Capítulo 22. La explicación #2
El comentario le produjo una ternura inesperada.
Gabriel había firmado una hoja que no debía, le había mentido sobre una mujer que había vivido en su casa y, aun así, seguía siendo el hombre que se preocupaba por un libro de recetas viejo.
Elena no necesitaba dejar de reconocerlo para mantener su decisión de vivir, de momento, en otro lugar.
***
Esa tarde recibió un correo de Umbral Gestión. Estaba dirigido tanto a Gabriel como a ella y llevaba como asunto «Liquidación final vivienda. Documentación pendiente».
Bárbara les recordaba que la conformidad de las cuentas de la casa no había llegado en la fecha prevista.
Adjuntaba de nuevo el resumen de partidas y ofrecía una llamada para aclarar cualquier duda.
En el último párrafo pedía que confirmaran por escrito si existía alguna discrepancia concreta, para no retrasar indefinidamente el cierre del expediente.
Elena repasó el mensaje. No había nada amenazante en el tono. A cualquier cliente podía parecerle una comunicación profesional y razonable. A ella misma le habría parecido así quince días antes.
Buscó el cargo del albarán A-611 en el resumen adjunto.
Seguía incluido por su importe completo, aunque ya tenía una confirmación del proveedor de que correspondía a una única retirada en la calle del Alfar.
Si ella y Gabriel hubieran firmado la conformidad sin revisar las copias, aquel gasto habría quedado aceptado dentro de una liquidación que se presentaba como definitiva.
No era necesario inventar una intención oculta para entender el efecto del procedimiento.
Elena redactó una respuesta conjunta que no enviaría sin que Gabriel la leyera: «No podemos prestar conformidad al cargo A-611 porque el proveedor lo identifica con un servicio realizado exclusivamente en otra dirección.
Conservamos documentación de la imputación y del pago.
Solicitaríamos el desglose y la rectificación por escrito».
Se la reenvió a Gabriel con un mensaje: «Comprueba que estás conforme. No voy a discutir por teléfono lo que podemos pedir con referencias concretas».
Él respondió unos minutos después: «Estoy conforme. Puedes enviarlo y me copias».
Elena cambió la primera persona del singular por el plural, adjuntó únicamente la referencia necesaria y envió la solicitud.
No mencionó el recetario ni la nota sobre la inicial B.
Tampoco preguntó por el informe de seguridad en aquel mismo correo.
Eran asuntos distintos y quería que se conservaran como tales.
La contestación automática de Umbral llegó enseguida. Le asignaba un número de incidencia y prometía una respuesta una vez consultado el departamento correspondiente.
Elena guardó el correo. Era poca cosa: un registro y una pregunta formulada por escrito. La primera vez que habló con Bárbara sobre Inés había dependido de sus explicaciones. Ahora tenía una cifra, un albarán y el justificante de un pago.
Lidia la llamó antes de cenar. Había hablado con su padre acerca del informe firmado por Gabriel y quería saber si ya se había aportado a la Guardia Civil.
—Él está preparando su declaración y yo entregaré lo que he recibido —explicó Elena—. Los correos originales deben comprobarse. No quiero que esa parte quede únicamente en una conversación entre nosotros.
—Mi padre dice que si alguien firmó después del accidente, tendría que averiguarse para qué se utilizó ese documento.
—Estoy de acuerdo. Todavía no sabemos si llegó a incorporarse a ningún expediente oficial.
Lidia dejó escapar el aire.
—Yo pensaba que, si encontrábamos los papeles de Inés, por fin sabríamos qué pasó.
—Hemos encontrado una parte de lo que ella investigaba. Eso puede ser importante sin responder todavía a lo demás.
—Lo sé. Lo que me cuesta es que todo dependa siempre de los mismos nombres.
Elena no le pidió que los repitiera.
—Las cuentas de Umbral, el informe pedido por Bárbara, la casa donde Inés vivía —continuó Lidia—. Mi hermana decía que su jefa cambiaba las cifras. Gabriel dice que le pidió una firma. ¿No te parece que eso merece investigarse?
—Sí. Pero quiero que lo investiguen con los documentos, no con una conclusión que nosotras hayamos tomado antes.
Lidia se quedó callada. Cuando habló de nuevo, su voz era menos tensa.
—Eso también habría querido Inés. Que miraran los números de verdad.
Elena recordó la nota del recetario: «Pedir soporte del segundo cargo». Inés había querido conservar algo que permitiera formular una pregunta sin depender de la respuesta de su jefa.
—Mañana prepararé las copias para aportarlas todas juntas —dijo Elena—. Si tú quieres acompañarme, podemos ir las dos.
—Quiero.
Después de colgar, revisó la libreta. El 21 de agosto, alguien había marcado un cargo irregular para revisarlo. El 29 de agosto, Gabriel había enviado un informe fechado tres días antes. Entre ambas fechas quedaba el miércoles 27, del que seguían sin conocer las circunstancias esenciales.
Bárbara aparecía en los dos extremos: administraba las cuentas y había pedido a Gabriel que acudiera a cerrar el expediente. Era una relación que los documentos permitían examinar, no una respuesta sobre lo sucedido entre esas fechas.
Elena guardó la libreta junto al recetario y la funda de la carta falsa.
Durante dos semanas alguien había intentado explicarle la vida de Inés mediante mensajes anónimos y objetos escondidos. Ahora ella podía reconstruir una explicación distinta, hecha de facturas, correos y decisiones que sus protagonistas tendrían que reconocer o desmentir.
La firma de Gabriel había dado a un papel una apariencia de certeza que no merecía. Elena no quería cometer el mismo error con el nombre de Bárbara.
Al día siguiente, cuando entregaran la documentación, pediría que se comprobaran sus actos. Lo que había ocurrido en la escalera seguía siendo una pregunta abierta.