La inquilina anterior (Las casas de nadie 1) Capítulo 20. Tres facturas
60%

Capítulo 20. Tres facturas

El lunes, Elena llegó al trabajo con una lista de números que había repasado dos veces antes de salir de casa de Marta.

En el trayecto al centro de conservación pensó que bastaría con hallar el mismo número en otro documento para resolverlo.

Una vez sentada a su mesa, comprendió que era justo la conclusión que debía evitar.

Había contratos que agrupaban servicios de varios inmuebles y trabajos que se dividían entre partidas distintas.

Una cifra repetida no demostraba que alguien la hubiera cobrado dos veces.

Tenía que averiguar qué se había hecho, dónde y quién lo había pagado.

A media mañana pidió a Marta que le llevara un café cuando saliera a la máquina. Su amiga regresó con dos vasos y un paquete de galletas.

—No me digas que ya has encontrado otra carta detrás de un cuadro —dijo, dejando uno de los vasos junto al teclado.

—Esta vez son facturas. Lo cual, en principio, debería ser menos emocionante.

—Nunca subestimes la capacidad de una factura para arruinarte el día.

Elena le mostró una hoja en la que había separado los datos. No llevaba al trabajo los originales del recetario; los había dejado protegidos en casa de Marta. Solo tenía copias digitales y una relación de referencias.

—Hay un servicio de retirada de escombros en el Alfar, en julio del año pasado. La empresa que lo hizo emitió una factura de 762,30 euros. Esa misma cantidad se cargó al edificio del Alfar y aparece también en la liquidación de nuestra casa.

Marta leyó los tres renglones.

—¿Hicieron dos viajes?

—Eso es lo primero que quiero comprobar. Si hubo un segundo viaje, puede que hayan utilizado una referencia común por error. Si hubo uno solo, alguien tendrá que explicar por qué figura como gasto completo de dos propiedades.

—¿Y cómo lo compruebas?

—Preguntando a quien hizo el trabajo. No a quien repartió el gasto.

Marta asintió y cogió una galleta.

—Pues empieza por ahí. Y no te olvides de que también tienes un trabajo de verdad, que a veces parece un detalle secundario.

Elena sonrió. Guardó las hojas y volvió a la mesa donde la esperaba un volumen con el lomo desprendido. No podía pedir al documento que se explicara solo porque ella tuviera prisa; tampoco podía quedarse toda la mañana pensando en las cuentas de Umbral.

***

Durante la pausa del mediodía escribió a Transportes Mira.

Utilizó la dirección de contacto que aparecía en la factura del recetario y se presentó como residente de una de las viviendas a las que una administradora había repercutido un cargo.

No pidió datos bancarios ajenos ni información de otros clientes.

Adjuntó la copia de la factura del proveedor y preguntó si el albarán A-611 correspondía a una sola retirada de residuos, en qué dirección se había efectuado y si existía alguna ampliación documentada de aquel servicio.

Después llamó a Gabriel. Él contestó desde el coche, con un ruido de intermitente al fondo.

—¿Todo bien?

—Estoy comprobando las facturas del recetario. Necesito saber si el cargo de 762,30 euros que aparece en la liquidación de la casa se pagó realmente o se quedó pendiente.

—Lo pagué. Recuerdo la transferencia porque coincidió con otros gastos de la reforma.

Elena se apoyó contra una pared del pasillo.

—¿Tienes el justificante del banco?

—Puedo buscarlo. El problema es que los pagos a Umbral a veces agrupaban varias cosas.

—Entonces necesito el desglose que te dieron en aquel momento y el importe de la transferencia. No basta con que lo recordemos.

—Te lo enviaré. ¿Por qué es importante esa factura?

Elena le contó lo que había encontrado, sin atribuir todavía la duplicidad a una persona concreta. Al terminar, Gabriel no contestó enseguida.

—La retirada de escombros de nuestra casa la hizo Teo —dijo al fin—. Al menos la mayor parte. Recuerdo que alquiló un contenedor pequeño una semana.

—En la factura que he encontrado pone Alfar, dieciocho. No nuestra dirección.

—Pues tendría que haberlo visto cuando me mandaron la liquidación.

—Eso es lo que intento averiguar. Si hay otro servicio detrás o si cargaron a la casa uno que no correspondía.

—Voy a revisar los movimientos de septiembre. Hay un correo antiguo en el que Bárbara me explicaba varias partidas juntas. Si lo encuentro, te lo mando también.

Elena agradeció que esta vez Gabriel ofreciera los documentos antes de construir una explicación. No significaba que hubiera desaparecido todo lo anterior entre ellos. Pero podían hablar de una factura sin regresar, una vez más, a si él había conocido a Inés.

Antes de colgar, Gabriel le preguntó si quería volver aquella noche a cenar en casa.

—Hoy no —dijo Elena—. Todavía necesito estar con Marta.

