantalones, cosa que he hecho. Incluso me he afeitado, lo que contribuye considerablemente a que no parezca un sintecho.

—¿Tengo tu aprobación?

Krista tuerce los labios.

—Supongo.

—¿Sabes? —digo, bajando la mirada—, estás toda manchada de harina.

Se apresura a mirarse y suelta un gritito ahogado al ver que su camiseta granate sin mangas está salpicada de harina. Intenta sacudírsela, pero solo consigue esparcirla aún más.

—Déjame ayudarte —digo, y ella no parece nada divertida cuando le acaricio el pecho. Pero, bueno, tampoco es que esas posibles inquilinas vayan a servir de mucho, así que al menos podemos divertirnos un poco.

—¡Blake! —me riñe Krista, aunque está reprimiendo una sonrisa—. Corta el rollo. Van a llegar en cualquier momento.

Y justo entonces suena el timbre.

—Rápido —dice—. Debe de ser Elizabeth. ¿Te encargas de hacerla pasar? Vuelvo en un minuto.

Antes de que yo pueda responder, Krista se marcha corriendo a cambiarse la camiseta en honor a esa mujer que seguramente no volveremos a ver nunca más.

Voy a abrir la puerta, pero no sin antes coger una galleta de chocolate y metérmela entera en la boca.

Ah, no hay nada como una buena galleta casera.

Al abrir la puerta principal, veo en el umbral a una mujer de la edad aproximada de mi madre vestida con túnicas.

Sí, digo bien, «túnicas» en plural. Lleva al menos tres, que yo pueda identificar.

Tiene una larga melena blanca, encrespada por la humedad y cubierta por una especie de sombrero plateado.

No estoy diciendo que lleve un sombrero de papel de aluminio, pero tampoco estoy seguro de que no lo sea.

—Ah, hola —digo.

—¿Drake? —pregunta.

—No, Blake —respondo.

Parece decepcionada.

—Y usted debe de ser Elizabeth —digo.

Ella menea la cabeza.

—No. Es Quill izabeth.

—¿Quil… lizabeth?

—Eso es —contesta ella, como si fuera un nombre corriente que yo debiera conocer.

—Vale —digo—. Bueno, pase, por favor… Quillizabeth.

Quillizabeth baja la mirada al umbral de nuestro hogar y arruga la nariz. Luego mete la mano en una de sus muchas túnicas, saca —hablo en serio— un salero y se pone a esparcir sal generosamente por la entrada.

—Es una cosa importante que debe hacerse —dice con tono de sabiduría— para impedir que entren los malos espíritus en una morada.

—Ajá —respondo. Fantástico. Cuando se vaya, me va a tocar limpiar todo ese montón de sal.

—Lamento tener que hacer esto. —La mujer sigue arrojando sal a su alrededor e incluso musita unas palabras para sí—. Pero yo tiendo a entablar una conexión muy fuerte con el mundo espiritual, sobre todo si no tomo las precauciones adecuadas.

—Ajá —repito. Se me ha metido un trocito de chocolate en una de las muelas de detrás—. Para serle sincero, yo no creo en esas cosas.

Ella se yergue un momento y me mira fijamente, como evaluándome.

—Usted es escorpio, ¿no?

—No lo sé —reconozco.

La mujer me observa como si hubiera reconocido que no sé cuál es mi nombre de pila. Está visto que estos treinta minutos se me van a hacer largos.

Al final, una vez que nuestro umbral está bien sazonado, Quil­lizabeth me sigue hacia el interior de la casa.

Su aguda mirada observa con atención cada detalle, demorándose en las fotos de nosotros dos que hay sobre la repisa de la chimenea, estudiando el sofá marrón oscuro y evaluando la televisión de sesenta y dos pulgadas del rincón de la sala.

A cada nuevo objeto con el que su mirada entra en contacto, ella chasquea la lengua como si hubiéramos cometido algún pecado mortal. De verdad que resulta irritante. Si no fuera porque Krista se pondría furiosa, le diría que se marchara ahora mismo. No me hacen falta estas chorradas.

—Mi novia ha preparado unas galletas —digo al fin.

