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Capítulo 28. La casa de nadie

La primera vez que Elena volvió a entrar sola en la casa después de cambiar el segundo cilindro, no buscó nada.

Era un sábado de finales de noviembre. Gabriel había ido a ayudar a su madre con unas cajas y le había dicho que podía recoger lo que quisiera sin tener que organizar la visita alrededor de sus horarios. Elena dejó la bolsa en el recibidor, se quitó el abrigo y caminó hasta la cocina.

Había un vaso boca abajo junto al fregadero y una lista de la compra pegada a la nevera con un imán.

En ella, Gabriel había escrito café, detergente y mandarinas.

Elena se detuvo ante la última palabra. Compraban mandarinas todos los inviernos; él siempre decía que las mejores eran las más feas y ella se burlaba de su manera de elegirlas una a una.

Durante un momento sintió ganas de llamarlo para contarle que aún quedaban dos en el frutero.

No lo hizo.

Había ido a buscar una caja de libros, algunas fotografías y un abrigo que necesitaba para trabajar.

Era la primera vez que recogía sus pertenencias sin pensar que quizá las devolvería al armario antes de terminar la semana.

No había tomado todavía una decisión definitiva sobre su matrimonio.

Sin embargo, después de lo que Lucía Rey había explicado a Lidia, le resultaba cada vez más difícil tratar la separación como unas vacaciones forzosas.

Subió al dormitorio y abrió el cajón donde guardaba los papeles de su familia.

Allí estaba la fotografía de su abuela, que había sobrevivido a cuatro mudanzas dentro de un sobre demasiado grande.

La sacó y la puso en la bolsa. También encontró un billete de tren de un viaje que Gabriel y ella hicieron cuando acababan de conocerse.

En el reverso, él había escrito el nombre de una cafetería de la costa, seguro de que volverían al verano siguiente.

Elena lo sostuvo entre los dedos. No necesitaba romperlo para admitir que aquella época había existido. Lo devolvió a la caja de recuerdos compartidos y cerró el cajón.

En el pasillo seguía apoyado contra la pared el cuadro donde habían encontrado la carta falsa.

Lo levantó para dejar paso a la caja de libros y vio el hueco de la pared que cubría desde hacía años.

Podía volver a colgarlo. También podía quedarse allí hasta que alguien decidiera qué hacer con él. Ya no le importaba tanto.

Antes de salir, comprobó que llevaba su nuevo juego de llaves. Esta vez sabía exactamente cuántas existían y quién las tenía. Cerró la puerta y bajó los escalones sin mirar atrás.

***

Las diligencias avanzaron de una manera menos visible de lo que Elena había imaginado.

Durante diciembre apenas recibió noticias.

Lidia le contó que se habían solicitado los registros de Umbral relacionados con el Alfar y que Lucía había podido consultar nuevos documentos incorporados a la causa.

Gabriel acudió a ampliar su declaración sobre el informe de seguridad y entregó la copia local del correo de agosto de 2025 para que se comprobara su autenticidad.

Las cuentas de la empresa se estaban revisando, pero nadie había comunicado todavía el resultado completo de esa revisión.

Bárbara no les volvió a escribir personalmente.

La reclamación de la vivienda pasó a una dirección genérica de administración.

El abono de los 762,30 euros llegó a la cuenta de Gabriel a mediados de diciembre con una referencia escueta: «Rectificación A-611».

No hubo compensación extraordinaria ni acuerdo privado.

Él envió el justificante a Elena y ella lo guardó junto al resto, sin interpretar el ingreso como el final de todos los asuntos.

En Navidad, Marta viajó unos días para ver a su familia.

Elena se quedó en el piso y trabajó las mañanas que le correspondían.

Pasó la Nochebuena con una prima y el día siguiente llamó a su madre.

La conversación fue normal hasta que le preguntaron si Gabriel iría a comer con ellas por Reyes.

Elena explicó que seguían viviendo separados.

—Pensábamos que era una mala racha —dijo su madre.

—Yo también lo pensé al principio.

No añadió nada más. No quería explicar su matrimonio a través de una muerte que ninguna de las dos mujeres había presenciado. Había problemas que pertenecían a la investigación y otros que eran de ella, aunque se hubieran descubierto al mismo tiempo.

A principios de enero empezó a buscar un piso pequeño cerca del trabajo.

No podía comprarlo ni pretendía hacerlo.

Calculó cuánto podía pagar de alquiler después de descontar suministros, transporte y comida.

Visitó tres viviendas. Una era oscura, otra tenía una humedad visible bajo la ventana del salón.

La tercera disponía de una cocina estrecha y un dormitorio con luz por la mañana.

El propietario aceptaba un contrato ordinario y no le pidió que explicara por qué quería vivir sola.

