La inquilina anterior (Las casas de nadie 1) Capítulo 25. La última copia #2
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Capítulo 25. La última copia #2

Había un segundo dato. El lunes 25 de agosto, Bárbara contestó a esa misma conversación: «Gracias por la aclaración.

Revisaremos la imputación durante el cierre de las cuentas».

La empresa de transportes conservaba también aquella respuesta porque se había enviado a todos los participantes del intercambio.

No se adjuntaba de momento, pero la empleada indicaba que podía facilitarla por los cauces correspondientes a una petición formal de las autoridades.

Elena volvió a leer la fecha.

Veinticinco de agosto de 2025. Dos días antes de que Inés muriera.

No significaba que Bárbara hubiera leído cada documento del recetario ni que supiera cuánto dinero había acabado pagando Gabriel.

Pero sí que su dirección profesional había recibido la aclaración del proveedor y que, desde ella, se había respondido anunciando una revisión.

Aquella duplicidad ya no podía presentarse como un problema desconocido hasta octubre de 2026.

Elena contestó agradeciendo la búsqueda. Pidió que conservaran los mensajes originales y los datos de envío, y les facilitó la referencia de las actuaciones para que pudieran aportarlos directamente si se los requerían. No solicitó que le enviaran la conversación completa entre otras personas.

Después llamó a Lidia.

—Han encontrado el correo —dijo—. El proveedor respondió el veintidós de agosto, con Inés y Bárbara entre las destinatarias. Y el lunes veinticinco Bárbara contestó que revisarían la imputación.

Lidia tardó unos segundos en hablar.

—El veinticinco. Mi hermana murió el veintisiete.

—Sí.

—Entonces no estaba imaginándose cosas.

—Había detectado un error real y lo había comunicado. Eso ya podemos sostenerlo con documentación ajena a Umbral.

—¿Y por qué siguieron cobrando lo mismo?

—Eso sigue sin explicarse. Puede que no corrigieran el asiento, que lo aplazaran o que decidieran mantenerlo. Los documentos no dicen cuál de esas cosas ocurrió.

Lidia guardó silencio.

—Necesito que sepan esto los agentes —dijo al fin.

—Yo también. Voy a remitirles la información del proveedor para que soliciten el correo original si lo consideran necesario.

Elena colgó y se quedó mirando la pantalla del ordenador sin abrir ningún archivo.

Había dedicado días a intentar establecer una línea temporal de documentos falsos.

Aquella era otra clase de secuencia: un error detectado, una consulta enviada y una respuesta conservada por alguien que no formaba parte de Umbral Gestión.

La última copia que necesitaban no había estado escondida en un mueble ni en un libro. Había permanecido en el archivo del proveedor, donde no dependía de las decisiones de Bárbara para seguir existiendo.

***

Esa tarde Elena comparó la respuesta recibida con la propuesta que Bárbara les había entregado el viernes.

En el acuerdo privado no se decía cuándo se descubrió el error del A-611.

Lo describía como un «cruce de imputaciones» y ofrecía rectificarlo sin reconocer responsabilidad.

La empresa podía sostener que se trataba de una equivocación.

Lo que ya no podía sostener, si los correos se confirmaban, era que nadie hubiera sido informado de ella en agosto de 2025.

Elena llamó a Gabriel y le pidió que leyera la respuesta del proveedor antes de comentar nada. Se la reenvió junto con la captura del mensaje de Lidia, explicando que una era correspondencia empresarial conservada por Transportes Mira y la otra, un mensaje privado de Inés a su hermana.

Él devolvió la llamada media hora después.

—Bárbara estaba en copia —dijo—. Y contestó.

—Eso indica el archivo del proveedor. Ellos conservan la respuesta y pueden facilitarla formalmente.

—Cuando me enviaron la liquidación de septiembre yo no sabía nada de esos mensajes. Pagué la remesa y no miré de qué obra era cada albarán.

—No estoy diciendo que lo supieras.

Gabriel permaneció callado un momento.

—Pero ella sí recibió el aviso —dijo.

