Capítulo 23. La denuncia #2
—He explicado que Inés vivía en vuestra casa —dijo—. Y que me habló de facturas repetidas, de copias que había guardado y del miedo a que le atribuyeran errores que no eran suyos. Me han preguntado cómo lo sé. He dicho que me lo contó ella, no que yo viera esas facturas.
—Has contado lo que sabías.
—También he dicho que no sé por qué fue al Alfar el día que murió.
Elena asintió. Durante semanas habían intentado llenar precisamente ese hueco con conjeturas. Oír a Lidia reconocerlo en voz alta hizo que la ausencia pareciera todavía más importante.
***
Gabriel estuvo dentro más tiempo que ellas.
Cuando salió, tenía la expresión cansada y la carpeta de sus correos bajo el brazo, aunque bastante más delgada. Buscó a Elena con la mirada. Lidia seguía junto a la ventana.
—He declarado que firmé el informe el veintinueve —dijo Gabriel—. Que no hice la visita del veintiséis y que sabía que el documento llevaba esa fecha. He entregado los correos que encontré y los justificantes de mis trabajos con Umbral.
Lidia se levantó.
—¿Se lo ha dicho tal cual?
Gabriel la miró.
—Sí.
—¿Y ha explicado que Inés ya estaba muerta cuando firmó?
—Sí.
Lidia apretó la correa de su bolsa. Elena creyó que iba a preguntarle algo más, pero la hermana de Inés se quedó un instante mirando hacia el despacho del que él acababa de salir.
—Mi hermana no va a poder leer lo que usted firmó ni decir si estaba bien o mal —dijo—. Espero que no vuelva a esconderse detrás de ese papel.
—No voy a hacerlo.
—Eso espero.
Gabriel bajó la vista. Elena no intervino. Su marido no necesitaba que lo defendiera de la indignación de Lidia, y esta no tenía por qué conformarse con una disculpa.
La agente volvió a llamarlos para aclarar una última cuestión: la procedencia de la fotografía del informe que había llegado desde la cuenta anónima.
Gabriel confirmó que coincidía con la copia que él había enviado a Umbral.
No sabía quién había tenido acceso después ni si ese archivo se había incorporado a alguna actuación relativa al accidente.
La agente le indicó que conservara también el soporte desde el que había recuperado sus correos, por si era necesario verificar su origen.
Al terminar, explicó a Elena que la nueva documentación se uniría a lo ya comunicado y que tendría que contrastarse con los registros originales de las empresas y con las actuaciones existentes sobre la muerte.
No prometió que se reabriera el caso ni que fueran a citar a alguien aquella misma semana.
—Lo importante —dijo— es que ahora hay referencias concretas que pueden comprobarse. La información se trasladará por los cauces que correspondan. Si necesitan ampliar alguna declaración, se pondrán en contacto con ustedes.
Elena preguntó por el recetario y el bloc. Había firmado la entrega, pero quería asegurarse de que conservaría un justificante con la descripción de los objetos.
Se lo facilitaron. Comprobó el número de hojas, las fechas de los correos y la referencia del informe antes de guardar la copia.
Al salir a la calle, el sol de octubre les dio de frente. Lidia se quedó quieta junto a la puerta, con el bolso abierto, buscando unas gafas que finalmente llevaba sobre la cabeza. Gabriel se apartó unos pasos para dejarlas hablar.
—Pensé que al contarlo me sentiría mejor —dijo Lidia.
—¿Y cómo te sientes?
—Como si hubiera dicho cosas que llevo repitiéndome un año, pero esta vez alguien las hubiera escrito.
Elena entendió lo que quería decir. Una declaración no recuperaba a Inés ni explicaba una caída. Sin embargo, impedía que sus dudas siguieran existiendo únicamente en conversaciones familiares.
—Mi padre me preguntará si han encontrado algo —añadió Lidia.
—Puedes decirle que ahora tienen más documentos que comprobar. Es la verdad.
Lidia asintió. Miró hacia Gabriel, que esperaba junto al bordillo.
