La inquilina anterior (Las casas de nadie 1) Capítulo 27. La caída
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Capítulo 27. La caída

El miércoles, Elena regresó a Vega Alta para ver cambiar una cerradura que apenas llevaba dieciocho días instalada.

Julián había llegado antes que ella. Trabajaba agachado junto a la puerta principal, con una caja abierta en el suelo y una linterna pequeña entre los dientes.

Gabriel sostenía el cilindro retirado, envuelto en una bolsa transparente.

Habían colocado una hoja de papel sobre la consola para anotar la referencia de la pieza y la hora del cambio.

—No lo he tocado más que para sacarlo —dijo Julián, quitándose la linterna de la boca—. El nuevo está precintado. Vamos a contar las llaves antes de abrir el paquete.

Eran cinco. Elena las vio caer una a una sobre el paño de trabajo, idénticas y brillantes.

Julián anotó el número, Gabriel firmó el recibo y Elena hizo una fotografía en la que se distinguía el juego completo.

Después cada uno recogió la copia que le correspondía.

Las otras tres quedaron en un sobre cerrado, guardado dentro de la casa.

Julián tuvo que ajustar una pieza porque la puerta rozaba con el marco. Cuando Elena giró la llave y comprobó que abría y cerraba, sintió algo que no había sentido durante el primer cambio: sabía dónde estaba cada copia.

—La anterior no abrirá este cilindro —confirmó Julián.

—Lo sé. Gracias.

Él entregó el justificante y recogió sus herramientas. Se llevó el cilindro retirado solo después de que Gabriel y Elena acordaran que quedase custodiado e identificado por la cerrajería hasta saber si era necesaria alguna comprobación. Elena conservó el resguardo.

La puerta volvió a cerrarse detrás de los tres.

—¿Te quedas a desayunar? —preguntó Gabriel.

Elena miró hacia la cocina. El recetario de Amalia ya no estaba en el armario; lo habían entregado para su examen. Sobre la mesa quedaba un periódico, una taza sin recoger y una bolsa de pan.

—Hoy no. He quedado con Marta para entrar juntas al trabajo.

Gabriel asintió. Le enseñó el teléfono.

—Umbral sigue sin decirme a quién devolvió la llave de servicio.

—Ya no puede abrir. Lo demás habrá que aclararlo igualmente.

Él guardó el móvil.

—Me cuesta pensar que he trabajado tantos años con Bárbara y que no sé qué creer de casi nada.

—No necesitas decidirlo. Has entregado lo que sabes.

Elena se puso el abrigo. Mientras cruzaba el recibidor, vio el cuadro que habían descolgado para fotografiar su trasera.

Gabriel lo había colocado apoyado contra la pared, sin volver a colgarlo.

Le pareció bien. No necesitaba tener a la vista una carta que alguien había escrito para ella utilizando el nombre de una muerta.

Salió con su llave nueva en el bolsillo.

***

No hubo una revelación al día siguiente, ni tampoco a la semana siguiente.

Elena continuó viviendo en casa de Marta.

Primero se dijo que sería hasta que terminara octubre; después dejó de fijarse un plazo.

Aportó una cantidad para los gastos, compró sus propios productos de baño y trasladó de Vega Alta dos cajas más de ropa.

Marta no le preguntó cuándo pensaba marcharse.

El dormitorio pequeño dejó de parecer una habitación prestada cuando Elena colocó sus libros en un estante y aprendió qué tabla del suelo crujía al levantarse de noche.

En el centro de conservación terminó dos trabajos que llevaba atrasados.

Un viernes salió a cenar con varias compañeras y pasó casi toda la velada sin mirar el teléfono.

Al regresar se sintió culpable durante un instante.

Luego recordó que averiguar cómo murió Inés no exigía que ella dejara de vivir mientras otras personas hacían su trabajo.

Gabriel y ella hablaban de cuestiones concretas.

Él había entregado sus archivos profesionales y comunicado a la empresa su negativa a aceptar el acuerdo privado.

Umbral confirmó finalmente la rectificación del cargo A-611, aunque su respuesta eludía explicar por qué no se había corregido en agosto de 2025.

El dinero pendiente de abono quedó separado de cualquier renuncia. Gabriel conservó todos esos mensajes.

De Bárbara no supieron nada más directamente.

Su último correo decía que administración seguía revisando el registro de la llave de servicio.

Elena lo guardó sin contestar de nuevo. El cilindro ya estaba cambiado y la pregunta de quién había podido utilizar la copia antigua formaba parte de la documentación entregada.

Lidia llamaba cada pocos días. A veces preguntaba si Elena había recibido noticias; otras le hablaba de su padre, que seguía poniendo dos tazas cuando se levantaba temprano aunque desde hacía un año no hubiera nadie más para desayunar con él.

Elena había aprendido a no responder siempre con una pregunta sobre los papeles de Inés.

El martes 17 de noviembre, Lidia llamó a media tarde.

—¿Puedes venir mañana conmigo a ver a la abogada? —preguntó.

Elena cerró la caja que estaba preparando.