—Y respondió que lo revisarían. Eso es lo que sabemos. No es una explicación de por qué Inés acabó en el Alfar dos días después.

—Lo sé.

Elena oyó papeles al otro lado. Gabriel tenía costumbre de moverlos mientras pensaba y, durante unos segundos, imaginó su despacho: la calculadora encendida, el portátil abierto y las carpetas que llevaban semanas sin desaparecer de la mesa.

—No firmes nada mañana —dijo ella—. Se acaba el plazo de la oferta.

—No pensaba hacerlo. Ya le hemos pedido que rectifique el cargo por separado.

—Si te llama para que vayas a hablarlo, pide que cualquier propuesta llegue por escrito.

—De acuerdo.

Hubo otra pausa.

—Elena, hay una cosa que me inquieta. Bárbara conocía a Inés, sabía lo del alquiler y tenía mi documentación de la obra. Y todo eso ha ido apareciendo en los mensajes que te mandaron.

Elena miró el cuaderno donde había separado, semanas antes, las pruebas verificables de las insinuaciones anónimas.

—No es la única persona que pudo conocerlo —respondió—. Había trabajadores, archivos y gente que llevaba las cuentas. La información verdadera puede haberse sacado de varios sitios.

—Pero ahora hay motivos para preguntar por ella.

—Sí. Por lo que gestionó y por lo que supo. Lo demás hay que comprobarlo.

Cuando colgaron, Elena abrió el correo de Transportes Mira una última vez.

Comprobó que el archivo adjunto se abría correctamente y guardó tanto la respuesta reciente como la copia de 2025 en una carpeta separada, sin cambiar sus nombres originales.

Añadió una nota breve para la Guardia Civil: «Comunicación del proveedor a Inés Valcárcel y Bárbara Cano, 22/08/2025, sobre servicio único A-611 en Alfar 18.

El proveedor indica respuesta de Bárbara de 25/08/2025 y conserva el original para su eventual solicitud».

Envió la información por el cauce que le habían indicado para ampliar su declaración. No pidió conocer las diligencias en curso ni recibió una contestación inmediata.

Marta entró al dormitorio mientras Elena cerraba el portátil.

—¿Otra vez el trabajo de contabilidad? —preguntó.

—Esta vez hemos encontrado cuándo se enteró la administradora del error.

—¿Antes de que muriera Inés?

—Dos días antes había contestado que lo revisaría.

Marta se sentó en el borde de la cama.

—Eso cambia mucho las cosas.

—Cambia lo que podemos preguntar. No convierte automáticamente un problema de facturas en un asesinato.

—No he dicho que lo convierta.

—Ya lo sé. Me lo estaba diciendo a mí.

Elena guardó el lápiz en el estuche. Faltaba una pregunta que ni las facturas ni el correo del proveedor respondían: por qué alguien había preparado una carta falsa, había escondido un llavero y había utilizado el nombre de una mujer muerta para conducirla, descubrimiento a descubrimiento, hasta Gabriel.

Revisó las fechas de los mensajes. El primero había llegado tres días después de la mudanza.

El del cuadro apareció cuando ya sabía que Inés había vivido allí.

El del informe, después de descubrir la muerte y el edificio.

Quien los enviaba conocía la casa, había tenido acceso a documentos auténticos y parecía comprender qué cosas podían hacer daño a Gabriel.

Ese conocimiento tenía un origen que quizá pudiera investigarse. Pero los objetos escondidos añadían algo distinto: una posibilidad de acceso físico a la vivienda.

Elena abrió la fotografía de la consola del recibidor tomada el día que cambiaron las cerraduras. Sobre ella se distinguía la bolsa donde el cerrajero había dejado los juegos de llaves nuevas. No había fotografiado cuántas contenía y tampoco había contado las copias al recibirlas.

Hasta entonces había pensado en las llaves como en una medida de seguridad que ya habían resuelto. Ahora decidió que necesitaba comprobar cómo se habían entregado y quién había podido disponer de un juego.

No quería encontrar otra nota detrás de un cuadro.

Quería saber quién podía abrir la puerta.