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Capítulo 21. La confesión de Gabriel #2

Elena leyó la cabecera. El mensaje, enviado el 29 de agosto por la tarde, decía que adjuntaba el informe firmado y solicitaba que tramitaran las facturas pendientes. El archivo se identificaba con el mismo código que aparecía en la fotografía anónima.

—Esto acredita que enviaste ese documento dos días después —dijo—. No que todo lo que me cuentas de la llamada sea cierto.

—Lo sé. La llamada no la grabé. Quiero declarar lo que hice y que pidan el expediente que conserve Umbral. No voy a presentarte el correo como si borrara mi responsabilidad.

Elena le devolvió la impresión.

—¿Por qué me lo cuentas hoy?

Gabriel apoyó las manos sobre las rodillas.

—Porque ayer me enseñaste que habían cargado a nuestra casa un gasto de otra obra y que el proveedor solo hizo un servicio.

Yo no había reparado en esa factura. Recordé que Bárbara también me pidió aquella firma como si fuera una gestión más que había que cerrar.

Volví a buscar el correo, esta vez por las facturas que esperaba cobrar. Lo encontré anoche.

—¿Sospechas que Bárbara hizo algo a Inés?

—No lo sé. No vi ninguna discusión entre ellas. No sé por qué Inés estaba allí el día que cayó. Estoy empezando a preguntarme si Bárbara me pidió que firmara para protegerse de una reclamación, pero eso es una sospecha, no algo que pueda afirmar.

Elena agradeció la distinción. Hasta entonces, cada documento parecía llegar con una acusación ya preparada. Gabriel estaba sentado delante de ella, admitiendo algo que podía perjudicarlo sin exigir que la responsabilidad de otra persona quedara demostrada primero.

—¿Estuviste en el edificio el veintisiete? —preguntó.

—No. Me enteré de la muerte cuando Bárbara me llamó el viernes. No tengo cómo demostrarte ahora dónde estaba cada hora del miércoles. Buscaré mi agenda y lo que conserve del trabajo, pero no quiero inventarme un recuerdo para tranquilizarte.

Elena se quedó callada.

—¿Sabes si alguien revisó de verdad la escalera antes del accidente?

—No. En las fotografías que me enseñó Bárbara no se veía lo suficiente. Y no he encontrado ningún acta de visita real. Esa es otra razón por la que no debí firmar.

El café de Gabriel llegó en una taza blanca. Él esperó a que la camarera se marchara y no lo tocó.

—Voy a llevar estos correos y una declaración de lo que hice a la Guardia Civil —dijo—. Pediré asesoramiento para aportar los originales de manera adecuada. También tendré que asumir lo que corresponda por haber firmado sin inspeccionar.

—Eso puede traerte consecuencias profesionales.

—Lo sé.

Elena recordó la noche en que encontró la carta detrás del cuadro.

Entonces Gabriel había repetido que no había tenido nada con Inés y que alguien estaba intentando hacerle parecer culpable.

Ahora ella sabía que esa carta había sido preparada después de la muerte de Inés.

Y también sabía que su marido había firmado un informe con una fecha falsa.

Las dos cosas eran ciertas. Ninguna anulaba la otra.

—Me habría gustado escucharte decir esto antes de marcharme de casa —dijo.

—A mí me habría gustado haber sido capaz de contártelo. Pero no lo hice.

Elena guardó su libreta. No quería que aquella conversación acabara convirtiéndose en una negociación sobre su regreso.

—No te puedo prometer que esto vaya a arreglar lo nuestro.

—No te lo estoy pidiendo.

—Y tampoco voy a guardar silencio para protegerte. Lidia tiene derecho a saber que ese informe no prueba lo que dice probar.

—Estoy de acuerdo. Quiero que lo sepa por una vía que no la obligue a fiarse solo de ti o de mí.

Elena levantó la vista. Era, quizás, la primera propuesta verdaderamente útil que Gabriel hacía desde el comienzo de los mensajes: dejar que sus palabras fueran comprobadas.

Pagaron por separado. Al salir, él recogió las carpetas y preguntó si necesitaba que la acompañara al coche. Elena dijo que no.

Se despidieron en la acera, sin abrazarse.

***

De regreso a casa de Marta, Elena aparcó frente a una tienda cerrada y llamó a Lidia. No quería que la hermana de Inés se enterara más adelante, a través de un papel incorporado a las diligencias, de que había conocido aquella confesión y había decidido callarla.

—He hablado con Gabriel —dijo cuando Lidia contestó—. Me ha explicado algo importante del informe del Alfar. Quiero contártelo con cuidado.

Le relató la fecha reconocida por Gabriel, la ausencia de una inspección real y el correo que decía haber recuperado. Distinguió lo que había visto impreso de lo que él acababa de confesar. No atribuyó a Bárbara ninguna intervención en la caída.

Lidia la escuchó sin interrumpir. Al terminar, preguntó:

—¿Me estás diciendo que firmó después de que muriera mi hermana un papel que decía que la escalera estaba bien?

—Un informe sobre las condiciones de seguridad de los accesos —precisó Elena—. No tenemos constancia de que comprobara la escalera. Gabriel dice que no hizo la visita y que firmó el día veintinueve un documento fechado el veintiséis.

—¿Y ese papel se utilizó para decir que fue un accidente?

—No lo sabemos. Eso habrá que comprobarlo en el expediente. No quiero decirte que lo utilizaron si aún no tenemos esa información.

Lidia tardó en responder.

—Es que llevo un año preguntándome si alguien miró de verdad por dónde se cayó Inés —dijo al fin—. Y ahora aparece un hombre que firmó que todo estaba bien sin haber estado allí.

Elena notó que se le humedecían los ojos. No había llorado durante la conversación con Gabriel. Había estado demasiado ocupada evitando que una afirmación sustituyera a otra.

—Sé que es terrible —respondió.

—¿Él va a contarlo a la Guardia Civil?

—Eso me ha dicho. Tiene un correo fechado el veintinueve que puede aportar. No quiero hablar por él, pero voy a asegurarme de que conste lo que yo sé.

Lidia respiró hondo.

—No necesito que Gabriel haya empujado a mi hermana para estar enfadada con él.

—Lo entiendo.

—Y tampoco quiero que una mentira sobre una inspección sea la única explicación que encontremos. Sigo sin saber qué hacía Inés en aquel edificio esa tarde.

—Yo tampoco.

Se despidieron cuando Lidia le dijo que necesitaba hablar con su padre. Elena esperó un rato antes de arrancar el coche. Afuera empezaban a encenderse las farolas y un hombre bajaba la persiana metálica de una ferretería.

Pensó en el cuadernillo azul, en la carta preparada para que sospechara de una infidelidad y en la hoja de seguridad firmada dos días después de una muerte. Una prueba había sido fabricada para engañarla; la otra contenía una firma auténtica puesta sobre una comprobación que no había existido.

Durante días había pensado que el mayor peligro era no distinguir los documentos verdaderos de los falsos. Ahora comprendía que la firma de una persona real tampoco garantizaba que lo escrito fuera cierto.

Abrió la libreta y anotó lo que debía comprobar: la fecha de envío del informe, su incorporación o no al expediente del accidente, los pagos pendientes de Umbral y quién había solicitado aquel documento.

Escribió el nombre de Bárbara solo donde correspondía, junto al correo que Gabriel le había enseñado. No lo rodeó ni lo subrayó.

Después guardó la libreta.

Gabriel había confesado su propia mentira. Quedaba por averiguar quién se había beneficiado de ella.