—No voy a pedirte que dejes de quererlo —dijo a Elena—. Pero me alegro de que haya venido a contarlo.
—A mí también.
No era suficiente para reparar su matrimonio. Tampoco tenía por qué serlo para que la declaración importara.
Lidia se despidió y se marchó hacia la plaza. Gabriel se acercó entonces, sin hacer intención de acompañar a Elena al coche.
—Supongo que habrá consecuencias —dijo.
—Sí. No sabemos cuáles.
—No voy a pedirte que retires nada de lo que has aportado.
Elena lo miró. La frase le recordó cuántas conversaciones habían mantenido sin saber si la otra persona pretendía convencerla, callarla o protegerla.
—No iba a retirarlo —respondió.
—Lo sé.
Se quedaron unos segundos sin encontrar nada más que añadir.
Después Gabriel dijo que regresaría a casa para buscar unos archivos del estudio por si necesitaban ampliar la información.
Elena le pidió que no alterara ni descartara ninguna documentación relativa a Umbral, aunque le pareciera repetida. Él asintió.
Se despidieron con un gesto breve de la mano.
***
A primera hora de la tarde, Elena volvió al trabajo.
Había avisado de que llegaría tarde y tenía varias tareas acumuladas.
Durante un par de horas logró concentrarse en una caja de documentos que necesitaba una nueva protección interior.
El silencio del taller y las medidas precisas le hicieron bien.
Al terminar encontró un correo nuevo en su teléfono. No venía de la cuenta que se hacía pasar por Inés.
El remitente era Bárbara Cano, desde su dirección profesional de Umbral Gestión.
«Hola, Elena. He revisado vuestra reclamación sobre el albarán A-611.
Creo que podremos aclarar la imputación sin más complicaciones.
Hay varios asuntos de la vivienda que convendría tratar juntos antes de cerrar definitivamente la liquidación.
Si os parece, podemos vernos mañana por la tarde y buscar una solución que resulte razonable para todos.
Prefiero hablarlo personalmente, porque por correo es fácil que se mezclen cuestiones distintas».
Elena leyó el mensaje dos veces.
Bárbara tenía razones legítimas para escribirles: el miércoles habían pedido que rectificara por escrito un gasto de la vivienda. Nada en aquel correo demostraba que supiera lo ocurrido esa mañana en el puesto. Tampoco mencionaba el informe, a Inés ni los papeles del recetario.
Aun así, había una expresión que llamó su atención: «tratar juntos».
Era exactamente lo que Elena llevaba días intentando evitar.
El alquiler oculto, las facturas y la firma de Gabriel habían quedado mezclados durante demasiado tiempo, y quien los había administrado era la misma persona que ahora proponía resolverlos en una sola conversación.
No respondió de inmediato. Guardó el correo original y lo incorporó a la carpeta de la reclamación, separado de los mensajes anónimos. Después escribió a Gabriel para informarle de la propuesta. Él confirmó que también lo había recibido.
«¿Quieres que vayamos?», preguntó.
Elena pensó en la mañana que acababan de pasar, en Lidia sosteniendo la foto de su hermana y en la hoja de entrega del recetario.
Por primera vez, las preguntas sobre Umbral estaban recogidas fuera de la propia empresa.
Ya no dependían de que Bárbara tuviera tiempo para atenderlas ni de que Gabriel aceptara sus explicaciones.
«Podemos escuchar qué propone», escribió. «Pero no firmaremos ningún acuerdo ni retiraremos ninguna reclamación allí. Y todo lo que diga sobre las cuentas tendrá que quedar después por escrito».
Gabriel contestó que estaba de acuerdo.
Elena dejó el teléfono sobre la mesa. Hasta ese momento, Bárbara había aparecido siempre como alguien que resolvía incidencias: ofrecía alojamiento, entregaba llaves, localizaba facturas, cerraba expedientes.
Cuando surgía una dificultad, proponía una gestión para que todos pudieran seguir adelante.
Al día siguiente Elena iba a escucharla sin aceptar de antemano que cerrar un asunto significara haberlo explicado.