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Capítulo 24. Un acuerdo privado #3

Caminaron hasta el aparcamiento sin hablar de inmediato. Había empezado a anochecer. Frente a una panadería, dos empleados apilaban sillas y una mujer trataba de plegar un cochecito para meterlo en el maletero.

Gabriel se detuvo junto a su coche.

—Es mucho dinero por un error de setecientos sesenta euros —dijo.

—Una parte no es dinero que nos vayan a ingresar. Son honorarios que dicen que dejamos de deber.

—Aun así, seiscientos euros por las molestias no es poca cosa.

Elena lo miró. No le molestaba que lo hubiera pensado. Sabía exactamente qué facturas tenía su marido todavía pendientes de pagar.

—Lo he visto en tu cara durante la reunión —dijo.

Gabriel metió las llaves en el bolsillo.

—Durante un minuto me pareció una manera de solucionar algo sin pasar otros tres meses discutiendo. Luego leí la renuncia.

—¿Te habría parecido bien firmarla hace un año?

Él no respondió enseguida.

—Probablemente. Me habría dicho que era un trámite más, que nos ahorraba problemas. Eso es lo que hice con demasiadas cosas.

Elena agradeció que no intentara convertir aquel reconocimiento en una petición de perdón.

—Podemos pedir la rectificación y conservar nuestro derecho a revisar las demás cuentas —dijo—. No hay que elegir entre aceptar todo o no recuperar nada.

—Esta vez estoy contigo.

La frase habría significado otra cosa unas semanas antes. Elena la recibió como lo que era: un acuerdo sobre las facturas, no sobre su matrimonio.

—Quiero enviarte un resumen de las condiciones que me preocupan —dijo—. Para que conste también que las hemos comentado. Después podemos pedirle una versión limitada a los cargos de la casa, si sigue teniendo sentido negociar.

—Hazlo. Yo revisaré los importes de los honorarios pendientes.

Gabriel la acompañó hasta su coche, pero se detuvo antes de abrirle la puerta. Elena notó que ambos estaban aprendiendo a no dar por supuestos gestos que durante años habían sido automáticos.

—¿Vas a volver a casa de Marta? —preguntó.

—Sí.

—De acuerdo. Buenas noches, Elena.

—Buenas noches.

Al llegar al piso de su amiga, preparó el resumen antes de cenar.

No pretendía negociar por su cuenta. Escribió únicamente lo que había oído y leído: devolución de un cargo incorrecto, anulación de honorarios pendientes, compensación condicionada a una renuncia amplia, confidencialidad con una excepción limitada a requerimientos oficiales y plazo para decidir hasta el martes.

Se lo envió a Gabriel para que corrigiera cualquier dato que recordase de otra manera. Él respondió confirmando los puntos y adjuntó la fotografía del apartado sobre reclamaciones futuras.

Elena conservó ambos mensajes. Después abrió un correo nuevo para Bárbara.

«Gracias por recibirnos. Agradecemos el reconocimiento de la imputación incorrecta del A-611.

Solicitamos que la rectificación y el correspondiente abono se tramiten de forma independiente de cualquier acuerdo global.

Antes de valorar otras condiciones, necesitamos una relación de las partidas de nuestra vivienda que habéis revisado, con identificación de las correcciones propuestas.

No prestaremos conformidad a cláusulas de renuncia o confidencialidad que puedan limitar la comunicación de hechos o documentos a las autoridades, ni a reclamaciones futuras sobre operaciones no identificadas en el acuerdo».

Gabriel había aprobado el texto. Elena lo envió con copia a él, sin adjuntar las pruebas que habían entregado el día anterior.

Marta apareció con dos platos y una fuente de verduras asadas.

—¿Qué te ofrecían? —preguntó mientras ponía la mesa.

Elena le explicó las cantidades.

—Parece una devolución bastante generosa —dijo su amiga.

—Lo es. Siempre que no leas lo que viene después.

—¿Y qué quieren después?

—Que demos por cerradas todas las controversias relacionadas con la gestión de la casa, incluso algunas que todavía no sabemos si existen. Y que guardemos confidencialidad sobre cómo se ha llegado al acuerdo.

Marta dejó la fuente.

—¿Por un contenedor?

—Esa fue mi pregunta.

Elena tomó asiento y se sirvió verduras.

Hasta entonces había pensado que lo más importante de la reunión sería lo que Bárbara pudiera decirle acerca del albarán, de las cuentas o de Gabriel.

Salió con otra información: la administradora estaba dispuesta a devolver un cargo incorrecto, cancelar honorarios y añadir seiscientos euros para que los propietarios aceptaran una renuncia que abarcaba mucho más que aquel gasto.

Eso no probaba que Bárbara hubiera engañado a Inés ni que supiera algo de su muerte. Podía ser, como había dicho, una manera de cerrar una relación comercial difícil. Pero Elena ya no tenía por qué aceptar una explicación administrativa solo porque estuviera redactada con seguridad.

Sobre la mesa de Marta quedaba la copia del acuerdo, abierta por la cláusula tercera. Elena la dobló y la guardó junto a la reclamación.

La pregunta que se llevaría al día siguiente no era cuánto dinero podían recuperar.

Era qué asunto, todavía sin nombre en aquel documento, tenían tanto interés en dar por terminado.