Capítulo 22. La explicación
El miércoles, Elena encontró en su correo seis archivos enviados por Gabriel a las once y media de la noche anterior.
El mensaje que los acompañaba era breve: «Son las copias que he podido recuperar. He dejado los correos con sus datos de envío y he separado los justificantes del banco. No he cambiado nada. Mañana pediré asesoramiento para presentarlo todo».
Marta había salido temprano. En la mesa de la cocina quedaban una taza boca abajo y una nota que decía: «No te comas el yogur de fresa si quieres seguir siendo mi amiga».
Elena preparó café y trasladó los archivos al portátil.
Los abrió uno por uno, sin utilizar la opción que los ordenaba automáticamente por nombre.
Necesitaba conocer la secuencia en que habían existido, no la que Gabriel había elegido al guardarlos.
«Cuando quede regularizado el expediente de la actuación, administración podrá continuar con el cierre de los servicios pendientes», decía el último párrafo.
Elena leyó la frase tres veces. No contenía una amenaza. Ni siquiera ordenaba expresamente que firmara el informe para cobrar. Pero colocaba las dos cosas en la misma condición: primero cerrar los papeles de la obra, después tramitar el dinero.
En otro archivo, el correo de respuesta de Gabriel a las cuatro y seis de aquella tarde, figuraba un documento adjunto.
Se llamaba «Alfar18_InformeVisita_260825.
pdf». Elena lo abrió. Era la misma hoja que había recibido fotografiada desde la cuenta de Inés, con la fecha del día veintiséis y la firma de su marido.
La copia digital se veía mejor que aquella fotografía: no había sombras de una mesa ni bordes doblados.
La existencia de ese archivo en un mensaje enviado el día veintinueve confirmaba que Gabriel había remitido la hoja después de la muerte de Inés.
No permitía determinar cuándo se había estampado la firma, ni demostraba por sí sola que el contenido fuera falso.
Eso seguía dependiendo de la confesión de Gabriel y de las comprobaciones que pudieran hacerse en el expediente original.
Elena abrió el siguiente correo.
Era del martes 2 de septiembre. Bárbara confirmaba la recepción de la documentación y señalaba que las dos facturas de Gabriel habían pasado a administración para tramitarse.
Terminaba con una fórmula que Elena conocía de tantos mensajes laborales: «Gracias por la colaboración y disculpa las molestias».
Miró después los movimientos bancarios. El viernes 5 de septiembre había entrado una transferencia de dos mil cien euros procedente de Umbral Gestión. El resto de lo que Gabriel tenía pendiente de cobrar no llegó hasta meses después.
Elena escribió las fechas en una hoja de papel, sin flechas ni círculos: veintinueve de agosto, petición e informe firmado; dos de septiembre, confirmación de trámite; cinco de septiembre, primer abono.
Era una secuencia compatible con lo que Gabriel le había contado.
No probaba las palabras pronunciadas a puerta cerrada en el despacho de Bárbara.
Tampoco demostraba que el ingreso fuera un premio por firmar: Gabriel había realizado trabajos que tenía derecho a cobrar.
Pero explicaba por qué la presión había funcionado.
La decisión de pagar no se había presentado como un intercambio ilícito, sino como el siguiente paso natural de una gestión pendiente.
Elena recordó otra frase de Gabriel, repetida durante todo el verano anterior: «La obra va saliendo. Lo tengo controlado». Había pensado que hablaba de los albañiles, de los retrasos y de los materiales. Ahora sabía que también hablaba de deudas que no se había atrevido a mostrarle.
La explicación era plausible. Eso no la hacía menos dolorosa.
***
En el centro de conservación, Elena pasó la primera hora limpiando una caja de archivo. El trabajo exigía paciencia y la obligó a apartar el teléfono.
Durante el descanso, abrió la documentación del recetario.
Buscó la hoja de control impresa el 21 de agosto de 2025. Seguía allí el albarán A-611, con sus dos cargos y la observación manuscrita: «Mismo albarán. Comprobar antes de cerrar». Debajo, la nota que no había sabido atribuir: «B. dice que lo deje. Pedir soporte del segundo cargo».
Aquellas anotaciones eran anteriores a la caída.
Las irregularidades contables que Inés había mencionado a su hermana no podían ser consecuencia de la muerte ni del informe firmado después.
Habían existido antes. En cambio, el informe del día veintiséis, remitido realmente el veintinueve, había sido creado o formalizado cuando Inés ya no podía explicar qué había encontrado.
Elena colocó ambos grupos de documentos en carpetas distintas.
El primero permitía preguntar por gastos mal imputados. El segundo, por qué se necesitó la firma de un técnico que no había inspeccionado la obra. Podían estar relacionados a través de Umbral Gestión, pero todavía faltaba demostrar qué relación concreta existía entre ellos.
Marta apareció en la puerta del despacho con dos vasos de café.
—¿Has hablado con Gabriel?
