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Capítulo 24. Un acuerdo privado

El viernes, Elena recibió a las diez de la mañana la dirección de la reunión, aunque sabía perfectamente dónde estaban las oficinas de Umbral Gestión.

Bárbara había respondido al correo de Gabriel confirmando la cita para las cinco y media. Añadía una indicación sobre el aparcamiento y una frase al final: «He preparado una propuesta para que podamos dejarlo todo resuelto hoy».

Elena leyó esa frase mientras esperaba que terminara una impresión en el trabajo.

Después guardó el mensaje con el resto de las comunicaciones de Umbral.

Desde que habían entregado las pruebas el jueves, había conseguido pasar casi veinticuatro horas sin buscar noticias del accidente ni volver a abrir los correos firmados como Inés.

No quería que la reunión la devolviera al principio.

Durante la comida, Gabriel la llamó para confirmar si irían en el mismo coche.

—Prefiero llegar por mi cuenta —dijo Elena—. Después cada uno tendrá cosas que hacer.

—Está bien. Yo llevo la liquidación que me dieron el dieciséis.

—Lleva copias. Los originales de lo que entregamos ya están donde tienen que estar.

—No pensaba darles nada.

Elena se quedó un momento junto a la ventana del pasillo. La voz de su marido sonaba serena, pero todavía le costaba acostumbrarse a que pudieran hablar de asuntos prácticos sin discutir primero sobre todo lo que había ocurrido.

—Ayer declaraste lo del informe —dijo—. Hoy no tienes por qué explicárselo otra vez a Bárbara.

—No voy a ocultarlo si me pregunta.

—Tampoco necesitas empezar una conversación sobre eso por iniciativa suya. Vamos a escuchar una propuesta relativa a nuestra vivienda. Nada más.

Gabriel lo entendió. Quedaron en encontrarse delante del portal cinco minutos antes de la cita.

Elena llevó una libreta pequeña, la reclamación enviada por el albarán A-611 y el justificante de que Umbral había registrado la incidencia.

No se llevó el recetario, ni las copias de las facturas halladas en su interior, ni la carta falsa.

Las personas que debían comprobar esos objetos ya disponían de ellos.

A las cinco y veinte aparcó en una calle lateral del centro de Vega Alta.

Caminó hacia las oficinas mirando escaparates que había visto muchas veces sin prestarles atención.

Umbral ocupaba la planta baja de un edificio reformado, entre una asesoría y una tienda de electrodomésticos.

En el cristal de la entrada figuraba el nombre de la empresa en letras azules y, debajo, tres palabras: «Administración. Obras. Gestión».

Gabriel esperaba junto a la puerta con una carpeta bajo el brazo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí. ¿Tú?

—Preferiría estar en cualquier otro sitio.

Elena estuvo a punto de sonreír.

—En eso coincidimos.

Entraron juntos.

***

Bárbara los recibió en una sala de reuniones pequeña, separada de la recepción por un tabique de cristal translúcido.

Había una mesa blanca, una pantalla apagada y un aparador con vasos colocados boca abajo.

Sobre la mesa esperaban tres carpetas idénticas, cada una con una hoja de resumen sujeta por una pinza.

—Gracias por venir —dijo Bárbara—. Sé que lleváis unas semanas agotadoras. Precisamente por eso quería que tuviéramos la oportunidad de aclarar las cuentas con tranquilidad.

Vestía una chaqueta de punto gris y llevaba el pelo recogido.

Su aspecto era el mismo de la tarde de la mudanza, cuando había entrado en la cocina con palmeras de una pastelería y los teléfonos de mantenimiento escritos en un bloc.

Elena recordó cuánto alivio le había producido entonces conocer a alguien que parecía hacerse cargo de los problemas de la casa.

—Nos interesa aclarar el cargo del contenedor —respondió Gabriel.

—Claro. Empecemos por ahí.

Bárbara repartió las carpetas. En la primera página había tres conceptos destacados con letra grande: rectificación del albarán A-611, anulación de honorarios de gestión pendientes y compensación comercial extraordinaria.

—Hemos revisado vuestra reclamación —explicó—. Se produjo un cruce de imputaciones entre expedientes. El coste asociado al A-611 no debió aparecer íntegramente en la liquidación de la vivienda. Os corresponde la devolución de setecientos sesenta y dos euros con treinta céntimos.

Gabriel levantó la vista.

—Entonces estáis reconociendo que nos lo cobrasteis incorrectamente.

—Estamos corrigiendo una asignación contable. Que exista un error de imputación no significa que se haya actuado con intención de perjudicar a nadie.

—No he dicho eso —respondió él.

Bárbara señaló la segunda línea.

—Además, vamos a dejar sin efecto cuatrocientos cincuenta euros de honorarios de cierre que todavía estaban pendientes.

Y, por las molestias, podemos ofrecer una compensación de seiscientos euros.

Con eso evitamos discusiones por importes pequeños y terminamos una relación de gestión que ha sido más larga de lo previsto.

