La inquilina anterior (Las casas de nadie 1) Capítulo 26. La llave de servicio #2
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Capítulo 26. La llave de servicio #2

—El acuerdo que nos ofreció vence hoy. Me ha llegado un recordatorio automático esta mañana.

Elena lo había recibido también. No le sorprendía que una empresa recordara el plazo de una propuesta, pero la coincidencia de fechas le produjo una sensación incómoda. El dinero y las llaves pertenecían a expedientes distintos. En ambos, Bárbara había decidido qué podía cerrarse y cómo.

—No vamos a firmar —dijo Elena.

—No. Quiero que conste la negativa por escrito. Lo hago esta noche.

Elena le enseñó una fotografía tomada el día del cambio de cerraduras.

Se veía la bolsa de papel. Detrás, en el espejo de la entrada, estaba reflejada una parte de la chaqueta gris de Bárbara.

La fotografía no enseñaba ninguna llave en su mano.

Elena resistió la tentación de ampliarla en busca de algo que la imagen no contenía.

—Hay una cosa que tenemos que separar —dijo—.

El correo del tercer cajón llegó antes de cambiar las cerraduras.

Quien dejó ese llavero no necesitó esta copia nueva para hacerlo.

La carta la encontramos el día siguiente al cambio, pero pudo estar detrás del cuadro desde antes. No sabemos cuándo se colocó.

Gabriel asintió.

—Y el informe del Alfar estaba en Umbral. Tampoco hace falta una llave para conseguir su fotografía.

—Exacto.

—Entonces, ¿qué demuestra lo de hoy?

Elena miró la firma del parte.

—Que Bárbara recibió una llave de nuestra puerta nueva, pese a que el cambio se hizo para limitar el acceso. Y que nosotros no sabíamos que la tenía. Eso la sitúa entre las personas que pudieron entrar después del diez, si la conservaron. No sabemos si lo hicieron.

Gabriel bebió agua.

—Supongo que al menos podremos preguntar por qué la quiso.

—Podremos. Y por qué no nos la entregó cuando terminó la supuesta revisión del termo.

—El termo funcionaba. ¿Recuerdas que vino a dejar la factura aquel sábado?

—Me acuerdo. No sabemos si quedaba alguna otra incidencia. Que la explicación nos parezca mala ahora no significa que entonces fuera imposible.

Era extraño oírse corregir las sospechas que ella misma había provocado al llamar al cerrajero. Sin embargo, cada vez que distinguía una posibilidad de un hecho sentía que recuperaba una parte del control perdido desde el primer correo.

***

De vuelta en casa de Marta, Elena preparó una comunicación breve con la copia del parte y la referencia de la cerrajería.

No envió fotografías de llaves ni datos que pudieran facilitar su reproducción.

Indicó que el cambio de cilindros había tenido lugar el 10 de octubre, que una llave original de la puerta principal se entregó a Bárbara Cano según el registro del instalador y que ni ella ni Gabriel habían autorizado esa retirada.

Solicitó que, si resultaba relevante para las diligencias, se preservara el parte original y se comprobara qué había ocurrido con la copia.

No pidió a los agentes que dedujeran de aquella anotación quién había escondido la carta. Tampoco mencionó el caso como si ya estuviera resuelto.

Después llamó a Julián para solicitar la sustitución de la cerradura de entrada.

Acordaron una intervención para la mañana siguiente, cuando Gabriel pudiera estar en casa.

Le pidió que identificara y conservase el cilindro retirado, sin desecharlo, y que el nuevo juego de llaves se entregara directamente al propietario con recuento escrito.

Julián aceptó y reconoció de nuevo que la entrega a Umbral no había sido correcta.

A media tarde, Lidia le devolvió una llamada perdida. Elena le explicó lo ocurrido con la llave. Su reacción fue distinta de la de Gabriel.

—¿Pero esa mujer todavía podía entrar en la casa? —preguntó.

—Tenía una copia el día diez. No sabemos si la devolvió después o si llegó a usarla.

—Es la misma persona que recibió el aviso del contenedor y pidió a Gabriel que firmara el informe.

