Capítulo 25. La última copia
El sábado, Elena encontró una cifra escrita a lápiz en el margen del acuerdo de Umbral y tardó un momento en recordar que la había anotado ella misma.
Seiscientos euros.
Era la compensación adicional que Bárbara les ofrecía si aceptaban cerrar todas las controversias relacionadas con la gestión de la vivienda.
Elena había sumado los importes durante la reunión y luego había rodeado aquella cantidad, quizá porque era la única que no correspondía a un gasto concreto.
La devolución del contenedor tenía una factura detrás; los honorarios pendientes, un concepto que podía discutirse.
Los seiscientos euros no se referían a ningún trabajo.
Eran el precio de que ambas partes dieran el asunto por terminado.
Marta estaba colocando unas fundas limpias en los cojines del sofá. Cada vez que levantaba uno aparecía una moneda o una horquilla.
—No se puede limpiar esta casa sin ganar dinero —dijo, enseñándole una pieza de veinte céntimos.
Elena dobló el acuerdo y lo apartó.
—Nos dan hasta el martes para decidir.
—¿Y vas a decidirlo?
—Ya hemos dicho que no firmamos en esas condiciones. Quiero saber si contestan a la petición de rectificación.
Marta guardó la moneda en un cuenco.
—Entonces tienes el fin de semana libre.
Elena miró las carpetas ordenadas junto al portátil.
Llevaba más de tres semanas sin un fin de semana libre, pero aquella mañana no estaba pensando en otro mensaje anónimo.
Había una pregunta sobre las facturas que podía responderse sin mirar una sola vez la dirección de correo que utilizaba el nombre de Inés.
—Quiero saber cuándo supieron en Umbral que el contenedor no correspondía a nuestra casa.
—Cuando se lo dijiste tú, ¿no?
—Eso es lo que podrían contestar. Que descubrieron el error con nuestra reclamación de octubre.
—¿Y crees que lo sabían antes?
Elena sacó la fotografía de la hoja de control encontrada en el recetario. Estaba impresa el 21 de agosto de 2025. Al lado del albarán A-611, alguien había escrito «Mismo albarán. Comprobar antes de cerrar». Debajo, otra nota decía: «B. dice que lo deje. Pedir soporte del segundo cargo».
—Alguien se dio cuenta entonces. Eso ya lo sabemos. Lo que no sabemos es a quién se lo comunicó ni si la empresa recibió una confirmación que no dejara lugar a dudas.
Marta dejó el último cojín sobre el sofá.
—¿No puedes preguntárselo a la empresa del contenedor?
—Ya me confirmaron que hubo una sola retirada. Pero no les pregunté si alguien de Umbral consultó el mismo albarán en 2025.
Elena abrió el mensaje que Transportes Mira le había enviado el lunes anterior.
La empleada de administración había sido precisa: un servicio, una fecha y una dirección.
Nada de pagos entre propietarios ni de gestiones posteriores.
Era una respuesta limitada a lo que la empresa podía comprobar en sus propios registros.
Escribió otro correo, esta vez sin adjuntar las facturas de Umbral.
«Gracias por la información facilitada sobre el albarán A-611.
Quería formularles una última consulta: ¿consta que su empresa comunicara a Umbral Gestión, en agosto de 2025, que ese albarán correspondía exclusivamente a la calle del Alfar, 18?
No necesito comunicaciones privadas de otros clientes.
Si existe una confirmación escrita que puedan facilitar a la propiedad a la que se cargó indebidamente el servicio, o aportar directamente a la Guardia Civil, les agradecería que me indicaran cómo solicitarla».
Lo leyó una vez y lo envió. No esperaba una respuesta un sábado.
—Ahora sí —dijo Marta—. Tienes libre el fin de semana hasta que abran el lunes.
Elena cerró el portátil. Por primera vez le hizo caso.
***
El domingo por la tarde, Lidia fue a devolverle un paraguas que Elena le había prestado el día de la declaración. Se quedaron tomando café en casa de Marta, que había salido a visitar a unos amigos.
Lidia llevaba una bolsa de magdalenas de una panadería de Vega Alta. Dejó cuatro sobre un plato y guardó las demás en el armario, después de preguntarle a Elena dónde podían ponerse. Había algo agradable en recibirla sin que ninguna llevara una carpeta en la mano.
—Mi padre pregunta todos los días si han llamado —dijo Lidia—. Le he pedido que no mire el teléfono cada cinco minutos. Luego voy yo y hago lo mismo.
—No tenemos ninguna noticia de las comprobaciones.
—Lo sé. Tampoco me sorprende.
Hablaron de la fotografía del recetario y de la afición de Inés a enviar imágenes de platos que le salían mal.
Lidia contó que su hermana había cocinado durante una temporada para una compañera que acababa de tener un hijo; preparaba dos raciones, una para regalar y otra para demostrar que los experimentos también podían comerse.
