La inquilina
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Capítulo 1
H ace seis meses, alguien se plantó en este mismo sitio —en el piso veinticinco del rascacielos donde se encuentra Coble ni siquiera hemos disfrutado de una cena de compromiso. Krista se merece mucho más que esto.
—Nada de comida para llevar esta noche —digo—. Saldré más temprano.
—¿De verdad?
El hecho de que parezca asombrada me conmueve.
—Sí. Y voy a llevarte a cenar fuera.
—Blake —dice ella suavemente—. No hace falta. Si tienes que trabajar, lo comprenderé…
—Tú eres más importante. —Hablo con firmeza, con ese tono ante el que la gente no puede negarse—. Vamos a salir a cenar, y en un sitio bonito de verdad, así que resérvate el apetito. Llegaré a casa a las siete y media.
Ella parece contentísima. Y todo este montón de trabajo seguirá aquí mañana. Además, tengo un portátil con el que puedo trabajar cuando ella se haya ido a dormir.
Me encanta la convivencia con Krista. Cuando yo tenía veinticinco años, la idea de vivir con una mujer me habría parecido impensable, pero la verdad es que ha sido fantástico.
Nos ha ido tan bien que incluso decidimos buscar una mascota, lo que ambos consideramos tácitamente un ensayo para cuando tengamos un hijo juntos.
Pensamos en un gato o un perro, pero no podíamos asumir tanta responsabilidad, así que acabamos optando por un pececito dorado.
Se llama Goldy. Sí, ya sé que los peces dorados no son demasiado mimosos, pero yo ya le tengo apego.
De todos modos, debo encontrar un equilibrio entre mi trabajo y mi vida privada.
Necesitaba este ascenso para que Krista y yo tuviéramos la vida que queremos…
, la vida que ella se merece y que confío que sea mejor que la que tuvo mi madre.
Lo necesitaba para poder pagar la casa, porque la hipoteca estaba comiéndose todo mi sueldo.
Yo salí de la nada más absoluta, y lo odiaba.
Mi padre era dueño de una pequeña ferretería y siempre tuvo que luchar para mantenerla a flote, así que por mi parte he dado los pasos necesarios para que mi propia vida sea diferente.
No quiero andar preocupándome nunca porque en casa hay demasiadas luces encendidas.
Me guardo el teléfono en el bolsillo de mis impecables pantalones a medida.
Remataré unas pocas cosas aquí y luego me largaré.
Pero, antes de volver a mi escritorio, echo una última mirada por la ventana panorámica.
Puedo ver vagamente mi reflejo en el cristal.
Soy un tipo más bien alto, de casi metro ochenta, con el pelo castaño, que siempre llevo muy corto porque tiene una irritante tendencia a rizarse, la barbilla levemente partida y unos ojos de color castaño oscuro que están un poquito demasiado juntos, aunque han sido calificados de «intensos», lo que me tomo como un cumplido.
—¿Blake?
Aparto la mirada de la ventana. La secretaria de mi jefe, Stacie, está en el umbral de mi despacho, con el puño alzado para dar un golpe en el marco de la puerta abierta y llamar mi atención. Y desde luego consigue llamar mi atención con esa falda… Sí, maldita sea, vaya si lo consigue.
—Ey —digo—. ¿Qué hay, Stacie?
—Wayne quiere hablar contigo.
Vuelvo a mirar mi reloj. Es muy tarde para una reunión.
—¿Ahora?
—Ahora mismo, ha dicho.
No me mira a los ojos como suele hacer. Tiene la vista clavada en la alfombra oriental del suelo, que parece lo más interesante que ha visto en su vida, y yo pienso: «Qué raro».
—De acuerdo. Voy para allá.
Mientras me aparto de la ventana y sigo a Stacie fuera del despacho, no se me ocurre siquiera que en los próximos cinco minutos mi vida entera va a irse al garete.