Elena salió de aquella visita con el teléfono del agente apuntado en una libreta y una sensación que le costó reconocer. No era entusiasmo. Era la posibilidad de decidir sobre algo que no estaba relacionado con Inés, Bárbara ni Gabriel.

***

La llamada de Lidia llegó un jueves de enero, cuando Elena estaba comparando presupuestos de mudanza.

—Lucía quiere vernos mañana —dijo—. Hay resultados sobre los correos que recibiste. Esta vez los han contrastado con los dispositivos de Umbral.

Elena dejó el bolígrafo.

—¿Saben quién los envió?

—Dice que los indicios son muy sólidos, pero prefiere explicarlo con la documentación delante. Yo tampoco quiero adelantarte algo que luego no sea exactamente así.

Era una manera de hablar que Elena le había oído aprender durante los últimos meses. Al principio Lidia había necesitado que cada nueva pista fuera una respuesta. Ahora prefería saber qué estaba confirmado, aunque eso significara seguir esperando.

Quedaron en el despacho de Lucía a las diez.

La abogada tenía preparada una carpeta más delgada que la de noviembre. No contenía planos ni fotografías del Alfar, sino un resumen de actuaciones relativas a la cuenta de correo que había suplantado la identidad de Inés.

—La investigación sobre la muerte continúa —advirtió antes de empezar—.

Lo que voy a explicaros hoy corresponde a una parte de las diligencias de acceso y manipulación de documentos.

Tengo autorización para trasladaros estas conclusiones y consultar determinados extremos, pero no puedo entregaros una copia indiscriminada de los datos examinados.

Elena asintió.

—Lo que importa es que no tengáis que fiaros de una afirmación sin soporte —continuó Lucía—.

Los mensajes originales que conservaste permitieron solicitar información técnica a su proveedor.

Se identificaron conexiones utilizadas para acceder a esa cuenta, y después se contrastaron con los registros de la red y los equipos de Umbral que fueron obtenidos mediante autorización judicial.

Lidia miró a Elena.

—¿La crearon allí?

—La cuenta fue utilizada desde una conexión de la oficina en varias ocasiones.

Eso, por sí solo, no identifica a una persona: podía emplearla cualquiera con acceso a la red.

El dato relevante es que se localizaron sesiones autenticadas de esa misma cuenta en el perfil de usuario de un ordenador asignado a Bárbara Cano.

Los registros de actividad de ese equipo coinciden con el envío de varios mensajes que recibió Elena.

Elena recordó la primera línea que leyó el lunes 5 de octubre: «Yo viví ahí antes que tú». Durante semanas había pensado en ella como en la voz de una mujer que alguien intentaba hacer regresar del pasado. Ahora la imaginaba saliendo de una oficina, entre facturas y partes de obra.

—¿Podría haber utilizado otra persona ese ordenador? —preguntó.

—Es una posibilidad que debe valorarse. Por eso no se trata de una única conexión.

La cuenta tenía además configurado un teléfono de recuperación correspondiente a una línea de trabajo asignada a Bárbara, según la documentación de la empresa.

Y en el equipo se conservaba el archivo de imagen utilizado para enviar el informe de seguridad, con las mismas características que el adjunto recibido por Elena.

Son indicios independientes que apuntan a la misma usuaria.

No había una filmación de Bárbara pulsando «enviar». No hacía falta que la hubiera para que la atribución dejara de depender de impresiones. La policía había reunido registros de acceso, un teléfono vinculado a la cuenta y un archivo utilizado en uno de los mensajes.

—¿Y la carta? —preguntó Lidia.

Lucía pasó a otra página.

—El examen del papel ha confirmado que la hoja procede del bloc que se entregó a la casa el dos de octubre.

La correspondencia de los bordes y las marcas de presión del encabezamiento son compatibles con una hoja que todavía formaba parte de ese cuadernillo cuando se escribió la fecha de entrega.

Por tanto, la carta no pudo ser escrita por Inés antes de morir.

Se están estudiando también sus características gráficas, pero no voy a atribuir la letra a una persona determinada antes de que se complete esa comparación.

Elena se sintió extrañamente aliviada de que Lucía no intentara cerrar todos los detalles con una sola frase.

—La cuenta que indicó dónde estaba la carta es la que se utilizó desde el equipo de Bárbara —dijo.

—Sí. Y quien envió la indicación conocía el escondite con precisión.

La procedencia del papel, el acceso documentado a la vivienda y los indicios digitales permiten investigar esa preparación como una actuación deliberada, no como una carta antigua encontrada por casualidad.

Falta reconstruir el momento exacto en que se colocó detrás del cuadro.

La llave de servicio no demuestra por sí sola que se utilizara para hacerlo.