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Capítulo 24. Un acuerdo privado #2

—Estamos hablando de un acuerdo civil. La colaboración con las autoridades es otra cosa. No se mezclan.

—Entonces quiero que aparezca por escrito que este acuerdo no limita de ninguna manera esa colaboración, sea espontánea o requerida, ni las reclamaciones relacionadas con hechos que puedan ser constitutivos de delito.

—No veo problema en aclararlo —respondió Bárbara—. Pero sería bueno que no convirtiéramos una regularización de facturas en un debate jurídico más amplio.

Elena bajó la vista hacia las cifras de la primera página. Allí estaba el dinero, expresado con una claridad que no tenían los apartados siguientes.

—Lo más fácil sería rectificar una factura con un abono y enviarnos el justificante —dijo—. No necesitamos un acuerdo privado para saber que nos habéis cargado un servicio realizado en otra dirección.

Bárbara retiró la mano del documento.

—El abono ordinario puede tramitarse por el procedimiento habitual. La oferta completa es otra cosa. Incluye renuncias recíprocas y una compensación que la empresa no está obligada a dar.

—Eso es lo que quiero entender —respondió Elena—. Qué estamos renunciando a hacer a cambio de seiscientos euros.

Por primera vez desde que empezó la reunión, Bárbara no tuvo preparada una respuesta inmediata.

***

Gabriel cerró su carpeta y la dejó sobre la mesa.

—Quiero separar dos asuntos —dijo—. El cargo del contenedor es de nuestra vivienda. Mi firma en un informe del Alfar pertenece a una actuación profesional diferente. No voy a aceptar que la conformidad de la casa sirva para cerrar ninguna discrepancia sobre ese informe.

Bárbara lo miró con atención.

—No hemos incluido un informe del Alfar en este acuerdo, Gabriel.

—Entonces no debería costar limitarlo expresamente a las partidas de nuestra vivienda que figuran en el anexo.

—Podemos hacerlo.

—Y que no afecte a documentación que otra autoridad pueda necesitar —añadió él.

Bárbara sostuvo su mirada unos segundos. Elena recordó que Gabriel había pasado años consultándole cuestiones de obras, proveedores y pagos. Ahora hablaban el uno con el otro como dos personas que ya no daban por supuesta la buena fe de sus procedimientos.

—No esperaba que os preocupara tanto una cláusula de confidencialidad —dijo Bárbara—. Se utiliza en acuerdos de esta clase. Cuando una empresa ofrece una compensación, necesita la seguridad de que la cuestión no seguirá abierta indefinidamente.

—La cuestión del albarán puede cerrarse en cuanto devolváis lo que cobrasteis —respondió Elena—. Lo que no puedo aceptar es que un error concreto sirva para renunciar a revisar lo demás.

Bárbara giró una de las carpetas hacia sí. La abrió por una página con su logotipo en el encabezado, pero no sacó ningún documento nuevo.

—Desde el principio he intentado facilitaros la reforma. También la entrada en la casa. Había problemas que resolver y siempre encontramos la manera de que siguierais adelante. Me gustaría que no olvidáramos esa parte.

—No la olvido —dijo Gabriel.

—Entonces comprenderás que quiera evitar que una incidencia contable termine perjudicando a toda la empresa. Hay empleados y proveedores que dependen de ella.

Elena pensó en Inés, que había dependido también de aquel trabajo. No pronunció su nombre. No iban a conseguir ninguna explicación sobre lo que ocurrió en agosto de 2025 transformando una reunión de liquidación en un interrogatorio improvisado.

—¿Cuántas partidas habéis revisado para ofrecernos esto? —preguntó.

—Todas las de la vivienda que estaban pendientes de cierre.

—¿Y las ya cerradas en 2025?

—La regularización parte de los registros que conserva administración.

—Entonces necesitamos una relación de esas partidas y de las correcciones efectuadas, no solo una cifra final.

—Os podemos facilitar un cuadro de conciliación referido a vuestra propiedad. No puedo entregar documentación de otros clientes.

—No te estoy pidiendo documentación de otros clientes.

Bárbara inclinó la cabeza, aceptando la precisión.

—Lo prepararemos.

Hubo un silencio incómodo. Elena oyó a alguien pasar por el pasillo y una impresora que empezaba a funcionar al otro lado del tabique.

Le sorprendió la normalidad de aquellos ruidos.

Dos semanas antes habría interpretado la reunión como una oportunidad para terminar los trámites de la casa.

Ahora tenía delante una cantidad de dinero que no había pedido y varias páginas destinadas a establecer qué no podría reclamar después.

—¿Qué plazo tenemos para decidir? —preguntó Gabriel.

—La propuesta extraordinaria estará disponible hasta el martes. Después habrá que volver a los cauces ordinarios de regularización, que son más lentos. No quiero presionaros; es simplemente el calendario que me han autorizado.

Elena miró la fecha escrita en la cubierta: 23 de octubre de 2026. Cuatro días para aceptar una renuncia referida a gestiones de dieciocho meses.

—Nos llevaremos una copia —dijo.

—Por supuesto.

—Y no vamos a firmar hoy.

Bárbara asintió sin protestar.

—Revisadlo con quien consideréis oportuno. Si queréis una modificación de alguna cláusula, enviádmela por escrito. De verdad que mi intención es ahorraros más disgustos.

Gabriel recogió la carpeta. Elena guardó su libreta y comprobó que no dejaba ninguna hoja propia sobre la mesa.

Antes de que se levantaran, Bárbara añadió:

—Una cosa más. Me gustaría que, mientras lo revisáis, evitáramos convertir cada consulta en una reclamación nueva. Así será más fácil que administración mantenga la propuesta.

—Preguntar por las cuentas no es abrir una reclamación nueva —dijo Elena.

—No, claro. Solo os pido que centralicemos las dudas.

Bárbara los acompañó hasta la puerta. Se despidió de Gabriel con un gesto cordial, como si fueran a verse al día siguiente para comentar un presupuesto. A Elena le deseó buen fin de semana.

Al salir, Elena se dio cuenta de que todavía llevaba en la mano el lápiz con el que había subrayado las cláusulas.

***