La inquilina anterior (Las casas de nadie 1) Capítulo 23. La denuncia
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Capítulo 23. La denuncia

El jueves, Elena extendió sobre la mesa de Marta cuatro montones de papeles y descubrió que le faltaba una hoja de índice.

Había preparado uno la noche anterior, con fechas, títulos y una columna para indicar de dónde procedía cada documento. Lo encontró dentro de la funda del recetario, donde lo había guardado para que no se confundiera con las copias de Inés.

—Como sigas ordenándolos, van a necesitar un archivo para guardar el índice del archivo —dijo Marta desde la cocina.

—No quiero entregar una mezcla de cosas que parezcan relacionadas solo porque yo las he puesto juntas.

—Eso sí lo entiendo.

Marta dejó dos tazas de café en el extremo libre de la mesa.

Elena había separado los correos anónimos y la carta falsa, los documentos de la estancia de Inés en la casa, las facturas del recetario y los mensajes relacionados con el informe del Alfar.

Cada grupo tenía una nota breve sobre lo que podía acreditarse y lo que todavía necesitaba comprobarse.

Había una diferencia que no quería perder de vista.

El proveedor había confirmado por escrito un único servicio de retirada de residuos en la calle del Alfar.

Gabriel había aportado el justificante de un pago que incluía ese mismo albarán, cargado a la casa de Amalia.

La hoja de control de 2025 apuntaba a una duplicidad.

En cambio, nadie había demostrado todavía quién hizo las anotaciones ni si el propietario del edificio también había pagado el cargo.

Y el informe de seguridad, aunque llevara una firma auténtica, describía una visita que su firmante reconocía no haber realizado.

—¿Llevas también el cuaderno azul? —preguntó Marta.

—Sí. El bloc y la carta, separados. Quiero que puedan ver los bordes sin tener que fiarse de mis fotografías.

El recetario ocupaba más espacio que todo lo demás. Elena lo había envuelto en papel protector y lo llevaba dentro de una caja rígida. Las cuatro hojas halladas en la guarda estaban en otra funda, con las fotografías que había tomado antes de sacarlas.

Su teléfono vibró. Era Lidia.

«Ya estoy abajo. No te preocupes por la hora».

Habían quedado en acudir juntas al puesto de la Guardia Civil.

Gabriel iría también, aunque había pedido hablar por separado.

Elena no lo había organizado de aquel modo para evitar que se encontraran: cada uno debía responder únicamente por lo que sabía, sin escuchar antes cómo lo explicaban los demás.

Cerró la carpeta y tomó un sorbo de café ya tibio.

—¿Estás nerviosa? —preguntó Marta.

—Más que cuando fui la primera vez.

—Ahora tienes más cosas que contar.

—Precisamente.

Marta no intentó tranquilizarla. Se limitó a colocar las tazas en el fregadero y acompañarla hasta la puerta.

***

Lidia esperaba junto al coche con una bolsa de tela entre las manos. Llevaba dentro el móvil, un cargador y una carpeta estrecha de cartón.

—He traído las conversaciones con Inés —dijo mientras se acomodaba en el asiento—. No las he impreso todas. Hay mensajes nuestros que no tienen nada que ver y prefiero conservarlos para mí.

—No tienes por qué entregarlos enteros. Puedes mostrar los que recuerdas y explicar su contexto.

—Eso haré.

Circularon un rato sin hablar. Cerca de la plaza de los Olmos había un camión descargando bebidas y tuvieron que esperar a que un empleado retirara las cajas del paso.

Elena recordó el día en que había conocido a Lidia en aquella misma plaza.

Entonces se había preguntado si la hermana de Inés accedería siquiera a sentarse con ella.

—Mi padre quería venir —dijo Lidia cuando retomaron la marcha—. Le he dicho que no hacía falta. Después de tantos meses esperando que alguien nos dijera algo, ahora cree que cada papel va a cambiarlo todo.

—Puede que cambie lo que se investiga. No tiene por qué darnos hoy una respuesta.

—Lo sé. Él también lo sabe cuando se lo explicas. Luego llega a casa y vuelve a preguntarme si encontraron algo.

Elena aparcó a una calle del puesto. Antes de bajarse, Lidia se quedó mirando sus manos.

—¿Gabriel está ya allí?

—Me dijo que llegaría a las diez.

—No sé qué voy a decirle si me lo encuentro.

—No tienes que decirle nada.

Lidia dejó escapar una risa breve y sin alegría.

—Eso me repito. Pero llevo un año sin poder preguntarle nada a la gente que firmó papeles sobre la muerte de mi hermana. Y ahora una de esas personas está a unos metros.

Elena esperó a que abriera la puerta. No quiso ofrecerle una disculpa en nombre de Gabriel. Tampoco habría sabido cómo hacerlo sin convertir el daño de Lidia en una parte de su propio matrimonio.

En la sala de espera reconoció al agente que había recogido la primera denuncia. Él las saludó y les indicó que una compañera revisaría los documentos antes de tomarles declaración. Había otras personas esperando, así que se sentaron con la caja del recetario entre ambas.

