Capítulo 27. La caída #3
—¿Y el informe de Gabriel?
—Sirvió para dejar por escrito una revisión que no ocurrió.
Bárbara lo pidió cuando Inés ya había muerto.
Podía ayudar a cerrar el expediente de la obra y evitar preguntas por las condiciones de seguridad.
No sabemos si con eso pretendía ocultar el empujón o proteger a Umbral de otras responsabilidades. Eso tendrán que investigarlo.
Lidia dejó la taza.
—Entonces él no tuvo nada que ver con lo que pasó en la escalera.
—No hay nada que lo sitúe allí ese día. Ha reconocido lo que hizo después. Eso es grave por sí mismo, pero no es lo mismo que haber causado la caída.
Elena notó que al decirlo no estaba defendiendo a su marido. Estaba describiendo la diferencia que había intentado mantener durante toda la investigación.
—Me preocupa mi padre —dijo Lidia—. No sé cómo contárselo.
—Puedes hablar primero con Lucía y decidir qué parte es prudente explicarle. No tienes que hacerlo esta misma tarde.
Lidia sacó el teléfono y miró la fotografía que llevaba meses utilizando como fondo de pantalla. Inés aparecía de espaldas en una playa, levantando los brazos para sujetarse el pelo mientras el viento le llevaba el vestido hacia un lado.
—Era bastante pesada con las cosas injustas —dijo Lidia—. Si en una tienda le cobraban dos veces una bolsa, no se iba hasta que lo arreglaran. Yo me desesperaba.
—Eso lo creo.
—La última vez que discutimos fue porque quería que dejara de pelearse por el trabajo. Le dije que no iba a arreglar ella sola todas las cuentas de la empresa.
Elena pensó en la anotación del recetario: «Pedir soporte del segundo cargo». Era el gesto de alguien que quería hacer bien su trabajo y conservar una explicación verificable. Nada heroico. Nada que justificara lo ocurrido después.
—No tenía por qué arreglarlas sola —dijo—. Y tampoco tenía por qué morir por preguntar.
Lidia asintió. Bebió un sorbo de té por primera vez.
***
Elena regresó a casa de Marta al anochecer. Había dejado el coche en un aparcamiento y caminado las últimas calles bajo una llovizna fina. Marta estaba haciendo una tortilla francesa y le ofreció cenar sin preguntarle nada. Esperó hasta que estuvieron sentadas.
Elena le contó lo esencial. Habló del trabajador, del mensaje que había enviado el día de la caída, de las dos mujeres en el descansillo.
No reprodujo cada frase de la declaración.
La información pertenecía a unas actuaciones abiertas y no quería convertir la muerte de Inés en un relato que pudiera repetir a cualquiera.
Marta apartó el tenedor.
—Así que no fue un accidente.
—Hay un testigo que dice que Bárbara la empujó. Y un mensaje suyo de aquella misma tarde que coincide con lo que cuenta ahora. Lo están comprobando. Para Lidia es la primera explicación que no depende de una suposición.
—¿Y tú cómo estás?
Elena iba a responder que estaba bien, pero no consiguió decirlo.
—Pensaba que, si alguna vez sabíamos qué pasó, todo lo anterior iba a colocarse en su sitio. Gabriel, la casa, los mensajes. Y no. Solo entiendo mejor lo que le hicieron a Inés.
Marta se levantó para servirles agua.
—Eso ya es mucho. Lo demás no tiene por qué ordenarse hoy.
Elena tenía un mensaje de Gabriel preguntando si podía aportar algo más sobre el informe. Contestó que hablarían al día siguiente.
No quiso llevarle las conclusiones de Lidia como quien entrega una absolución.
Gabriel había cooperado en la investigación y su declaración había ayudado a desmentir el informe.
Seguía habiendo firmado una comprobación falsa y ocultado el alquiler de una mujer a su esposa.
Las consecuencias personales no desaparecerían porque otra persona hubiese causado la muerte.
Antes de acostarse, Elena abrió su libreta por la página donde había escrito, semanas atrás, «Lo que puedo comprobar» y «Lo que me quieren hacer creer».
Los primeros correos anónimos, el llavero y la carta habían intentado dirigirla hacia Gabriel.
En cambio, las facturas, las respuestas del proveedor y la declaración sobre el Alfar habían ido señalando otra dirección.
Bárbara había recibido una llave de servicio y el papel de la carta falsa procedía del bloc que ella entregó. Esos hechos podían comprobarse con los mensajes y los documentos originales. La autoría de los correos seguía siendo una pregunta pendiente, no una conclusión.
Cerró la libreta.
Al día siguiente hablaría con Gabriel de lo que pudiera contarle y preguntaría a Lidia si necesitaba ayuda para acompañar a su padre.
Después tendrían que decidir qué hacer con la casa, con las pertenencias y con el matrimonio que había quedado suspendido entre habitaciones prestadas y conversaciones aplazadas.
En Vega Alta, la escalera del Alfar seguía en el mismo edificio donde habían hecho una reforma. Ninguna fotografía podía devolver el instante anterior al empujón. Pero había dejado de ser solamente el lugar donde una mujer perdió pie, tal como alguien quiso que constara.
Ahora existía una declaración sobre la mano que la hizo caer.