Capítulo 3
L levo sesenta y dos días parado.
No es que los vaya contando.
Ahora estoy volviendo a casa tras una hora de levantar pesas y dos horas corriendo. Me quedan otros dos meses de suscripción en el gimnasio y los estoy explotando al máximo.
Krista me ha insinuado que no es sano hacer tantas horas de ejercicio todos los días, pero… ¿cómo va a ser eso cierto? Vamos a ver, es ejercicio, ni más ni menos. Algo absolutamente sano por definición.
Además, tengo que mantener mi energía para cuando encuentre otro trabajo.
Estoy empapado de sudor cuando entro en casa; llevo la camiseta pegada a la piel.
El mes de agosto en Nueva York es la peor época para salir a correr debido a la humedad sofocante, pero yo lo hago igualmente.
Me gusta comprobar hasta qué punto soy capaz de darme caña a mí mismo.
¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que me caiga muerto?
La verdad es que no podemos permitirnos encender el sistema central de aire acondicionado, pero me alegro de que esté puesto a tope cuando recupero el aliento en la sala de estar.
Me llega a la nariz un olor a canela y el estómago me ruge.
Lo único que he comido hoy es un desayuno energético (tres huevos duros) y estoy muerto de hambre.
Entro en la cocina, donde Krista está sacando del horno una bandeja de galletas. Vuelve la cabeza y sonríe.
—¿Galletas de canela? —pregunto.
Ella asiente mientras deposita la bandeja sobre la encimera, junto al reloj antiguo de metal que compramos en un mercadillo el pasado verano. Las galletas de canela son su especialidad. Esto es lo que hace cuando está contenta, o aburrida, o muy estresada: hornear.
Vale la pena explicar un poco cómo son las galletas de canela de Krista.
Cuando te las metes en la boca, notas que los bordes son crujientes, pero el centro es blando, y que se funden en el acto desprendiendo un sabor que resulta una combinación perfecta de canela, azúcar y mantequilla.
Me las preparó en nuestra primera cita, y esas galletas fueron en parte lo que hizo que me enamorase de ella.
Comprendí que había algo especial de verdad en una mujer capaz de cocinar algo que sabía tan bien.
Aprendió a hacer galletas de su madre, a quien vi una vez cuando vino de visita desde Idaho, y es exactamente el tipo de mujer que supones que preparará unas galletas deliciosas.
Cuando le pedí a Krista que se casara conmigo, me imaginé que algún día haría galletas para nuestros hijos, tal como su madre las hacía para ella.
Esa es la vida que deseo. Junto a ella.
Me dispongo a coger una galleta, pero Krista me aparta la mano de un golpe.
—¡Acabo de sacarlas del horno! ¡Están ardiendo! —me regaña—. Vete a duchar. Cuando termines, ya se habrán enfriado.
No soporta verme sudoroso después de correr, lo cual me parece justo.
—Vale.
Subo al primer piso y me quito la camiseta y los pantalones cortos de gimnasia.
Abro el grifo de la ducha para que el agua salga helada y me sitúo bajo el chorro.
He oído decir que las duchas heladas son para los psicópatas, pero yo me he vuelto adicto a ellas; lo vengo haciendo desde la universidad.
Es una oleada extra de adrenalina cuando he perdido el subidón del ejercicio.
Una vez que estoy limpio y vestido, vuelvo a la planta baja. Ahora el estómago me ruge con más insistencia. Mientras bajo, paso junto a Goldy, que nada muy contenta en su pecera. Le deslizo unas bolitas, aunque Krista dice que la alimento demasiado. No soporto la idea de que pase hambre.
Krista emerge de la cocina con una fuente llena de galletas. Las lleva al sofá y yo la sigo como un perrito ansioso. Coloca la fuente sobre la mesita de centro de cristal y se acomoda en el sofá con una pierna flexionada bajo el cuerpo, como hace siempre. Yo me siento a su lado y cojo una galleta.
Absolutamente increíble, como siempre.
—¿Alguna noticia en el frente laboral? —me pregunta.
Era una tontería pensar que conseguiría otro puesto en marketing de inmediato.
Después de que Wayne dijera pestes de mí por toda la ciudad, era de suponer que nadie estaría deseando contratarme para ningún puesto importante.
El último trabajo al que mandé una solicitud, para el que estaba sobradamente cualificado, tenía un sueldo que era la cuarta parte de lo que cobraba antes del ascenso. Ni siquiera me respondieron.
—Todavía no —digo, procurando no sonar tan abatido como me siento.
Krista capta un deje entrecortado en mi voz y se inclina para envolverme en sus brazos.
—¿Así está bien? —me susurra al oído.
—Nivel ocho —contesto.
Me estrecha con más fuerza. Es una pequeña costumbre que hemos desarrollado entre los dos.
Al principio de nuestra relación, Krista tuvo un día difícil en el trabajo y, cuando nos vimos por la noche y me contó lo mal que lo había pasado, me incliné para abrazarla.
Ella se quejó de que no la estrechaba con la fuerza suficiente, y entonces inventamos una escala de diez puntos para determinar lo fuerte que debía ser el abrazo que necesitábamos, según lo fatal que nos sintiéramos en ese momento.
Sí, lo sé, somos tan cursis que dan ganas de vomitar.
Durante un minuto, permanecemos en ese abrazo, que es de nivel ocho o nueve. Krista suele tener un gran tino para acertar con el nivel exacto que necesito.