—Sí. Esos hechos constan por separado. Falta demostrar qué relación tienen con los mensajes.

Lidia se quedó en silencio un momento.

—Desde que murió Inés, Bárbara se ofreció a ayudarnos con todos los trámites —dijo al fin—. Era quien me explicaba a quién tenía que escribir para recoger las cosas de mi hermana. Yo acepté porque no podía ocuparme de todo.

Elena dejó de caminar por el dormitorio.

—¿La trataste después del funeral?

—Un par de veces. Me avisó de que habían preparado las cajas de Inés en la oficina. Me preguntó si quería que la empresa gestionara la entrega. Dije que no; fui con mi padre. No creo que eso aporte nada nuevo.

—Aporta que siguió siendo la persona de contacto. No sabemos si tiene relación con nada más.

—Qué complicado es no querer que la tenga —respondió Lidia.

Elena no encontró una respuesta. Lidia tenía motivos para desear una explicación y también para temerla. Se despidieron cuando la hermana dijo que iba a recoger a su padre.

Elena abrió el correo para Bárbara. Quería una pregunta sencilla que pudiera recibir una respuesta comprobable.

Escribió con copia a Gabriel: «Al revisar el servicio de cerrajería del 10 de octubre, nos han facilitado el parte de instalación.

En él figura la entrega a Umbral de una llave original de la nueva puerta principal, identificada como llave de servicio.

No autorizamos que se entregara esa copia a un tercero.

Os rogamos que nos indiquéis quién la conserva, si fue devuelta y, en tal caso, la fecha y la persona que la recibió.

Por seguridad, procederemos a sustituir nuevamente el cilindro».

No mencionó a Inés ni la carta falsa. Quería una respuesta verificable, no una trampa.

Gabriel leyó el borrador y contestó: «Envíalo así».

La respuesta de Bárbara llegó antes de que Elena terminara de preparar la cena.

«Hola, Elena. Lamento la confusión. Durante la sustitución se reservó una copia para facilitar el cierre de unas incidencias pendientes.

Creía que Gabriel estaba informado, porque se trataba de trabajos que seguíamos coordinando.

No conservamos llaves de propietarios una vez finalizadas las actuaciones.

Voy a verificar con administración cuándo se dejó esa copia y os contestaré por escrito.

No es necesario que hagáis otro cambio por nuestra parte, pero comprendo que prefiráis hacerlo».

Bárbara no negaba la entrega ni decía dónde había quedado la llave. Tal vez la hubieran devuelto sin dejar constancia. La pregunta seguía abierta.

Pero había un detalle que no era una cuestión de tono: la quinta llave no había aparecido en la casa. Y, si Umbral no la conservaba, tendría que haber pasado a otras manos.

Elena escribió debajo del correo: «Pedir fecha, destinatario y justificante de devolución». Lo guardó en la carpeta de la cerradura, sin mezclarlo con los documentos del Alfar.

Marta se asomó desde la cocina.

—¿Ahora sí vas a cambiar la cerradura?

—Mañana por la mañana. Gabriel estará allí para recibir las llaves y contarlas. Yo iré también.

—¿Y la administradora?

—Tiene que decirnos dónde está la que recibió. No voy a ir a su oficina para discutirlo.

Marta asintió y volvió al fuego. Elena se quedó un momento mirando el correo abierto.

Recordó la primera visita de Bárbara, sus indicaciones sobre el mantenimiento de la casa y la facilidad con que había hecho pasar una decisión ajena por una gestión práctica.

Recordó también el acuerdo privado: una devolución razonable acompañada de condiciones demasiado amplias.

Podía haber explicaciones inocentes para ambos hechos. Las necesitaban por escrito, no ofrecidas a última hora con una sonrisa.

Elena cerró el ordenador y fue a ayudar a Marta con la cena.

A la mañana siguiente cambiarían la cerradura. El acceso dejaría de ser una duda que cualquiera pudiera aprovechar. Después quedaría una pregunta más difícil: quién había podido entrar en la casa en cada etapa, incluso después del cambio de bombines, y qué había hecho con esa posibilidad.