—La mitad de las veces tenía que comprarse una pizza después —dijo.
Elena se rio. Le gustaba que Lidia hablara así, sin sentir la obligación de convertir cada recuerdo en información para una denuncia.
Más tarde, cuando fueron a recoger las tazas, Lidia vio sobre la mesa la copia de la relación de facturas. No la tocó.
—¿Seguís con eso?
—He preguntado al proveedor si en agosto del año pasado avisaron a Umbral de que había un solo servicio. Si existe una respuesta escrita, nos ayudará a saber quién conocía el error.
Lidia se quedó pensativa.
—Inés me habló de un correo que había enviado al transportista —dijo—. No recuerdo si me dijo que le contestaron. Pensé que me lo había contado cuando estaba enfadada, pero puedo mirar la conversación.
Sacó el teléfono, buscó el nombre de su hermana y se desplazó hacia agosto de 2025. Elena permaneció junto al fregadero. Había visto a Lidia hacer aquello otras veces, con la mezcla de atención y cansancio de quien abre una conversación que ya no puede continuar.
—Aquí —dijo al cabo de un rato.
El mensaje era del viernes 22 de agosto. Inés había escrito: «He preguntado a los del contenedor y he copiado a Bárbara. A ver si esta vez nos contestan dónde fue el viaje». Más abajo, en la misma conversación, decía: «No pienso corregir otro asiento sin que quede por escrito».
Elena leyó las frases dos veces. El mensaje explicaba por qué la hoja de control llevaba una nota reclamando un justificante. También mostraba que Inés había intentado contrastar los datos fuera de Umbral, como ella misma estaba haciendo ahora.
—¿Te importa que conserve una captura de estas dos frases? —preguntó.
—Te la mandaré yo. Prefiero que no aparezcan las cosas que nos dijimos antes.
—Claro.
Lidia guardó el teléfono y volvió a la cocina. No había encontrado una nueva carpeta ni una prueba escondida. Solo una fecha que ya estaba en una conversación conservada desde el verano anterior.
—Si el proveedor confirma ese correo, sabremos que Inés preguntó antes de morir —dijo Lidia.
—Sabremos algo más: si Bárbara recibió la respuesta. Es distinto que Inés escribiera que la había copiado a que podamos comprobar dónde llegó la contestación.
—Siempre separando una cosa de otra.
—Intentándolo.
Lidia se apoyó un instante en el marco de la puerta.
—Es lo que no hice cuando mi hermana me contaba que en el trabajo cambiaban los números. Le decía que a lo mejor era un error de alguien y que dejara de preocuparse.
—Podía ser un error —respondió Elena—. Un error también necesita corregirse. Inés quería saber por qué no lo hacían.
Lidia asintió. Recogió su paraguas y, antes de marcharse, le envió la captura con las dos frases de agosto.
Elena la guardó junto a la relación del recetario. Todavía no demostraba a quién había llegado la consulta, pero hacía menos probable que aquella hoja fuera una lista de números que Inés nunca había llegado a comunicar.
***
La respuesta de Transportes Mira apareció el lunes a las once y veintitrés.
Elena estaba en el centro de conservación. Había dejado el teléfono en un cajón mientras trabajaba y vio la notificación al terminar una ficha. El remitente era la misma empleada de administración que había confirmado el servicio la semana anterior.
«Hemos revisado la correspondencia conservada en relación con el albarán A-611», comenzaba.
La empresa tenía archivada una consulta recibida el 22 de agosto de 2025 desde una dirección profesional de Inés Valcárcel, con copia a Bárbara Cano.
En ella se solicitaba confirmar si el contenedor facturado a Umbral había realizado algún servicio en la vivienda denominada «Amalia» o únicamente en la calle del Alfar, 18.
Transportes Mira había contestado aquel mismo día a las dos destinatarias.
Su respuesta confirmaba una sola retirada en el Alfar y precisaba que no existía un segundo servicio asociado al albarán A-611.
La empleada adjuntaba una copia de aquel mensaje enviado, conservada en sus propios archivos.
Había omitido teléfonos personales y otras referencias que no guardaban relación con el servicio.
Elena abrió el archivo adjunto.
No era una tabla elaborada para responder a su reclamación de octubre.
Era la impresión de un correo de agosto de 2025, con remitente, destinatarias, fecha y asunto.
En el texto figuraban el número del albarán, la dirección del edificio y la frase «no consta retirada en otra ubicación bajo esta referencia».
Bárbara Cano aparecía entre las destinatarias.
Elena apoyó el móvil sobre la mesa. Hasta entonces sabía que Inés había identificado una duplicidad y que Gabriel había pagado un cargo improcedente.
Aquel correo permitía situar una comunicación sobre el error fuera de Umbral, antes de la muerte, dirigida también a la persona que administraba las cuentas.
Abrió de nuevo el mensaje de la empleada.