Capítulo 26. La llave de servicio
El martes, Elena vació su llavero encima de la mesa de Marta y comprobó que tenía exactamente dos llaves de la casa: una de la puerta principal y otra del patio.
Las llevaba desde que salió de Vega Alta, unidas por una anilla de plástico verde. Nunca se había preguntado cuántas más habían salido de las cajas del cerrajero.
En una fotografía del cambio de cerraduras aparecía la bolsa de papel sobre la consola, pero no se distinguía cuántas llaves contenía.
Marta, que se preparaba para ir al trabajo, observó la mesa.
—Si hay alguien con otra copia, ¿no sería mejor volver a cambiar la cerradura?
—Puede que sí. Primero necesito saber si falta alguna o si estoy imaginando una cosa que no pasó.
—¿Y quién puede decírtelo?
—El hombre que las instaló.
Marta se abrochó el abrigo.
—Pues pregúntaselo a él. Es más sencillo que ampliar una fotografía hasta ver una llave por cada píxel.
Elena se rio. Había pasado la noche anterior haciendo precisamente eso.
Buscó la factura del servicio en los archivos que Gabriel le había enviado. Figuraba el nombre de una cerrajería de Vega Alta, la fecha del 10 de octubre y dos cilindros de seguridad de distinta medida. En el pie había un teléfono fijo y una dirección. No aparecía el número de copias entregadas.
Antes de llamar —eligió escribir un correo; no necesitaba interrumpir a nadie mientras trabajaba—, pidió a Gabriel que comprobara las llaves que conservaba en casa. Quería saber cuántas tenían realmente, incluidos los juegos que guardaban para emergencias.
«Yo tengo una de cada. Hay un aro de repuesto en el cajón del recibidor. Lo miro cuando vuelva al mediodía», respondió.
Elena escribió a la cerrajería identificándose como una de las residentes y adjuntó la factura, sin incluir los mensajes anónimos ni la denuncia.
Preguntó cuántas llaves se habían suministrado con cada cilindro y si conservaban un parte de entrega.
Añadió que, si el servicio figuraba a nombre de otra persona, podía acudir con Gabriel y acreditar la relación con la vivienda.
Envió el correo y se guardó el llavero. El metal le produjo un ruido pequeño contra el cierre del bolso. Hasta entonces había asociado aquel sonido a la posibilidad de volver a casa cuando quisiera. Ahora pensaba en las otras personas que quizá podían hacer lo mismo.
***
La respuesta llegó a media mañana, mientras Elena revisaba las costuras de un volumen encuadernado en tela.
La cerrajería confirmaba que los cilindros instalados se habían suministrado con cinco llaves para la puerta de entrada y tres para el patio.
El pedido lo había gestionado Umbral, aunque el trabajo se había efectuado en la vivienda y se había facturado al propietario.
Conservaban el parte de instalación y la hoja de entrega firmada, pero preferían revisarlos en persona con quien constara como titular.
Elena leyó las cantidades. Cinco y tres. En su mano tenía una llave de cada modelo. Gabriel guardaba otras dos. Antes de sacar conclusiones, necesitaba contar las restantes.
Le reenvió a su marido el correo y le pidió que no moviera ni mezclara los juegos que encontrara. Gabriel contestó una hora después con una fotografía del interior del cajón del recibidor. Había dos llaves de la puerta principal unidas por una anilla y una del patio con una etiqueta amarilla.
«He comprobado también la caja de herramientas y el despacho. No hay ninguna más. Si las contamos bien, tenemos cuatro de la puerta y las tres del patio», escribió.
Elena hizo la suma sobre el margen de una ficha que todavía no había archivado: una suya, una de Gabriel, dos de repuesto. Cuatro.
Faltaba una quinta llave de entrada. Podía haberse perdido o estar guardada donde ninguno recordaba. Pero el recuento justificaba revisar el parte.
Quedaron en acudir juntos a la cerrajería al terminar sus trabajos. Elena no quería llevar el asunto a Umbral antes de saber qué decía el registro de quien había hecho la instalación.
Durante la comida leyó de nuevo el capítulo de su libreta donde había reconstruido los objetos ocultos en la vivienda.
El llavero con la inicial I apareció en el tercer cajón el 6 de octubre: antes de cambiar las cerraduras.
La carta detrás del cuadro la encontraron el domingo 11, cuando los cilindros nuevos llevaban instalados apenas un día.
El papel utilizado para escribirla procedía del bloc que Bárbara dejó en la casa el 2 de octubre, pero podía haberse arrancado y colocado en cualquier momento posterior a esa fecha.
Una quinta llave entregada el día 10 no explicaría por sí sola el primer objeto. Ni siquiera demostraría que alguien entró para esconder la carta el día 11. Elena subrayó esa advertencia. Quería llegar a la cerrajería con una pregunta, no con una historia terminada.
***
La cerrajería estaba detrás de la plaza del mercado. En el escaparate había manillas y candados. Detrás del mostrador, un hombre con gafas examinaba un bombín desmontado.
Gabriel había llegado antes. Esperaron juntos su turno, sin hablar del matrimonio.