—Claro. ¿Ha ocurrido algo?

—Han vuelto a tomar declaración a un trabajador que estuvo en el Alfar el día de la caída. La abogada dice que hay información que tenemos que leer con calma.

—¿Qué información?

—No ha querido explicármelo por teléfono. Me ha dicho que no debo enterarme a trozos.

Elena miró la ventana del taller, empañada por la lluvia.

—¿Te ha dicho si afecta a la muerte de Inés?

—Sí.

En la voz de Lidia había algo distinto del miedo que Elena le había oído otras veces. No parecía esperanza. Era la fatiga de quien ha pasado muchos meses pidiendo una respuesta y de pronto teme la que puede llegar.

—Voy contigo —dijo Elena.

***

La abogada tenía el despacho encima de una farmacia, en un edificio donde el ascensor se detenía unos centímetros por debajo del suelo de cada planta.

Se llamaba Lucía Rey y representaba a la familia de Inés en las nuevas actuaciones judiciales.

Lidia había acudido ya dos veces con su padre, pero era la primera vez que Elena entraba allí.

Lucía las recibió sin papeles en las manos. Las hizo sentarse y cerró la puerta antes de sacar una carpeta gris del armario.

—Antes de enseñaros nada —dijo—, quiero explicar qué sabemos y qué no.

Hay diligencias que todavía no están concluidas.

No voy a adelantar conclusiones judiciales ni a tratar como hecho probado todo lo que declara un testigo.

Pero la investigación ya no se limita a comprobar si hubo una caída accidental.

Lidia apretó los labios.

—¿Han encontrado a alguien que lo vio?

—Han vuelto a declarar a un operario que trabajaba aquella tarde en la planta superior.

Constaba en las actuaciones iniciales como la persona que acudió después de oír el golpe.

Su declaración de entonces fue muy escueta.

Ahora ha ampliado lo que presenció y ha aportado un mensaje que envió ese mismo día. Se está verificando su origen.

—¿Por qué no lo contó hace un año? —preguntó Lidia.

—Eso también se le ha preguntado. Trabajaba para una contrata que dependía de encargos gestionados por Umbral.

Ha reconocido que tuvo miedo de perderlos y que, cuando se habló de accidente, decidió callar la parte que había visto.

No le exime de haber ocultado información.

Tendrá que responder de ello si corresponde.

Lucía abrió la carpeta. No había fotografías del cuerpo de Inés, y Elena agradeció que la letrada hubiera decidido no empezar por ahí.

Sobre la mesa colocó una copia de un plano de la segunda planta del edificio y un esquema de la escalera interior.

Una línea marcaba el pequeño descansillo previo al primer tramo descendente.

—El operario estaba pintando el pasillo. Desde la puerta abierta de uno de los locales tenía visión parcial de este descansillo. Ha descrito dónde estaban las dos mujeres antes de que Inés cayera.

—¿Qué dos mujeres? —preguntó Lidia, aunque parecía saber que la respuesta la iba a herir.

—Inés y Bárbara Cano.

Ninguna habló.

Lucía señaló el pasillo del plano.

—La investigación ha contrastado esa presencia con una hoja de acceso de la obra.

Es una copia remitida por el encargado al final de la jornada del veintisiete de agosto de 2025 y conservada entre sus correos de trabajo.

En ella figuran las dos. No es un registro infalible; se están comprobando firmas y horarios.

Pero sitúa a ambas en la obra esa tarde y coincide con la cita de revisión de facturas que ha aparecido en otra comunicación de Umbral.

Elena pensó en el correo de Transportes Mira del veintidós de agosto, contestado por Bárbara el día veinticinco. Dos días después, las dos mujeres estaban en el inmueble al que pertenecía el servicio discutido.

—¿Y el trabajador? —preguntó.

Lucía se tomó un momento antes de responder.

—Dice que oyó una discusión. Inés llevaba papeles en la mano.

Reconoce que no escuchó todas las palabras y que no puede explicar el contenido completo de lo que discutían.

Vio que Inés intentaba apartarse hacia la escalera.

Según su declaración, Bárbara la sujetó de un brazo y, cuando Inés se volvió para soltarse, la empujó con fuerza a la altura del hombro.

Inés perdió el equilibrio al llegar al borde del primer escalón y cayó por el tramo.

Lidia retiró las manos de la mesa. Las mantuvo en el regazo, una sobre la otra.

—¿La empujó? —preguntó.

—Eso es lo que afirma haber visto. No dice que tropezara sola. No describe un gesto de ayuda ni un intento de sujetarla cuando ya caía. Describe un empujón anterior a la pérdida de equilibrio.

Elena sintió que el despacho se volvía excesivamente silencioso.

Había imaginado esa posibilidad desde que supo de la muerte, pero una cosa era considerarla y otra escuchar el relato de alguien que había estado allí.

Miró la línea del descansillo en el plano.

Era una distancia pequeña: el ancho de una persona, el espacio necesario para dejar pasar a otra.

Una vida podía terminar en un gesto que durara menos de un segundo.