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Capítulo 28. La casa de nadie #2

Elena miró sus propias manos sobre la mesa.

Ya no necesitaba saber si Bárbara había entrado por la mañana o por la tarde, si había usado una llave antigua o la copia retirada por el cerrajero.

Esas preguntas importaban a la investigación.

Para comprender lo que le había sucedido, bastaba con otra certeza: los correos no venían de Inés.

Alguien que conocía sus asuntos había elegido qué descubriría Elena y en qué orden.

—Entonces fue Bárbara quien estuvo escribiéndome —dijo.

Lucía sostuvo la mirada.

—Los indicios reunidos atribuyen el manejo de esa cuenta a Bárbara Cano de forma muy consistente.

Es una conclusión de investigación respaldada por comprobaciones técnicas.

La valoración definitiva corresponde al procedimiento, pero no estamos ante una simple sospecha basada en que ella tenía las llaves.

Lidia se inclinó hacia delante.

—¿Por qué quería que Elena sospechara de Gabriel?

La abogada cerró la carpeta un momento.

—No tenemos una declaración de Bárbara que permita conocer con certeza su propósito.

Los mensajes la dirigían sucesivamente hacia el alquiler oculto, una supuesta relación íntima y un informe de seguridad irregular.

Es razonable investigar si pretendía que Gabriel quedara desacreditado y que ambos se ocuparan de sus conflictos en lugar de revisar las cuentas de Umbral.

Pero esa finalidad sigue siendo una interpretación apoyada en la secuencia, no un hecho confesado.

Elena pensó en el mensaje que recibió en casa de Marta: «Contigo está haciendo lo mismo: dejarte con las consecuencias».

Había llegado justo cuando necesitaba distancia de Gabriel.

No pudo impedir la mentira del alquiler ni la firma del informe, que eran reales.

Sí había logrado que Elena mirara durante días en la dirección elegida por quien le escribía.

—¿Y lo de la caída? —preguntó Lidia.

—La investigación mantiene indicios contra Bárbara por su intervención en la muerte de Inés.

El testimonio del trabajador, el mensaje enviado aquella tarde y los registros de acceso se están contrastando con la documentación de la obra y los informes periciales.

Bárbara ha sido llamada a declarar como investigada y ha contado con asistencia letrada.

No ha reconocido los hechos que se le atribuyen.

Lidia tragó saliva.

—¿Van a juzgarla?

—Todavía hay diligencias pendientes. Ni vosotras ni yo podemos adelantar una resolución. Se ha dejado de tratar la muerte como una caída sin intervención de terceros, y eso es un cambio fundamental. El procedimiento tendrá que determinar las responsabilidades con las garantías que corresponden.

Elena se volvió hacia Lidia. Su amiga tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no parecía sorprendida. Era como si llevara meses preparándose para escuchar un nombre y aun así le doliera saberlo.

—¿Quieres salir un momento? —le preguntó.

Lidia negó con la cabeza.

—No. Quiero escuchar lo que queda.

***

Cuando salieron del despacho, el cielo estaba claro y hacía frío. Se sentaron en un banco de la plaza, al sol, mientras los coches avanzaban despacio por una calle estrecha.

—Lo que más rabia me da —dijo Lidia— es que Bárbara sabía cómo era Inés. Sabía que se iba a empeñar en entender las facturas. Y después de su muerte siguió hablando con nosotros como si la hubiera querido.

Elena se quedó a su lado. No había una frase que pudiera corregir aquello.

—Me dijo que había ordenado sus papeles para ahorrarnos molestias —continuó Lidia—. Le di las gracias.

—No podías saber lo que ocurrió en el Alfar.

—Eso ya lo sé. Pero no consigo dejar de pensar en cuántas cosas le agradecí a una persona que estaba allí cuando cayó.

Elena recordó la cortesía con la que Bárbara entregó las llaves el día de la mudanza y la facilidad con que ofrecía soluciones. Había dependido de ella para entender los trámites de la casa. Esa dependencia le había parecido cómoda hasta que empezó a comprobar los documentos por su cuenta.