—No desde anoche. Me ha enviado sus correos y los justificantes de lo que le pagaron.
—¿Cuadran con lo que contó?
—Las fechas, sí. Le pidieron cerrar el expediente el viernes veintinueve, envió el informe esa tarde y le comunicaron que tramitaban los pagos el martes siguiente. El primer ingreso llegó el viernes.
Marta dejó el café en una zona libre de papeles.
—Entonces le apretaron con el dinero.
—Eso parece. Pero una cosa es que coincidieran los trámites y otra poder acreditar una amenaza. Lo que está claro es que él firmó algo que no había comprobado.
—¿Y la mujer que gestionaba todo aquello?
—Bárbara. Recibía los papeles, llevaba las liquidaciones y sabía que Gabriel estaba esperando cobrar. También era la persona que organizó la estancia de Inés en nuestra casa.
Marta la observó un instante.
—Dicho así, parece que sabía muchísimo sobre los dos.
—Porque era su trabajo saberlo, en parte. Administraba inmuebles y gestionaba a los trabajadores. Lo que intento averiguar es qué hizo con esa información.
Pensó en el primer día de la mudanza. Bárbara había llegado con una carpeta azul y un cuaderno de incidencias. Hablaba de garantías, proveedores y teléfonos con soltura; nunca parecía necesitar tiempo para localizar una factura o recordar quién conservaba una llave.
Era buena en su trabajo, o al menos en presentar cada problema como una gestión sencilla. Aquella habilidad podía explicar muchas de las decisiones de Gabriel sin convertir automáticamente a Bárbara en responsable de la muerte de una empleada.
—¿Vas a preguntárselo directamente? —dijo Marta.
—No antes de aportar los documentos. Si hay una investigación, prefiero que las preguntas sobre ese informe no dependan de una conversación que luego ninguna pueda demostrar.
Marta asintió.
—Eso suena bastante más sensato que presentarse allí a exigir una confesión.
—Además, ni siquiera sé de qué tendría que confesar exactamente.
Elena cerró la carpeta. Bárbara ya no aparecía en sus notas únicamente como administradora: había propuesto la estancia de Inés, gestionado las cuentas de dos propiedades y pedido regularizar un informe después de la muerte, vinculando su cierre con la tramitación de pagos.
No era un retrato hecho de impresiones. Eran actos que podían situarse en fechas y documentos. Su significado, sin embargo, todavía no estaba completo.
***
Al mediodía, Gabriel la llamó.
—He pedido una cita para que me orienten antes de entregar los archivos —dijo—. Quiero presentarlos sin perder los correos originales. También voy a explicar que no hice la visita.
—Me parece lo correcto.
—Me han contestado por fin sobre el expediente completo del Alfar. Dicen que debo solicitarlo por un cauce formal y que no pueden darme la copia de una obra ajena sin autorización.
Elena había esperado que la negativa la enfadara. En cambio, comprendió que la documentación de un edificio en el que vivían otras personas no debía circular simplemente porque Gabriel conociera a la administradora.
—Entonces que lo soliciten quienes tengan que hacerlo —dijo—. No necesitamos que te den por favor lo que luego sería imposible verificar.
—Eso he pensado.
Gabriel guardó silencio. Elena oyó un motor cercano y una puerta al cerrarse.
—¿Has mirado lo de los pagos? —preguntó él.
—Sí. El primer ingreso es posterior a la entrega del informe. La secuencia encaja con lo que me contaste.
—No quiero que parezca que me estoy justificando con los cuatro mil euros.
—Ayer ya me dijiste por qué lo hiciste. Hoy estoy comprobando cómo ocurrió.
Él tardó en responder.
—Ojalá hubiera entendido antes la diferencia.
Elena se apoyó en la pared del pasillo.
—¿Te llamó Bárbara para hablarte de Inés alguna vez entre el accidente y la firma? Aparte de decirte que había muerto.
—Me dijo que había sido una caída y que estaban todos alterados. No recuerdo que habláramos de por qué estaba en el edificio. Yo tampoco se lo pregunté.
—¿Y cuando te enseñó el informe mencionó una escalera concreta?
—No. Habló de accesos y de zonas de circulación. Me dijo que era una comprobación de archivo, no una reconstrucción de lo ocurrido. Eso fue lo que acepté sin pedir pruebas.
Elena pensó en la frase del documento: «En las áreas comprobadas no se aprecian incidencias». Era lo bastante general para parecer un trámite y lo bastante terminante para resultar importante si alguna vez se utilizaba como prueba del estado de la obra.
—No vuelvas a interpretar por ella qué quería decir —respondió—. Limítate a contar lo que recuerdas y qué documentos has conservado.
—Lo haré.
Antes de colgar, Gabriel preguntó si el recetario seguía en casa de Marta. Elena contestó que sí, junto a los papeles encontrados en la guarda.
—Cuídalo —dijo él—. Era de mi tía.
—Lo estoy cuidando.