El hombre del mostrador se presentó como Julián Medina. Elena reconoció su voz de la tarde en que cambió los cilindros.
—Los de Vega Alta, ¿verdad? La vivienda del limonero. Me acordé cuando vi el correo —dijo.
Gabriel le entregó una copia de la factura y le mostró su identificación. Julián abrió en el ordenador una ficha que llevaba fecha del sábado 10 de octubre. Comprobó los modelos y sacó de un cajón una hoja impresa con anotaciones a bolígrafo.
—La puerta de entrada, cinco llaves de fábrica —dijo—. El patio, tres. Se montaron dos cilindros independientes, porque la medida era distinta. No hay una llave maestra ni nada parecido.
—En la casa tenemos cuatro de entrada y tres del patio —explicó Elena—. No sabemos dónde está la quinta.
Julián deslizó el dedo por la hoja, buscando una línea.
—Aquí consta una copia para servicio. Es una de las cinco originales, no una copia hecha después.
Elena se inclinó sobre el mostrador. Junto a un recuadro se leía: «Entrada: cuatro llaves a vivienda. Una llave de servicio, entrega a Umbral». Había una anotación en tinta azul y una rúbrica.
—¿Qué significa «a Umbral»? —preguntó.
Julián levantó la vista.
—La recogió la señora que estaba allí con la carpeta. Bárbara. Dijo que necesitaban entrar para rematar una incidencia del termo y que devolverían la copia a los propietarios. Yo había tratado con ella al concertar el servicio.
Gabriel miró a Elena.
—Yo no autoricé eso.
—Y yo pedí que nos entregaran las llaves nuevas a nosotros —añadió Elena.
Julián no contestó enseguida. Se puso las gafas más arriba y revisó el parte completo.
—La orden vino de Umbral. Entendí que ella gestionaba los accesos de la obra en vuestro nombre. Veo ahora que tendría que haberlo confirmado con vosotros antes de darle una llave. No debí hacerlo solo porque fuera quien concertó la visita.
—¿Recuerda cuándo se la entregó? —preguntó Elena.
—Mientras estaba terminando la puerta principal. Ella me dijo que se marchaba y que quería llevarse la copia de servicio. La separé del juego y anoté la entrega. Después dejé las otras cuatro de la entrada, junto con las del patio, en la bolsa que puse sobre la consola.
Elena recordó la escena: Julián agachado junto a la puerta; Gabriel yendo al patio; Bárbara despidiéndose con la carpeta contra el costado.
Ella había pasado por el despacho a dejar documentos.
Cuando volvió, la bolsa estaba sobre la consola.
Vio al cerrajero depositar las llaves, pero no las contó.
La explicación no contradecía lo que recordaba. Tampoco podía confirmarla a partir de sus recuerdos. Ahora existía, al menos, una anotación hecha aquel mismo día.
—¿La firma es de Bárbara? —preguntó Gabriel.
—Es la que puso ella aquí al recoger la llave. Si necesitáis una copia del parte, os la preparo. El original se queda en nuestro archivo.
—¿Se anotó cuándo tenía que devolverla? —preguntó Elena.
Julián examinó el margen inferior.
—Puse «devolución al propietario al terminar revisión», sin fecha exacta. No tengo un recibo de devolución. A mí no me han entregado ninguna llave después.
—Eso no demuestra que no la devolviera directamente —señaló Elena.
—No, claro. Solo puedo decir lo que consta aquí y lo que ocurrió delante de mí.
Julián les permitió fotografiar la hoja y les dio una copia firmada por la cerrajería, con la referencia de la orden y la anotación de entrega.
También corrigió la ficha informática para añadir que los propietarios discutían la autorización de aquella copia.
No pretendió cobrarles nada por la búsqueda.
—Si la llave no aparece —añadió—, os recomiendo sustituir el cilindro de entrada. El del patio puede quedarse si conserváis sus tres llaves. Podemos facilitar el cilindro retirado y dejar documentado el cambio si os lo piden.
Elena agradeció la oferta. Prefería consultar primero cómo preservar la documentación de la instalación y después resolver la seguridad de la casa sin demora. Julián tomó nota de que los llamarían para acordar el trabajo.
Al salir, Gabriel sostuvo la copia del parte entre dos dedos.
—No sabía que Bárbara se había llevado una llave —dijo.
—Yo tampoco.
—El sábado estábamos cambiando las cerraduras precisamente para que nadie más pudiera entrar.
—Y se lo dijimos a ella.
Se miraron. Aquella frase no era una prueba de que Bárbara hubiera utilizado la llave. Pero por primera vez no discutían sobre la posibilidad abstracta de que alguien tuviera acceso. Había una entrega anotada, con una fecha, una unidad de llave y una persona identificada.
***
Revisaron la copia del parte en una cafetería cercana.
—¿Le escribimos para que la devuelva? —preguntó.
—Sí, pero antes quiero comunicar este dato con los demás. No pienso acusarla de entrar en la casa porque un cerrajero le diera una llave.
—¿Y si la conserva todavía?
—Entonces tenemos que cambiar el cilindro cuanto antes. Si la devolvió, puede acreditarlo o decirnos cómo y cuándo.
Gabriel miró su teléfono.