—De acuerdo. No volveré a preguntártelo todos los días.

Le dolió escucharlo, aunque era lo que quería.

***

La respuesta de Transportes Mira llegó poco después de las cuatro. Elena la leyó al salir del centro, sentada en un banco bajo los árboles del aparcamiento.

Una empleada de administración confirmaba que la factura adjunta coincidía con el registro de la empresa.

El albarán A-611 correspondía a una retirada realizada el 18 de julio de 2025 en la calle del Alfar, 18: un contenedor, una recogida.

No figuraban ampliaciones ni una segunda retirada asociada a ese número.

La factura se había emitido a nombre de Umbral Gestión, que era quien había contratado el servicio.

Al final del mensaje añadía que, si necesitaba información sobre cómo Umbral había distribuido posteriormente el coste entre propietarios, tendría que solicitarla a esa empresa. Transportes Mira no intervenía en las liquidaciones de sus clientes.

Elena guardó el correo con su cabecera y tomó nota de la hora.

No habían confirmado ningún pago de los propietarios del Alfar.

Tampoco podían hacerlo. Pero ya tenía una información que no procedía de las copias escondidas por Inés ni de la administradora: bajo aquel número había existido un solo servicio en una sola dirección.

Abrió los documentos en el móvil.

La primera factura, la del proveedor, identificaba el trabajo con claridad: contenedor y retirada de residuos, calle del Alfar, 18.

El segundo papel, emitido por Umbral para la administración de ese edificio, trasladaba el gasto completo bajo el concepto «Retirada y gestión de contenedor.

Albarán A-611». En la casilla de estado figuraba «incorporado a liquidación de obra», con fecha del 11 de agosto.

El tercer papel estaba dirigido a la propiedad de Amalia. Allí el concepto era «Gestión de contenedor durante reforma», sin mencionar la calle del Alfar en el texto principal. Sin embargo, en el campo de referencia también figuraba A-611 y el importe volvía a ser de 762,30 euros.

No era una simple repetición en una relación general. El mismo servicio, facturado una sola vez por quien lo hizo, había sido repercutido por su importe íntegro a dos inmuebles distintos. Ninguno de los dos documentos se presentaba como un reparto parcial. Ambos pretendían cargar la totalidad.

Quedaba por verificar si cada liquidación se había cobrado. Elena subrayó esa diferencia en su libreta. No quería llevar a la Guardia Civil una afirmación que el banco de Gabriel podía confirmar para su casa, pero que todavía no podía sostener respecto al edificio del Alfar.

A las cinco y media llegó el correo de Gabriel.

Incluía el justificante de una transferencia de septiembre de 2025 por un importe mayor que los 762,30 euros, además de una hoja de desglose facilitada entonces por Umbral.

En ella figuraban cuatro partidas; una era «Gestión contenedor — A-611», por la cantidad exacta que buscaba.

La suma de las cuatro coincidía con el importe transferido.

La referencia de la remesa aparecía tanto en la hoja como en el justificante bancario.

Elena calculó el total por segunda vez con la aplicación del móvil. No necesitaba hacerlo para descubrir nada; quería comprobar que ninguna partida se había quedado fuera.

La vivienda de Amalia había pagado aquel cargo. Sobre eso, los documentos de Gabriel eran concretos.

Volvió al papel correspondiente al edificio del Alfar.

Allí constaba la imputación completa del mismo albarán, pero no había un justificante bancario independiente del propietario.

Lo correcto era describirlo como una doble repercusión, con el cobro confirmado en uno de los dos lados.

Si después se acreditaba que la segunda liquidación también había sido abonada, el alcance económico sería mayor.

La irregularidad, por ahora, ya tenía una forma reconocible.

Escribió a Gabriel: «Gracias. El desglose y la transferencia cuadran. El proveedor confirma un solo servicio en el Alfar. Tenemos que pedir una rectificación del cargo de la casa, pero antes quiero que conste todo junto en las diligencias».

Gabriel respondió: «Tienes razón. No firmaré ninguna conformidad pendiente. Me gustaría saber cuántos cargos más se han hecho así».

Elena leyó esa última frase. Era también la pregunta que Inés parecía haberse hecho en el verano de 2025.

***

Marta llegó al piso con una bolsa de verduras y encontró a Elena extendiendo papeles sobre la mesa del salón.

—Esta mañana tenías tres números. Ahora parece que estás preparando la declaración de la renta de todo el pueblo.

—Ya sé qué pasó con uno de los gastos —dijo Elena.

Le explicó lo que había confirmado el proveedor y colocó las tres copias una al lado de la otra. Para que su amiga pudiera seguirla, había marcado la referencia A-611 en cada documento con pequeños papeles adhesivos pegados a las fundas, nunca sobre los originales.

—Una retirada —resumió Marta, señalando la factura de Transportes Mira—. Y dos cargos por el precio completo.

