Capítulo 21. La confesión de Gabriel
El martes por la mañana, Elena recibió un mensaje de Gabriel antes de terminar el café.
«He encontrado el correo que buscaba sobre Alfar. Y tengo que contarte algo del informe que no te dije. No quiero explicarlo a medias por teléfono. ¿Podemos vernos hoy?».
Elena dejó la taza sobre la mesa de Marta.
Había palabras que, durante aquellas dos semanas, habían empezado a producirle una reacción física.
«Tengo que contarte» era una de ellas. No significaba necesariamente que hubiera ocurrido algo nuevo, sino que Gabriel había decidido reconocer algo que ya sabía.
Respondió que podrían verse después del trabajo, en la cafetería junto a la estación.
Eligió un lugar al que ninguno de los dos acostumbraba ir.
En la casa todo parecía terminar convirtiéndose en una discusión sobre sus recuerdos compartidos, y en casa de Marta no quería obligar a su amiga a escucharla.
«A las seis y media», escribió.
Gabriel confirmó la hora. No añadió que la echaba de menos ni le preguntó cuándo pensaba regresar. Elena agradeció aquella contención, aunque le resultó triste advertirlo.
Marta se sentó frente a ella con un yogur y un periódico que ya había leído el día anterior.
—¿Otra vez los mensajes? —preguntó.
—Esta vez es Gabriel. Dice que ha encontrado el correo del informe de seguridad. Y que tiene algo que contarme.
—¿Quieres que te acompañe?
—No. Pero te escribiré cuando termine.
Marta asintió. Peló la tapa del yogur y la dejó en el borde del plato.
—Acuérdate de preguntarle cuándo supo las cosas, no solo qué cosas sabe ahora.
Elena iba a responder que ya había pensado en ello. Después comprendió que no era cierto. Se había preparado para escuchar otra versión del informe, quizá una explicación técnica de la firma, pero no para preguntar en qué momento Gabriel había tenido la oportunidad de decírselo.
Antes de salir apuntó en la libreta tres preguntas: «¿Cuándo firmaste? ¿Qué comprobaste realmente? ¿Por qué no me lo contaste cuando apareció el documento?».
Las guardó en el bolso junto a las copias del albarán A-611. No pensaba utilizar aquella factura para acusarlo de la muerte de Inés. La llevaba porque, por primera vez, podía hablarle de Umbral Gestión apoyándose en una irregularidad que no procedía de los correos anónimos.
***
Durante el día, Elena trabajó con una atención que sorprendió incluso a Marta. Había tomado una decisión: no volvería a leer el informe hasta que Gabriel hablara. Conocía su fecha y las palabras impresas. Repasarlas no haría que cambiara la respuesta de su marido.
A la hora de comer terminó el escrito con el que pensaba ampliar la información facilitada a la Guardia Civil sobre las facturas del recetario.
Adjuntaría el correo del proveedor, las dos liquidaciones y el justificante de la transferencia, indicando con claridad qué pago estaba confirmado y cuál no.
No mencionó una supuesta malversación ni formuló acusaciones contra Bárbara.
Aquellas palabras requerían pruebas que todavía no tenía.
Al salir del centro caminó hasta el coche por una calle distinta de la habitual. La tarde estaba fresca. Las terrazas tenían las mesas medio vacías y en la parada del autobús una mujer intentaba convencer a un niño de que se pusiera el abrigo.
La cafetería de la estación ocupaba el bajo de un edificio de oficinas.
Había un expositor de bollería y seis mesas pequeñas separadas por macetas artificiales.
Gabriel la esperaba junto a la ventana, con dos carpetas de cartón apiladas a su lado.
Llevaba una camisa que Elena conocía bien: azul claro, con el cuello deshilachado en un extremo.
Había intentado tirársela dos veces y él la había recuperado del montón de ropa para donar.
Se levantó cuando la vio entrar.
—Gracias por venir.
—No me pidas que te agradezca que quieras contarme algo —respondió Elena, aunque no lo dijo con dureza.
Gabriel aceptó la corrección y volvió a sentarse. Había pedido agua para los dos. Elena se quitó la chaqueta y la colocó en el respaldo de su silla.
—Dime qué has encontrado.
Él abrió la carpeta de arriba. Dentro había una hoja impresa y dos correos con sus cabeceras completas. No se los tendió de inmediato.
—El informe de la calle del Alfar no se firmó el veintiséis de agosto —dijo.
Elena esperó.
—Lo firmé yo el viernes veintinueve. Dos días después de que muriera Inés.
Elena miró la hoja que descansaba sobre la mesa. Era una impresión del mismo informe que había llegado a su correo bajo el nombre de Inés: visita y comprobación de condiciones de seguridad, fecha del veintiséis, firma de Gabriel.
—¿Estuviste allí el veintiséis?
—No.
—¿Fuiste otro día de aquella semana?
—No. Había entrado en ese edificio una vez, a principios de julio, para medir un local que iban a acondicionar. No revisé la escalera ni las protecciones de obra. El veintinueve firmé un papel que decía que había comprobado algo que no comprobé.
No intentó suavizar la frase. Elena sintió el impulso de interrumpirlo y, al mismo tiempo, la necesidad de dejar que continuara sin ofrecerle ninguna salida.