—Hay una cosa que me gustaría decirte —dijo Elena—. Inés no dejó aquellas copias para que yo resolviera su muerte. No sabía que iba a venir a vivir allí. Las guardó porque necesitaba defender su trabajo y conservar lo que encontraba. Tuvimos suerte de que siguieran en el recetario.

Lidia se limpió una mejilla con el borde de la bufanda.

—A ella le habría gustado eso. Que no la convirtiéramos en alguien que iba dejando mensajes misteriosos. Odiaba los acertijos cuando la respuesta dependía de adivinar lo que pensaba otro.

Elena sonrió.

—Entonces seguramente le habría caído fatal la cuenta de correo.

Lidia soltó una risa breve. No duró mucho, pero fue suficiente para que Elena reconociera a la mujer con la que había tomado café en la plaza de los Olmos meses atrás, cuando aún no sabían si podrían confiar la una en la otra.

Hablaron después de cosas prácticas. Lidia tenía que explicarle a su padre qué conclusiones podían trasladarse y cuáles continuaban pendientes.

Lucía los ayudaría a preparar esa conversación.

Elena se ofreció a llevarlos si necesitaban acudir otra vez al despacho, pero Lidia dijo que podía organizarse.

—No tienes que seguir haciéndote cargo de todo esto —añadió.

—No me estoy haciendo cargo de todo.

—Ya lo sé. Solo quiero que no creas que nos debes algo por haber vivido en aquella casa.

Elena miró a una niña que intentaba subir a un banco y a su padre, que esperaba a su lado sin ayudarla hasta que ella se lo pidió.

—Yo también necesito terminar de salir de allí —respondió.

***

Gabriel escuchó lo que Elena decidió contarle sin interrumpirla. Se habían citado en la cafetería junto a la estación, la misma donde él reconoció haber firmado el informe del Alfar dos días después de la muerte de Inés.

Hacía semanas que no hablaban a solas durante tanto tiempo. Gabriel había adelgazado un poco. Llevaba otra camisa, pero seguía doblando la servilleta por la mitad antes de tocar el café.

—Entonces los correos salían de un equipo de Umbral —dijo cuando Elena terminó.

—De una cuenta cuyas sesiones y datos de recuperación se han relacionado con Bárbara. Hay comprobaciones técnicas detrás. No es solo que supiera dónde estaba el bloc.

Gabriel dejó la servilleta.

—Me usó para que pareciera que yo había hecho algo a Inés.

—Utilizó cosas que tú habías hecho de verdad. Eso es lo que hizo funcionar los mensajes.

Él bajó la vista.

—Lo sé.

Elena no había ido a castigarlo. Necesitaba que esa diferencia no se perdiera precisamente ahora, cuando resultaba fácil presentar a Gabriel como una víctima más de Bárbara.

—No tuviste una relación con Inés, por lo que sabemos. No hay indicios que te sitúen en la escalera cuando cayó. Pero le ocultaste a tu mujer que aquella mujer vivía en vuestra casa, cobraste por ello y después firmaste un informe falso. Nadie tuvo que inventar esas decisiones por ti.

—No.

—Y yo no puedo regresar a como estábamos antes de descubrirlo todo.

Gabriel levantó la mirada. Por primera vez en semanas no pareció buscar una objeción.

—¿Quieres que nos separemos? —preguntó.

Elena había ensayado la respuesta caminando hasta allí. Había imaginado que lloraría, que necesitaría justificarla con una lista de agravios o que Gabriel le pediría intentarlo una última vez. En cambio, sintió una tristeza tranquila.

—Sí. Quiero que organicemos la separación. He encontrado un piso de alquiler. Me mudaré el mes que viene, si todo va bien con el contrato.

Él asintió lentamente.

—¿Es definitivo?

—La decisión de no volver a vivir juntos, sí. Lo demás tendremos que hablarlo y hacerlo de una forma justa.

—Te quiero, Elena.

—Yo también te he querido. Y una parte de mí sigue haciéndolo. Pero eso ya no me basta para vivir contigo.

Gabriel tomó el café, que se había quedado frío. No intentó decir que todo había sucedido por culpa de Bárbara. Elena se lo agradeció más que cualquier promesa de empezar de nuevo.