La inquilina anterior (Las casas de nadie 1) Capítulo 27. La caída #2
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Capítulo 27. La caída #2

—¿Cómo saben que no está inventándolo ahora? —preguntó, sin dejar de mirar el dibujo.

—No lo dan por acreditado solo porque lo diga.

Hay elementos que permiten comprobar partes de su relato.

Uno es un mensaje que envió a su pareja la tarde de los hechos, después de llamar a emergencias.

Escribió que había visto a la mujer de Umbral empujar a Inés.

Ese mensaje no se presentó en la investigación inicial.

Ahora ha puesto el teléfono a disposición para su análisis; no basta con una captura.

Lucía dejó ver el texto transcrito en el documento al que tenía acceso la representación de la familia. No era una descripción larga. Decía: «La de Umbral ha empujado a la chica en la escalera. He llamado al 112. No sé qué hacer».

Lidia lo leyó. Elena vio cómo movía los labios sin emitir sonido.

—¿A qué hora? —preguntó Elena.

—A las cinco y treinta y dos. El aviso al 112 figura unos minutos antes. El registro de entrada de la obra y el horario de la contrata se están cotejando con esa secuencia.

—¿Y qué declaró Bárbara en su momento? —preguntó Lidia.

Lucía cambió de hoja.

—En las diligencias iniciales dijo que había llegado al descansillo al oír un ruido, después de que Inés perdiera el equilibrio. Afirmó que no presenció el inicio de la caída. Si el nuevo testimonio se confirma, ambas versiones son incompatibles.

Lidia se levantó de golpe. Dio dos pasos hasta la ventana, donde había una planta con las hojas cubiertas de polvo. Elena no fue detrás. Dejó que mirara la calle.

—Ella me llamó para darme el pésame —dijo Lidia al cabo de un rato—. Me ayudó a recoger las cosas de la oficina. Me dijo que todos estaban muy afectados.

—Hay algo más que conviene saber —dijo—.

El nuevo examen de la documentación médica no demuestra por sí solo que hubiera un empujón.

Las lesiones de la caída son compatibles con más de una mecánica.

Pero consta una contusión en la parte superior de un brazo que puede corresponder a una sujeción previa.

Es un dato de apoyo, no una prueba independiente de lo ocurrido. Tendrá que valorarse con el resto.

—¿Se sabe si hubo un defecto en la escalera? —preguntó.

—Se ha solicitado la documentación técnica original de la obra y se revisan las fotografías de la intervención.

No hay una base suficiente para afirmar que un desperfecto causó la pérdida de equilibrio.

Y el informe que firmó Gabriel no acredita una inspección real de los accesos, según él mismo ha declarado.

Ese documento no puede utilizarse como confirmación de que la escalera estaba en condiciones determinadas el veintiséis de agosto.

—Pero se presentó como si lo acreditara —dijo Elena.

—Sí. La investigación intenta establecer dónde se incorporó y quién ordenó prepararlo después del fallecimiento. La falsedad del contenido tiene consecuencias propias, aunque se determine que hubo un empujón.

Lucía cerró el plano. Lidia no apartaba la vista de la mesa.

—¿Pueden detenerla? —preguntó.

—Las decisiones sobre citaciones, medidas cautelares e imputaciones corresponden a quien dirige el procedimiento.

No os voy a prometer una actuación concreta ni un plazo.

Lo que sí puedo deciros es que hay indicios serios para investigar la intervención de otra persona en la muerte de Inés.

Esa hipótesis ya está siendo examinada formalmente.

Lidia asintió, pero parecía incapaz de decidir si lo que acababa de oír exigía hacer algo de inmediato.

—Mi hermana no se cayó sola —dijo, muy despacio.

La abogada apoyó las manos sobre la carpeta.

—La reconstrucción del nuevo testigo sostiene que no. Y existen elementos contemporáneos que respaldan que esa versión debe investigarse. Será necesario contrastarlos y determinar las responsabilidades. No debemos confundir esa conclusión provisional con una sentencia.

Lidia cerró los ojos.

—Llevo más de un año pensando que quizá, si no hubiera ido a trabajar aquella tarde, seguiría viva. Como si el problema fuera que decidió entrar en ese edificio.

Elena miró el plano una última vez. La hermana de Inés había dejado de hablar de una escalera para hablar de una decisión que alguien había tomado contra otra persona. Había una diferencia insoportable entre ambas cosas.

***

Cuando salieron del despacho llovía. Elena abrió el paraguas y Lidia tardó unos segundos en colocarse debajo.

Caminaron sin prisa hasta un bar cercano. Lidia no quiso comer, pero aceptó un té. Lo sostuvo entre las manos y esperó a que dejara de temblarle la cucharilla contra el plato.

—No paro de pensar en esa persona que lo vio —dijo.

—En el trabajador.

—En que se fue a su casa sabiendo lo que había visto. Y nosotros estuvimos un año pensando que Inés había tropezado.

Elena no defendió al hombre. Tampoco sabía qué miedo había sentido de verdad ni cuántas veces se había arrepentido. Su silencio había tenido un coste para personas que no conocía.

—La abogada ha dicho que van a comprobar lo que aportó —respondió.

—Ojalá lo hubieran comprobado entonces.

Lidia giró la taza.

—¿Crees que Bárbara la empujó por las facturas?

Elena ordenó las fechas: el 22 de agosto Inés consultó el albarán repetido; el 25 Bárbara contestó que lo revisarían; el 27 estaban juntas en el Alfar y un testigo las vio discutir antes del empujón. Dos días después, Gabriel firmó el informe de seguridad falso mientras esperaba cobrar de Umbral.

Era una secuencia coherente. No podía saber las palabras exactas que se dijeron en el descansillo ni si Bárbara había acudido con intención de intimidar a Inés, despedirla o simplemente insistir en que dejara de corregir las cifras.

Tampoco podía afirmar qué quiso provocar con el empujón.

Pero la discusión tenía un contexto que antes no habían podido demostrar.

—Las facturas explican por qué podían estar enfrentadas —dijo Elena—.

El mensaje del proveedor demuestra que Bárbara conocía la duplicidad.

El A-611 es el único cargo que hemos podido reconstruir por completo; Inés había señalado otras referencias y se quejaba de cifras que cambiaban, pero aún desconocemos el alcance del problema.

La cita en el Alfar las sitúa allí para revisar documentación.

El trabajador declara que la empujó. Cada pieza apoya una parte distinta. Ninguna nos permite oír lo que dijeron.