—Explícame cómo llegó a tus manos.
Gabriel sacó el primero de los correos. Estaba fechado la mañana del 29 de agosto de 2025.
El remitente era Bárbara Cano y el asunto decía «Documentación pendiente.
Alfar 18». El mensaje pedía a Gabriel que pasara por las oficinas de Umbral para cerrar un informe de comprobación.
Mencionaba que la propiedad necesitaba completar el archivo de obra después de lo ocurrido el miércoles.
—Me llamó antes de enviarlo —dijo Gabriel—. Ya sabía que había muerto una empleada suya. Bárbara me dijo que estaban revisando todos los documentos para la propiedad y que faltaba una conformidad técnica de los accesos. Que, como yo conocía el inmueble, podía ayudar a dejar aquello cerrado.
—¿Le dijiste que no habías hecho ninguna visita de seguridad?
—Sí. Por teléfono. Y volví a decírselo cuando fui a su despacho.
Elena señaló la fecha del documento.
—¿Quién puso el veintiséis?
—Ya estaba escrito cuando me lo enseñó. Le pregunté por qué figuraba ese día.
Me contestó que era la fecha de la revisión interna que debía constar en el expediente, anterior al accidente, y que mi firma solo regularizaba la documentación.
Me mostró unas fotografías de la obra y una relación de trabajos.
Ninguna me permitía comprobar cómo estaban las escaleras aquel día.
—Pero firmaste.
Gabriel miró el vaso de agua sin tocarlo.
—Sí.
—Después de que una mujer hubiera muerto al caer por una escalera de ese edificio.
—Sí.
Una camarera se acercó a preguntar si querían algo más. Gabriel pidió un café solo. Elena dijo que no necesitaba nada. Esperaron a que se marchara.
—¿Por qué? —preguntó entonces ella.
Gabriel abrió la segunda carpeta. No contenía más informes, sino varias facturas de su trabajo y un correo de Umbral sobre pagos pendientes.
—En agosto llevaba meses intentando cobrar dos encargos que había hecho para propiedades gestionadas por Bárbara.
Eran valoraciones y mediciones, nada que ver con la seguridad del Alfar.
Debía dinero de mi antiguo estudio y estaba retrasando pagos de las obras de la casa.
Bárbara sabía todo eso. Me dijo que necesitaban resolver el expediente antes de liquidar lo que me debían.
—¿Te amenazó con no pagarte?
—No lo escribió así. Nunca lo hacía. Dijo que, mientras quedaran documentos sin cerrar, administración no podría tramitar los pagos. Yo entendí lo que significaba.
Elena pensó en los tres ingresos de trescientos veinte euros que Gabriel había recibido por la estancia de Inés. Durante meses había ocultado pequeñas cantidades por vergüenza. Ahora le hablaba de otra deuda, de trabajos cuyo cobro dependía de la misma empresa que administraba su casa.
—¿Cuánto te debían?
—Algo más de cuatro mil euros. Una parte me la pagaron en septiembre. El resto tardó meses.
—¿Y por cuatro mil euros firmaste un documento falso?
Gabriel alzó la cabeza.
—Por miedo a no poder afrontar lo que debía. No es una justificación. Es lo que pasó.
Elena se quedó observándolo. Durante los últimos días había deseado escuchar una explicación sin rodeos. Tenerla delante resultaba mucho más doloroso de lo que imaginaba.
—Sabías que ese papel podía acabar utilizándose para explicar un accidente.
—Sabía que la fecha no era real y que no había hecho la comprobación. Me repetí que era una hoja interna, que los responsables de la obra tendrían sus propios partes y que no cambiaba lo sucedido. Eso fue lo que quise creer.
—¿Y ahora?
Gabriel pasó un dedo sobre el borde de la carpeta.
—Ahora no sé si alguien lo incorporó a una investigación, a un expediente del seguro o a una justificación de la empresa. Y tendría que haberme preocupado por eso el mismo día que firmé.
Elena se inclinó hacia él.
—Una mujer había muerto. Lidia todavía está intentando averiguar qué ocurrió. Y tú sabías que existía un informe que fingía una visita anterior al accidente.
—Sí.
—Cuando encontramos la noticia, no me lo dijiste. Cuando apareció la fotografía del informe, dijiste que no recordabas cómo se había tramitado. Cuando te pregunté si habías trabajado allí, me contestaste que no lo recordabas.
Gabriel cerró los ojos un momento.
—Lo recordaba. No quería admitirlo. Primero porque pensaba que no volvería a salir. Después porque, con esos correos y la carta, tuve miedo de que creyeras que había tenido algo que ver con la muerte de Inés.
—¿Y decidiste que era mejor seguir mintiéndome?
—Sí.
Elena retiró la mano de la mesa. Aquella respuesta contenía menos defensa que las anteriores, pero no cambiaba el tiempo perdido.
***
Gabriel deslizó hacia ella la segunda impresión.
—Este es el correo que yo envié a Umbral esa tarde. Lo he recuperado de la copia local de una cuenta de trabajo que ya no utilizo. Lo busqué antes por la dirección del edificio, pero estaba archivado con los cobros pendientes. Por eso no lo encontré cuando me preguntaste.