—Exacto. Gabriel pagó el que imputaron a nuestra casa. Del Alfar sabemos que lo incluyeron en su liquidación, no si llegó a pagarse.

—¿Y cuánto gana alguien haciendo eso?

—Como mínimo, consigue que un propietario asuma un gasto que no corresponde a su inmueble.

Si los dos lo pagan, Umbral recibe por la misma retirada el importe dos veces, aunque al proveedor solo tenga que abonarle una factura.

Pero falta saber qué pasó con el dinero y quién autorizó la doble imputación.

Marta se sentó y observó la hoja manuscrita encontrada en el recetario.

—¿Y aquí pone que Inés lo sabía?

Elena acercó la relación interna. Junto a las filas del mismo albarán había una raya a bolígrafo y la nota «Mismo albarán. Comprobar antes de cerrar». Debajo, otras palabras: «B. dice que lo deje. Pedir soporte del segundo cargo».

—No sabemos quién escribió esto —recordó Elena—. Lidia cree que es el tipo de control que hacía Inés, y podría tener razón. Pero no lo he comprobado.

—¿La B es Bárbara?

—Es una posibilidad. No voy a convertir una inicial en un nombre porque encaje con lo demás.

Marta se recostó en la silla.

—Tú antes habrías llamado a Gabriel para preguntarle qué sabía.

—Antes habría recibido otro correo diciéndome a quién llamar.

Elena volvió a mirar las copias. La anotación no contenía ninguna frase destinada a asustar a una esposa ni una acusación sobre un muerto.

Alguien había intentado conservar el rastro de un gasto mal imputado y pedir el justificante que faltaba.

Nada de aquello tenía la apariencia de una confesión.

Era trabajo administrativo dejado a medias.

Y el día 21 de agosto, cuando se imprimió la relación, Inés todavía estaba viva.

Lidia respondió a la llamada de Elena después de las nueve. Había terminado de cenar con su padre y buscó un lugar tranquilo para hablar.

—He contrastado uno de los cargos —le explicó Elena—.

La empresa que retiró los residuos confirma que solo trabajó en el Alfar, una vez.

Umbral pasó ese mismo gasto completo a la obra del Alfar y a la vivienda donde vivía Inés.

Tengo el justificante de que Gabriel pagó el de la casa.

El del edificio se incluyó en su liquidación, aunque todavía no sabemos si se cobró.

—¿Así que no se lo estaba inventando? —preguntó Lidia.

—Había un problema real. Al menos con ese albarán. No sabemos cuántos más habría, ni quién tomó la decisión.

Lidia tardó en contestar.

—Me acuerdo de que un día me dijo que había dejado de corregir unas cifras porque siempre volvían a aparecer cambiadas. Yo pensé que estaban todos desorganizados y que ella se estaba tomando el trabajo demasiado en serio.

—No tenías manera de ver estas copias.

—Ella tampoco tendría que haber estado sola con eso.

Elena no respondió. Escuchó cómo Lidia cambiaba de habitación y cerraba una puerta.

—¿Esto explica lo que pasó en la escalera? —preguntó la hermana al fin.

—No. Es importante que no mezclemos las dos cosas. Sabemos que Inés estaba preocupada por gastos de la empresa y hemos localizado uno mal imputado. No sabemos por qué estuvo en el Alfar el veintisiete de agosto ni con quién habló antes de caer.

—Entiendo.

—Mañana voy a aportar los documentos y el correo del proveedor. Quiero que puedan comprobar de dónde salen y solicitar lo que falte por los cauces adecuados.

—Si necesitan que declare otra vez, iré.

Cuando colgaron, Elena se quedó mirando la pantalla apagada. Se había pasado casi dos semanas preguntándose qué parte de los correos anónimos podía ser verdad. Ahora tenía un hallazgo que no dependía de ellos y que también obligaba a revisar lo que Gabriel había firmado durante las obras.

En la mesa había cuatro documentos que no contaban ninguna historia completa, pero sí una secuencia verificable: un proveedor retiró residuos en la calle del Alfar; una administradora asignó el importe entero a ese edificio; la misma administradora lo cargó entero a la casa de Amalia; Gabriel abonó una remesa donde estaba incluido.

Aquello no demostraba que Inés hubiera sido asesinada. Tampoco que Gabriel supiera que el gasto era incorrecto cuando pagó. Solo hacía mucho más concreta la pregunta que había terminado por ocupar las últimas semanas de vida de la joven.

¿Por qué una empresa necesitaba que dejara de revisar sus cuentas?

Elena guardó el último papel y abrió la copia del informe de seguridad fechado el 26 de agosto. Aquel documento también llevaba el membrete de Umbral. Gabriel había reconocido su firma, pero seguía sin poder explicar cómo había llegado allí.

Había llegado el momento de pedirle no otra opinión sobre Inés, sino una explicación completa de sus propios actos.