Quillizabeth observa la bandeja de galletas. Todavía siguen lo bastante calientes como para que las pepitas de chocolate se mantengan ligeramente fundidas. Si Krista no estuviera a punto de entrar en la sala, cogería otra.

—Blake —dice Quillizabeth—, ¿está enterado de que las galletas de azúcar son tóxicas y altamente adictivas? Si hubiera que introducir ahora el azúcar en el mercado, el gobierno no autorizaría su consumo. Viene a ser lo mismo que si se pusiera a lamer la acera de su casa.

¿Acaso no ha visto esta mujer cómo está la acera de aquí delante? Pero, bueno, muy bien. Que no coma ninguna.

—Además —añade—, las galletas están cargadas de grasas saturadas y calorías vacías.

Al decir estas palabras, mira con toda intención mi abdomen. Yo la fulmino con la mirada y me decido a coger otra galleta.

—En fin —prosigue la mujer—, decía en el anuncio que tiene disponible una habitación individual amueblada…, ¿no?

—Sí —le confirmo mientras mordisqueo la galleta—. Pero, en realidad, es posible que ya tengamos a otra persona. Así que…, ya me entiende, no quiero hacerle perder el tiempo.

Quillizabeth se lame un dedo y lo alza en el aire.

—Hay bastante corriente aquí, ¿no?

—Ah, no lo había notado.

—Sabe lo que significa, ¿no? —Tiene una expresión totalmente seria, como si me estuviera explicando los secretos del universo—.

Son todos los antiguos dueños que han vivido en esta casa antes de usted.

Crean una corriente considerable al deambular por aquí.

Una vez que me haya mudado, puedo ayudarle a librarse de ellos con una sencilla ceremonia de canalización.

Así desaparecerá la corriente. —Chasquea los dedos—. En un abrir y cerrar de ojos.

Krista elige este momento para salir de nuestro dormitorio con una camiseta nueva que parece idéntica a la que llevaba antes, pero sin manchas de harina. ¿Por qué a las mujeres les cuesta tanto cambiarse de ropa? Yo podría cambiarme de camisa en cinco segundos, tal vez incluso en menos.

—¿Es Elizabeth? —dice, bajando deprisa por la escalera.

—Quillizabeth —musito.

Cuando Krista desciende los últimos peldaños, Quillizabeth la mira con una minúscula dosis de aprobación, la única que le he visto desde que ha puesto los pies en esta casa.

—¡Querida! —exclama—. ¡Es usted una chica preciosa!

—Gracias —dice ella, ruborizándose. La mujer tiene buen gusto, eso no se lo puedo negar. Krista le tiende la mano.

—Me llamo Krista. Es un placer conocerla, Elizabeth.

—Quillizabeth —dice la mujer.

Se estrechan las manos. Pero, apenas un segundo después de que sus palmas entren en contacto, Quillizabeth aparta bruscamente la suya como si se hubiera quemado. Retrocede tambaleante, con las manos temblorosas.

—Yo… —La voz de Quillizabeth se ha enronquecido de repente—. En realidad, tengo que irme. Esta casa… es demasiado pequeña. No voy a alquilar la habitación, después de todo.

Gracias a Dios. Me parece que voy a comerme otra galleta.

—Muy bien, ha sido un placer conocerla —digo, procurando no sonar demasiado complacido.

Pero Krista frunce el ceño.

—¿Qué sucede? Ni siquiera ha visto la habitación aún.

Quillizabeth vuelve la mirada hacia mí, y veo que hay auténtico temor en sus ojos. Cuando mira de nuevo a Krista, adopta un tono apremiante.

—¿Podría… hablar con usted afuera, querida Krista?

Ella me lanza una mirada, pidiéndome permiso, y yo niego con la cabeza.

—¿Qué es lo que quiere decirme? —pregunta.

Quillizabeth da otro paso atrás.

—Afuera. Por favor.

Sus ojos acuosos están fijos en los de Krista. ¿Qué demonios le pasa a esta mujer? Me arrepiento de haberla hecho pasar siquiera. Debería haberle cerrado la puerta en las narices cuando ha sacado el salero.

—Mire, Quillizabeth —digo—. Tenemos a otra posible inquilina que está a punto de llegar, así que…

—Él la va a matar —suelta la señora de repente—. Blake va a matarla , Krista. Tiene que salir de aquí.