Capítulo 2
W ayne Vincent ha sido mi jefe durante la última década, desde que me gradué en la Universidad de Nueva York.
Fue él quien me contrató. Todo lo que sé de marketing se lo debo a Wayne.
Él me enseñó a desarrollar una campaña. Me enseñó a preparar un presupuesto.
Me enseñó a analizar la competencia y el mercado.
Desde que lo conozco, ha pasado por dos esposas y ganado y perdido veinte kilos, y juntos hemos consumido el equivalente a un camión cargado de alcohol.
Y ahora mismo parece muy cabreado.
Está sentado detrás de su escritorio de caoba —un cincuenta por ciento más grande que el mío— y me mira ceñudo cuando entro en el despacho. Al ver que vacilo en el umbral, me señala con un solo dedo la silla que hay frente al escritorio y ladra:
—Siéntate.
No sé a qué vendrá esto. Llevo una semana en este puesto y lo estoy haciendo bien. Mejor dicho, genial. Así que, sea lo que sea, tiene que ser una tontería. Los pelos de la nuca se me erizan de modo preventivo.
Pero, aunque él esté equivocado, sigue siendo mi jefe, así que me dejo caer en el cojín de la silla que tiene delante.
—¿Todo bien, Wayne?
Cruza sus brazos rollizos sobre ese pecho abultado que solo queda parcialmente oculto por el traje carísimo que lleva puesto.
—Dímelo tú, Porter.
Me ha llamado por el apellido. Nunca lo hace.
—Estoy al día con la campaña Clemente —contesto—. Tendré las gráficas el viernes. El jueves, si es necesario. —Puedo tenerlas un día antes. ¿A quién le hace falta dormir?
Entonces Wayne dice algo que me desconcierta:
—Le has mostrado la campaña Henderson a la competencia.
—Eh… ¿Qué?
Debajo de la línea en retroceso del pelo, el cuero cabelludo se le pone rosado.
—Has revelado nuestra campaña, toda la campaña, a nuestros competidores. Has dejado que nos la robaran, maldito cretino vendesecretos.
¿Cómo? Me quedo boquiabierto.
—No sé de qué estás hablando.
—Me consta que lo has hecho, Blake. —Aprieta la mandíbula—. Lo único que quiero saber es quién era tu contacto y cuánto te han pagado.
—Wayne…
—¿ Cuánto , Porter?
—Wayne. —Un malentendido, solo es eso. Carraspeo—. Te juro que yo jamás…
—Chorradas. —Una gotita de su saliva me da en la cara cuando pronuncia esa palabra—. Estás despedido, Porter. Recoge tus cosas y sal de aquí.
¿Qué?
—¡Wayne! —Me levanto de un salto con el corazón martilleándome en el pecho—. No puedes creer que yo le haría algo así a la empresa…, que te haría esto a ti. No sé por qué piensas que yo…
—He dicho que salgas de aquí.
Deduzco por su mueca despectiva que esto no es una especie de broma pesada. Nadie va a salir del armario con un pastel sorpresa para felicitarme por mi ascenso. Lo dice muy en serio. Quiere que me largue. Después de una década de servicio leal, estoy despedido . Así como suena.
Un sudor frío aparece bajo mis axilas.
—¿Podemos hablarlo, por favor?
—Sal. De. Aquí. —Levanta el auricular de su teléfono con una mano y, con la otra, marca furioso unos dígitos en el teclado—. Estoy llamando a seguridad para que te escolten fuera del edificio.
Esto está sucediendo de verdad. No solo he perdido mi ascenso, sino también mi trabajo . ¿Qué demonios está pasando? Tiene que ser un malentendido de algún tipo.
—Está bien. —Alzo las manos—. Me voy, pero… quizá podamos hablarlo más tarde.
La expresión de Wayne indica que no volveremos a hablarlo nunca más.
—Lárgate. Y, después de lo que has hecho, olvídate de la indemnización. Que no se te ocurra siquiera solicitar el seguro de desempleo. Te demandaré por este robo, pedazo de mierda.
Solo puedo menear la cabeza; no encuentro las palabras adecuadas para responder.
Aunque son las seis de la tarde, casi todo el mundo está en la oficina, y todos acaban de oír lo que ha ocurrido, palabra por palabra. Paso al salir junto al escritorio de Stacie y ella evita mirarme de nuevo.
—Stacie —digo.
—Lo siento, Blake —musita, sin levantar la vista de la pantalla de su ordenador—. No puedo hacer nada.
Vale, o sea que así está la cosa. Bueno, que se vayan todos al infierno. Encontraré un trabajo diez veces mejor que este.
Hago el paseo de la vergüenza hasta mi despacho mientras mis compañeros cuchichean sobre mí a un par de metros. Chad Pickering será el que más se alegre. Él creía que el puesto de vicepresidente era suyo antes de que lo consiguiera yo. Pero no será el único en celebrarlo.
¿Qué puedo decir? Si quieres progresar, tienes que hacerte unos cuantos enemigos.
Cuando vuelvo al despacho, a mi despacho, caigo en la cuenta de que son muy pocas las cosas que podré llevarme.
La fotografía enmarcada de Krista. La pluma que mi abuelo me compró como regalo de graduación, porque se sentía orgullosísimo de que yo fuera el primer miembro de nuestra familia en terminar la universidad.
Y seguro que puedo llevarme la placa de identificación que dice: BLAKE PORTER, VICEPRESIDENTE. A nadie va a servirle de nada aquí.
Sin pensarlo dos veces, cojo esa placa del escritorio y la arrojo contra la pared con tal fuerza que hace una muesca en la pintura.
La placa cae al suelo, partida en dos. Toda la oficina se ha quedado en completo silencio, mirando mi numerito.
Muy bien, que miren. Al menos no me he roto la mano dando un puñetazo a la pared como el idiota de Craig Silverton cuando perdió la cuenta Roberts.
Me acerco a la ventana para echar un último vistazo. Apoyo la cabeza contra el frío cristal sin que me importe ya dejar una marca.
Y por primera vez comprendo a mi predecesor. Porque no me importaría que este cristal se rompiera y me mandara en picado a encontrar la muerte cien metros más abajo.