Capítulo 19. El recetario
El domingo, Elena recibió una fotografía de Lidia antes de terminar el desayuno.
Era una imagen antigua, tomada desde arriba, de una mesa con harina esparcida y un plato de judías cuyo aspecto no invitaba a probarlas. Al lado, abierto por la mitad, estaba el recetario de Amalia. Se veía una esquina de la página doblada y parte de una taza naranja.
Elena amplió la imagen. En el margen de la receta, con una letra grande y decidida, alguien había anotado: «No hacer caso al libro». Debajo había otra frase que la fotografía anterior no dejaba ver: «Echar la sal al final, aunque luego tampoco se arregle».
Sonrió. Podía imaginar a Inés enviando aquella prueba de su fracaso culinario a su hermana, esperando que se riera con ella.
Marta entró en la cocina con el pelo recogido de cualquier manera.
—¿Buenas noticias?
—Una fotografía de hace un año. La hermana de Inés está encontrando cosas que se enviaban.
Le enseñó el plato. Marta lo estudió con una seriedad exagerada.
—Eso tiene la consistencia de un material de construcción.
—Inés tampoco quedó satisfecha.
Dejó el teléfono boca abajo para untar una tostada.
La conversación del sábado con Lidia seguía rondándole la cabeza.
Habían pasado casi una hora hablando de la carta falsa y, cuando terminaron, Lidia volvió a recordar que su hermana había sacado copias de documentos del trabajo.
Nunca aparecieron entre sus pertenencias. Nadie sabía dónde las había guardado.
Elena miró otra vez la fotografía.
En la mesa de junio estaban las judías, la taza naranja y el libro viejo.
No había carpetas ni facturas. Nada que relacionara aquella comida con los problemas de Umbral Gestión.
Pero sí había una cosa que Elena no había tenido en cuenta: el recetario seguía en la casa, dentro de un armario que habían vaciado y vuelto a ordenar.
No se había marchado con la ropa de Inés ni con las cajas que recogió su familia.
No tenía motivos para pensar que escondiera nada. Precisamente por eso quería verlo.
—¿Volverás hoy a Vega Alta? —preguntó Marta.
—A recoger un libro de cocina. Suena ridículo, ¿verdad?
—A mí me has contado cosas bastante más extrañas esta semana.
Elena se rio, pero no respondió de inmediato.
Había pasado tantos días obedeciendo instrucciones llegadas desde una dirección anónima que le costaba distinguir la curiosidad propia de otra búsqueda provocada desde fuera.
Esta vez nadie le había ordenado mirar detrás de un cuadro o dentro de un cajón.
Lidia le había enviado un recuerdo porque era de su hermana.
—Voy a preguntarle si le importa que lo revise —dijo.
***
Lidia contestó al segundo tono.
—No pretendía darte otra cosa que investigar —advirtió al escucharla—. De verdad que solo quería enseñarte la foto.
—Lo sé. Y me ha gustado verla. Pero me he acordado de que el recetario sigue allí.
Al otro lado se oyó cómo cerraba una puerta.
—Inés dijo que había dejado unas copias a salvo —respondió Lidia—. Al principio creí que las tendría en un correo personal, pero revisamos lo que pudimos después del accidente y no encontramos nada. Puede que hubiera exagerado para que yo dejara de preocuparme.
—¿Te dijo dónde estaban?
—No. Nunca. Y tampoco mencionó el libro cuando hablaba de las facturas. No quiero que pongas en su boca una pista que no dejó.
Elena agradeció la precisión.
—No voy a hacerlo. Solo quiero revisar el libro porque sé que lo utilizó. Si no encuentro nada, seguirá siendo un recuerdo bonito.
—Si encuentras algo suyo, avísame antes de sacar conclusiones.
—Te lo prometo.
Cuando colgó, envió otro mensaje a Gabriel. Le dijo que quería pasar a recoger el recetario de Amalia y revisar algunos documentos de la cocina. No explicó una sospecha que todavía no tenía. Gabriel respondió que había ido a comer con su madre y que regresaría al atardecer.
«Coge lo que necesites. Si te apetece que luego hablemos, estaré aquí», añadió.
Elena leyó la última frase sin decidir qué contestar. Le escribió únicamente que le avisaría cuando se marchara.
***
La casa estaba más ordenada que el viernes.
Gabriel había retirado las cajas que quedaban al pie de la escalera y puesto un jarrón sobre la consola del recibidor.
En la cocina, las sillas estaban recogidas debajo de la mesa y la encimera limpia.
El sol de octubre alcanzaba apenas el borde del aparador.
Elena dejó el bolso junto a la puerta y abrió el armario alto.
Los libros de Amalia seguían sujetos con la misma goma elástica que había retirado el día de la mudanza y vuelto a colocar después de hojearlos.
Sacó primero el volumen de repostería y el cuaderno de tapas blandas.
Debajo apareció el recetario grueso, encuadernado en tela marrón, con las esquinas rozadas y el título casi ilegible.
Lo llevó a la mesa junto a la ventana.