Gabriel llegó unos minutos después.

Se detuvo al verlas. Saludó a Elena en voz baja y miró a Lidia sin acercarse.

—Soy Gabriel Ríos —dijo al fin—. Siento mucho lo de su hermana.

Lidia levantó la vista.

—Ya sé quién es.

Gabriel asintió. No intentó tocarle el brazo ni añadir una explicación.

—Voy a esperar allí —dijo, señalando una silla junto a la ventana.

Lidia lo siguió con la mirada hasta que se sentó. Después abrió su carpeta y sacó la fotografía de Inés con la camiseta de rayas, tomada cuatro días antes de morir.

—La he traído para mí —aclaró—. No es una prueba de nada.

Elena no le pidió que la guardara.

***

La agente que las recibió había leído las comparecencias anteriores. Lo supieron porque empezó por una pregunta concreta, sin obligar a Elena a contar otra vez la mudanza y los tres primeros correos.

—Desde su última aportación, ¿qué documentación nueva puede identificar por su origen?

Elena abrió el índice.

—Esta factura es una copia que apareció dentro de un recetario de la vivienda. No sé quién la escondió. Pero el proveedor me ha contestado desde la dirección que figura en la factura y confirma un único servicio con ese número de albarán.

Mostró el correo de Transportes Mira, la factura y los cargos posteriores. Explicó que el servicio había tenido lugar en el Alfar, no en la vivienda de Amalia. Después aportó el desglose remitido por Gabriel y el justificante bancario de la remesa que incluía los 762,30 euros.

La agente fue separando las hojas sobre la mesa.

—¿Puede afirmar que ambas propiedades abonaron ese importe a Umbral?

—Solo que se repercutió entero a las dos y que la casa de Amalia pagó el suyo. No tengo los movimientos de la otra propiedad.

—Bien. Lo dejaremos así.

Elena agradeció aquella respuesta. Había pasado varios días preocupándose por la manera de explicarlo y la agente había identificado la distinción de inmediato.

Después abrió la caja del recetario. Señaló la guarda desprendida y entregó las fotografías que documentaban el hallazgo.

El libro seguía oliendo levemente a cocina, pese al papel protector.

Elena sintió pudor al verlo sobre una mesa donde se tomaban declaraciones.

Recordó a Inés sosteniéndolo con una mano mientras fotografiaba unas judías mal cocinadas.

—Las cuatro hojas estaban aquí —indicó—. No arranqué ni despegué la guarda. Se habían introducido por una abertura que ya existía.

La agente examinó el paquete sin desdoblar los originales.

—¿Quiere que queden a disposición para su examen?

—Sí. Quiero también que conste cómo los encontré. No puedo asegurar que los dejara Inés, aunque su hermana me dijo que había guardado copias de documentos del trabajo.

Tomaron una relación de los objetos y acordaron cómo se formalizaría su entrega, incluida la descripción de las cuatro hojas y del libro.

Elena comprobó el texto antes de firmar.

Le resultó extraño que un recetario con anotaciones sobre la sal y el tiempo de cocción pudiera terminar identificado por el estado de su encuadernación, pero era la forma de conservar lo que importaba.

La agente pasó entonces a los correos anónimos y a la carta.

Elena entregó los mensajes tal como los había descargado, sin sustituirlos por capturas editadas, y explicó la comparación con el bloc azul.

No presentó sus fotografías como una prueba pericial.

Se limitó a mostrar la coincidencia de los desgarros, las huellas de presión y la imagen tomada el 2 de octubre, cuando Bárbara había escrito los datos de la casa.

—¿Quién tuvo acceso a ese bloc? —preguntó la agente.

—Bárbara lo trajo el día de la mudanza. Después estuvo en nuestra casa. Mi marido y yo podíamos cogerlo y no sé quién más pudo tenerlo antes. Tampoco sé quién arrancó la hoja ni quién la escondió detrás del cuadro.

—¿Y las llaves de la vivienda?

—Se cambiaron las dos cerraduras el día diez. El cerrajero dejó los juegos nuevos en casa. Yo vi la entrega, pero no conté las copias. Durante las obras habían tenido acceso varias personas de Umbral y trabajadores de distintas empresas.

Elena no había relacionado hasta entonces aquella pregunta con la falsificación.

Sabía que alguien había escondido objetos en la casa, pero no podía decir en qué momento lo hizo.

Una llave antigua pudo servir antes del cambio; después habría sido necesaria otra forma de entrar o, simplemente, que las cosas ya estuvieran colocadas.

La agente no formuló ninguna conclusión. Anotó quién había intervenido en el cambio de cerraduras y cuándo.

Lidia declaró después, por separado. Elena esperó fuera, con las manos vacías por primera vez desde que habían llegado.

En el pasillo había un tablón de anuncios con recomendaciones para prevenir estafas y un reloj cuyo segundero avanzaba a golpes.

No podía escuchar lo que decía Lidia al otro lado de la puerta. Le pareció correcto.

Al salir, su compañera llevaba la carpeta cerrada contra el pecho.