Elena hizo la suma en el margen de su libreta. Mil ochocientos doce euros con treinta céntimos de beneficio total, aunque parte consistiera en dejar de reclamarles una cantidad y no en ingresar dinero en su cuenta.

No era una cifra insignificante. Gabriel todavía tenía gastos de su antiguo estudio y habían tenido que recurrir a sus ahorros para terminar la mudanza. Cualquier devolución les habría venido bien. La oferta, además, incluía más de lo que habían solicitado.

—¿Cuándo nos devolveríais el cargo incorrecto? —preguntó.

—En cuanto se formalice el acuerdo y administración tramite el abono. No debería demorarse.

Elena buscó la segunda página. Arriba decía «Acuerdo privado de regularización y cierre de relaciones de gestión».

No era un simple justificante de rectificación.

Tenía apartados numerados y una línea de firma para Gabriel, como propietario, y otra para ella, identificada como parte interesada en la vivienda.

—¿Por qué tengo que firmarlo yo? —preguntó Elena.

—Porque has intervenido en las reclamaciones y queremos evitar que, una vez solucionado el asunto, una de las dos partes entienda que quedaron cuestiones pendientes.

—¿Qué cuestiones?

—Las derivadas de la administración de la casa. Arreglos, accesos, liquidaciones. Todo lo que nos ha ocupado estos meses.

Elena dejó de leer para escuchar la respuesta. Después volvió al documento.

El primer apartado describía el reintegro y la anulación de honorarios.

El segundo establecía que la cantidad ofrecida se aceptaba «sin reconocimiento de responsabilidad por parte de Umbral Gestión».

Hasta ahí la redacción le pareció habitual en un acuerdo destinado a cerrar una discrepancia entre empresas y clientes.

El tercero era distinto.

«Con la ejecución de las prestaciones pactadas, las partes declaran plena y definitivamente saldadas las controversias económicas, contractuales y documentales, conocidas o susceptibles de derivarse de la gestión efectuada por Umbral Gestión entre mayo de 2025 y octubre de 2026, renunciando a formular ulteriores reclamaciones de naturaleza civil o mercantil vinculadas a dichas actuaciones».

Elena subrayó el comienzo y el final con un lápiz, sin tocar la hoja original.

—Esto es mucho más amplio que el albarán A-611.

Bárbara se inclinó ligeramente hacia ella.

—Es una cláusula de cierre. Si no fuera así, podríamos devolveros hoy ese importe y dentro de un mes volver a discutir una factura de pintura, una llamada a un proveedor o el coste de cambiar una llave. La compensación adicional existe precisamente para evitar esa situación.

—Nosotros no hemos reclamado una compensación adicional —dijo Elena—. Hemos pedido que se rectifique un cargo que no corresponde a nuestra casa.

—Y lo rectificamos. Pero el acuerdo ofrece algo más.

Gabriel pasó a la página siguiente. Elena vio cómo se detenía en un párrafo del cuarto apartado.

—¿Qué significa «no realizar manifestaciones que puedan perjudicar el buen nombre comercial de las partes»? —preguntó él.

—Evitar que una controversia ya resuelta siga provocando comentarios que dañen a la empresa o a vosotros. Nada extraordinario.

—Aquí también dice que el contenido de la liquidación, los intercambios documentales y las condiciones del acuerdo serán confidenciales —añadió Elena.

—Con las excepciones legales correspondientes, por supuesto.

Al final había una salvedad: «Lo anterior se entiende sin perjuicio de la información que deba facilitarse por requerimiento de autoridad competente».

Elena apoyó la yema del dedo debajo de esas palabras.

—Si yo encuentro mañana otra partida que no corresponde a nuestra vivienda, ¿podría reclamarla?

—Para eso se ofrece la compensación extraordinaria. Nos estamos dando un margen para cerrar también pequeñas discrepancias que no hayáis detectado todavía.

—¿Y si no es pequeña?

Bárbara entrelazó las manos sobre la mesa.

—Habría que examinarlo. Ningún documento puede cubrir cualquier cosa imaginable.

—Este intenta cubrir las controversias que podrían derivarse de dos años de gestión. No pone un límite de importe ni identifica a cuáles se refiere.

—Podemos mejorar la redacción si te preocupa algo concreto.

Elena siguió leyendo. El acuerdo hablaba de «no promover nuevas actuaciones de reclamación» relacionadas con la documentación intercambiada, siempre dentro del ámbito privado de la relación comercial.

No mencionaba a Inés ni al edificio del Alfar, pero tampoco limitaba las gestiones a las facturas de la vivienda.

Su alcance dependía de una expresión repetida varias veces: «actuaciones vinculadas».

—Quiero hacer una pregunta muy concreta —dijo—. ¿Este documento nos impediría facilitar voluntariamente a la Guardia Civil información sobre las gestiones de Umbral, aunque nadie nos la solicitara expresamente?

Bárbara no respondió de inmediato. Miró el párrafo que Elena señalaba.

—Nunca os pediría que incumplierais una obligación legal. Está previsto de forma expresa.

—No te he preguntado eso. He preguntado si podríamos entregar documentación por iniciativa propia.