No lo abrió enseguida. Tenía la cubierta combada por la humedad de años de uso y una pequeña mancha de aceite junto al lomo. Era un objeto doméstico, sin valor comercial aparente, de los que pasan de una persona a otra porque nadie se decide a tirarlos.
Recordó a Gabriel hojeándolo el primer viernes, sentado sobre una caja mientras ella colocaba los vasos. Recordó también el comentario de Lidia: Inés había intentado aprender tres recetas y se había reído de las anotaciones que encontró en los márgenes.
Elena buscó la página de las judías comparando el índice con la fotografía. La encontró unos minutos después. La mancha de la esquina coincidía. También las dos anotaciones a bolígrafo.
Pasó los dedos por el borde sin tocar la tinta.
La primera frase era antigua; el trazo había perdido intensidad en algunas partes y tenía el mismo aspecto que los comentarios de otras páginas.
La segunda podía haber sido escrita en otra época, pero tampoco sabía quién la había añadido.
No necesitaba atribuir ninguna de ellas a Inés para imaginarla leyendo y riéndose.
Hizo una fotografía para Lidia. Después cerró el libro y lo sostuvo con ambas manos, comprobando el estado de las tapas.
Aquello lo hacía casi sin pensar: en el trabajo había aprendido a advertir si un cartón se deformaba por la humedad, si un cosido había cedido o si una guarda se desprendía del lomo.
La tapa posterior tenía un abultamiento pequeño, próximo a la esquina inferior.
Elena abrió el libro por el final. La guarda, una hoja gruesa pegada al cartón para cubrir el interior de la encuadernación, estaba levantada a lo largo de unos centímetros.
Alguien había introducido algo en el hueco entre el papel y la tapa.
Elena lo vio antes de tocarlo: una esquina blanca, lisa, demasiado nueva para pertenecer al recetario.
Se quedó inmóvil.
Aquello podía ser un recibo antiguo, una receta recortada de una revista o un papel colocado por Amalia hacía años.
La fotografía de Lidia no demostraba que hubiera llegado allí durante el verano de Inés.
Elena dejó el libro abierto y fotografió la zona, con una regla al lado para dejar constancia de las dimensiones.
Después, utilizando una tarjeta de plástico de cantos redondeados, separó apenas la guarda que ya estaba suelta. No necesitó despegar nada. Un pequeño paquete de hojas dobladas asomó por el hueco. Lo deslizó hacia fuera sujetándolo por el pliegue.
Eran cuatro papeles finos, doblados dos veces, sin sobre ni grapas. En el primero había una tabla impresa con columnas de fechas, referencias e importes. Los demás parecían copias de facturas.
Elena los dejó sobre un paño limpio, sin desdoblarlos todavía.
Miró la guarda levantada, el espacio vacío y las fibras antiguas del adhesivo.
No sabía cuánto tiempo llevaban allí. A diferencia de la carta del cuadro, nadie le había indicado dónde encontrarlos y no había un mensaje que pretendiera atribuirlos a otra persona.
Lo primero que hizo fue llamar a Lidia.
—He encontrado unos papeles —dijo, cuando esta contestó—. Estaban entre la tapa posterior del recetario y una hoja que se había despegado.
Hubo un silencio largo.
—¿Del trabajo?
—Eso parece. Todavía no los he leído enteros. Quería decírtelo antes.
—¿Son originales?
—Son impresiones y fotocopias. No sé de dónde salieron ni quién las metió allí.
Lidia respiró hondo.
—¿Puedes decirme qué pone arriba?
Elena miró la primera hoja.
—«Control de facturas pendientes de conciliación. Julio-agosto 2025». Hay una referencia a Umbral Gestión.
—Inés utilizaba la palabra «conciliar» cada vez que me hablaba de los números que no cuadraban —respondió Lidia—. Pero supongo que cualquiera de la oficina diría lo mismo.
—Exactamente. Voy a fotografiarlo todo y veremos qué puede comprobarse.
—Gracias por llamarme.
Elena estuvo a punto de decir que sentía haber removido otro recuerdo desagradable. No lo hizo. Lidia llevaba tiempo buscando aquellas copias; sería extraño disculparse por encontrarlas.
—En cuanto pueda leerlo bien, te llamo otra vez —prometió.
***
Colocó las cuatro hojas sobre la mesa respetando el orden en que estaban dobladas. Antes de extenderlas, fotografió el paquete por las dos caras y anotó en el móvil dónde había aparecido. Después abrió cada una con cuidado, sin intentar alisar por completo los dobleces antiguos.
El documento de arriba era una relación interna de movimientos.
Tenía el logotipo de Umbral Gestión y una fecha de impresión: 21 de agosto de 2025.
En una de las columnas se repetía la abreviatura «Alfar 18».
Más abajo aparecía «Viv. Amalia», seguida de un código que Elena reconoció de los ingresos bancarios que Gabriel le había enseñado el miércoles.
No esperaba encontrar las dos propiedades juntas.
Hasta entonces la casa y el edificio del accidente habían compartido una empresa administradora.
Aquella hoja mostraba que también figuraban en un mismo listado de control, pero eso podía deberse simplemente a la organización de Umbral.
Una gestoría de inmuebles tenía que llevar cuentas de muchas direcciones.