Capítulo 19. El recetario #2
La parte que le llamó la atención estaba en la columna titulada «Origen del gasto». En tres filas alguien había dibujado a bolígrafo una raya vertical al margen. Junto a la segunda, con letra pequeña, se leía: «Mismo albarán. Comprobar antes de cerrar».
Elena acercó la hoja a la luz.
Las tres filas remitían a documentos distintos.
Uno llevaba una referencia de proveedor.
Los otros dos eran cargos de Umbral a propiedades administradas.
El importe se repetía, aunque los conceptos no estaban redactados de forma idéntica.
En el primer documento se hablaba de retirada de residuos; en los otros aparecían expresiones más generales, «servicio de obra» y «gestión de contenedor».
Miró los tres papeles restantes.
El primero era la copia de una factura de Transportes Mira, fechada el 18 de julio de 2025, por un servicio de retirada de residuos en la calle del Alfar, 18. Figuraba un número de albarán, A-611, y un importe total de 762,30 euros.
En los otros dos documentos aparecía aquel mismo albarán.
Uno correspondía a una liquidación de gastos del edificio del Alfar.
El otro estaba dirigido a la propiedad de la vivienda de Amalia.
Ambos parecían reclamar la totalidad de los 762,30 euros, aunque uno denominaba el concepto «gestión de contenedor durante reforma».
Elena no estaba en condiciones de afirmar que se hubiera cobrado dos veces.
Las copias no demostraban que los cargos llegaran a pagarse, y una referencia compartida podía deberse a un error administrativo.
Pero tampoco era una coincidencia de cifras sin explicación: los documentos utilizaban un mismo número de albarán para un servicio situado en una dirección concreta.
Revisó la factura de la casa. No recordaba haber visto aquella referencia al ordenar la carpeta azul, pero sabía que no había examinado cada línea de todos los gastos. Tendría que comparar el papel hallado con la documentación que Gabriel había recibido de Umbral y con los justificantes de pago.
Volvió a la relación interna. Bajo las tres filas marcadas había una anotación manuscrita:
«B. dice que lo deje. Pedir soporte del segundo cargo».
No había nombre completo ni fecha al lado de esas palabras.
La letra parecía distinta de la de las facturas impresas, por supuesto, pero Elena no tenía delante un documento manuscrito que pudiera atribuir sin dudas a Inés.
Pensó en la postal que Lidia le había enviado y se prohibió comparar de memoria dos escrituras tomadas con instrumentos diferentes.
En la parte inferior de la relación figuraban otras referencias tachadas con bolígrafo y dos frases que parecían notas de trabajo: «No ajustar sin justificante» y «Guardar copia de lo enviado».
No había amenazas. No había un relato de una muerte. Eran instrucciones administrativas, escritas por alguien que quería recordar lo que faltaba por comprobar.
Eso las hizo más inquietantes.
Elena estaba acostumbrada a que los documentos auténticos fueran así: incompletos, prosaicos, llenos de referencias que solo entendía quien los había utilizado.
Una carta fabricada para impresionar podía elegir la frase más dolorosa.
Una lista de facturas rara vez sabía qué parte de ella acabaría importando un año después.
Miró la fecha de impresión: 21 de agosto. Seis días antes de que Inés muriera.
Aquellos papeles no explicaban qué la había llevado al edificio el día 27.
Pero daban contenido a las preocupaciones que Lidia había descrito.
Si Inés había hecho las anotaciones, había encontrado una misma referencia de gasto aplicada a más de un inmueble y quería comprobarlo antes de cerrar las cuentas.
Si las había escrito otra persona, seguía existiendo un rastro documental susceptible de verificación.
Elena dejó los papeles a un lado y llamó a Gabriel. Se puso de pie mientras esperaba.
—¿Pasa algo? —preguntó él al contestar.
—Estoy en la cocina. He encontrado varias copias de facturas dentro del recetario de Amalia. Hay un cargo de Umbral que parece incluir gastos de nuestra casa. Quiero llevarme el libro y los papeles para conservarlos juntos.
—¿En el recetario?
—Entre la tapa y la guarda. No sé quién los dejó allí.
Gabriel tardó un poco en responder.
—¿Son de las reparaciones de 2025?
—Al menos uno de los cargos se refiere a ellas. Tengo que compararlos con la liquidación que te dieron el viernes.