Pero, como es natural, el abrazo debe llegar a su fin. Cuando se separa de mí, Krista tiene el ceño fruncido de preocupación.
—Entonces ¿hay dinero suficiente en tu cuenta para el siguiente plazo de la hipoteca? —me pregunta con delicadeza.
Lo hay, pero apenas. Después estoy jodido. No podré seguir pagándola y perderé la casa. Y, aunque esté a mi nombre y no al de Krista, ella también se quedará en la calle. Procuro no pensarlo.
—La cosa está complicada —reconozco.
—Yo podría contribuir más —me dice, aunque me consta que no puede aportar gran cosa.
Krista se encarga de la tintorería que está a unas manzanas de aquí.
Así fue como nos conocimos. Llevé un traje y, en cuanto la vi tras el mostrador, llegué instantáneamente a la conclusión de que no llevaba a lavar mis trajes con la frecuencia suficiente.
Empecé a ir allí dos o tres veces por semana y me gasté una pequeña fortuna en lavado en seco solo para poder hablar unos minutos con ella, mientras recogía un traje y dejaba otro.
No di un paso enseguida porque entonces tenía novia. Había estado saliendo con una chica llamada Gwen, pero la cosa no iba de maravilla y más bien estaba empeorando. Así pues, al día siguiente de terminar con Gwen, me fui directo a la tintorería y le propuse a Krista que saliéramos a cenar.
—Ya encontraré algo —le prometo ahora.
Ella alza una de sus cejas de tono castaño claro.
—¿De verdad?
La miro frunciendo el ceño.
—No voy a estar parado eternamente, Krista. Ya saldrá alguna cosa.
Al final encontraré un empleo —tengo que encontrarlo—, pero no ganaré lo mismo que en mi último trabajo, ni siquiera una tercera parte. Voy a tener que ampliar mi red de contactos.
Maldita sea, todavía no puedo creerlo. Hace sesenta y dos días, estaba en la cresta de la ola. ¿Cómo se ha desmoronado todo tan fácilmente? He llamado a Wayne una docena de veces, pero no me ha devuelto la llamada. Me temo que mis emails van directos a su carpeta de spam.
—Te voy a proponer una cosa —dice Krista, removiéndose en el sofá— y no quiero que te niegues de inmediato.
Ah, fantástico. ¿Qué gran idea se le habrá ocurrido? ¿Querrá que venda un riñón? ¿Cuánto puedes sacar por un riñón hoy en día?
—Vale…
—Creo que deberíamos encontrar un inquilino hasta que vuelvas a recuperarte.
Me la quedo mirando. ¿Habla en serio?
—No. Ni hablar. No pienso vivir con un desconocido.
—¿Por qué no?
La idea de vender un riñón empieza a parecerme mejor, aunque tal vez no saque un gran precio teniendo en cuenta todo el alcohol que he consumido durante la última década.
—Porque no soy un universitario de veinte años.
Krista arruga la nariz.
—Yo tenía una compañera de piso antes de que empezáramos a vivir juntos, ¿sabes?
—¡Y la odiabas!
Su compañera de piso era directora de una guardería durante el día y cantante amateur por las noches.
Cuando yo iba a ver a Krista a su diminuto apartamento de dos habitaciones cerca de Inwood Hill Park, su compañera se ponía a cantar mientras se duchaba o cocinaba, y a veces, así sin más, en mitad de una frase.
—Bueno, buscaremos a alguien más normal —dice Krista.
—¿En Manhattan? —refunfuño—. Aquí no hay nadie normal. No encontrarás a ninguna persona normal.
Ella se ríe y me coge la mano, que tengo llena de migas de galleta.
—Pues yo te encontré a ti —señala.
Sin comentarios.
Krista se me acerca más en el sofá, apoyando la cabeza en mi hombro.
Me sacudo el resto de las migas de mi camiseta y luego le paso el brazo alrededor de los hombros para atraerla hacia mí.
¿Qué es lo que se pone en el pelo para que le quede tan suave?
Ese champú para chicas que usa debe de tener algún ingrediente secreto, porque el efecto es realmente increíble.
—No sé qué hacer, Blake —murmura junto a mi cuello—. Ya sé que acabarás encontrando algo, pero… estoy preocupada.
Los dos lo estamos, cariño.
—Quizá… —Alza la mano izquierda, donde el diamante de su anillo de compromiso destella bajo las luces del techo—. Quizá debería vender el anillo. Así ganaríamos tiempo.
Inspiro hondo. No. No quiero que lo venda.
O sea, sí, ganaríamos un par de meses de respiro, pero no me importa.
Mi padre, con su precaria ferretería —heredada de mi abuelo—, le compró a mi madre un anillo de compromiso con un diamante falso que, además, era bochornosamente diminuto.
Yo me sentía muy orgulloso de haberle comprado a Krista un diamante que no solo era auténtico, sino que sería la envidia de todas sus amigas.
Si hiciera que vendiese ese anillo para mantenernos a flote…
No. No voy a dejar que lo haga.
Juré que siempre cuidaría de Krista, en la salud y en la enfermedad. Bueno, mejor dicho, lo juraré cuando nos casemos. Y, si no encuentro un modo de salir de esta situación, eso nunca llegará a suceder. No se casará conmigo si hago que los dos nos quedemos sin techo.
—De acuerdo —digo—. Busquemos un inquilino.