—Te la puedo enviar ahora. La tengo escaneada.
Elena no esperaba una oferta tan inmediata.
—Envíamela, por favor. Pero no cambies nada de la carpeta ni firmes la conformidad hasta que podamos revisar las referencias.
—No he firmado. Iba a hacerlo mañana si estaba todo correcto.
—Espera.
—Esperaré.
Elena no mencionó la anotación «B. dice que lo deje».
Todavía no sabía a quién se refería la inicial y prefería no convertir una frase ambigua en una acusación contra la persona que gestionaba las cuentas.
Tampoco quería que una sospecha alcanzara a Bárbara antes de que la documentación pudiera preservarse.
—¿Estás bien? —preguntó Gabriel.
—Sí. Solo quiero hacer esto con orden.
—Me parece bien. Te mando el archivo en cuanto llegue a casa de mi madre y pueda abrir el portátil.
Cuando colgó, Elena volvió a fotografiar los documentos y la cavidad de la tapa.
Guardó los cuatro papeles juntos en una funda sin adhesivos y envolvió el recetario en un paño limpio para que la guarda no siguiera desprendiéndose.
No intentó pegarla. Quería que la abertura pudiera examinarse tal como la había encontrado.
Antes de marcharse miró la cocina una última vez.
En la mesa estaba la silla donde Inés había posado para aquella fotografía de junio.
El libro llevaba allí más de un año, quizá desde mucho antes.
Durante dos semanas, Elena había seguido las indicaciones de una persona desconocida para encontrar objetos preparados para ella.
Esta vez había llegado hasta unos papeles sin que nadie le dijera dónde buscarlos.
No sabía aún si aquellos documentos demostrarían un fraude. Sí sabía algo que las cartas anónimas no habían conseguido ofrecerle: referencias, fechas y facturas que podían contrastarse con registros ajenos a quien enviaba los mensajes.
***
De vuelta en casa de Marta, Elena descargó la liquidación que Gabriel le había enviado.
Tenía veintitrés páginas. Buscó el albarán A-611 y obtuvo dos coincidencias.
La primera figuraba en una relación de costes imputados a la reforma de la vivienda.
La segunda, en una nota aclaratoria que remitía a un expediente de Umbral.
No había datos suficientes para afirmar que Gabriel hubiera pagado aquel cargo, y faltaban los movimientos del edificio del Alfar. Elena cerró el archivo antes de ponerse a calcular diferencias sobre cifras que todavía no comprendía.
Llamó a Lidia y le leyó las referencias principales. No le envió fotografías del interior de la casa ni copias sin explicar de dónde procedían.
—Es exactamente el tipo de cosa del que se quejaba —dijo Lidia—. Un gasto que aparecía en dos sitios y nadie quería aclararle por qué.
—Eso encaja con lo que me contaste. Pero tenemos que comprobar si los cargos eran realmente duplicados.
—Lo sé. ¿Los llevarás a la Guardia Civil?
—Sí. Voy a informar del hallazgo y a preguntar cómo prefieren recibir los originales. Mientras tanto, los guardaré tal como estaban.
Lidia se quedó en silencio un momento.
—Me alegra que estuvieran ahí —dijo por fin—. No por lo que puedan demostrar. Porque significa que cuando Inés decía que había guardado copias, era posible que hablara de algo concreto. Pensé tantas veces que yo no la había escuchado...
—La escuchaste. Te acordabas de sus palabras.
—Me acordaba después. Es diferente.
Elena no discutió. Había cosas para las que una respuesta tranquilizadora no servía.
Al terminar la llamada, colocó el recetario sobre la mesa del dormitorio y dejó encima una nota con la fecha y el lugar del hallazgo. Marta había salido a comprar algo para cenar. Desde la ventana se oía a dos vecinos hablar en el patio interior.
Elena abrió de nuevo las fotografías. Tenía ante sí una factura de un proveedor, dos cargos de una administradora y una hoja de control donde alguien había escrito que necesitaba un justificante.
Ninguna demostraba por sí sola quién había engañado a quién.
Pero las tres primeras remitían al mismo servicio y a propiedades distintas.
Escribió los números de referencia en su libreta.
Por primera vez, la pregunta no era qué quería hacerle creer la persona que firmaba como Inés.
Era por qué un mismo albarán había terminado en tres documentos diferentes.