La inquilina anterior (Las casas de nadie 1) Capítulo 18. Después de su muerte #2
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Capítulo 18. Después de su muerte #2

Él contempló la firma al pie de la nota, aquel nombre escrito como si perteneciera a una mujer viva.

—¿Quién haría una cosa así?

Elena recordó el orden de los mensajes, el llavero, la dirección de correo y el informe de seguridad. La pregunta era inevitable. También era prematura.

—No lo sé.

***

Pasaron casi una hora documentando lo que habían observado.

Elena fotografió por separado la primera página del bloc, sus restos de perforación, las marcas de presión de la carta y el borde desgarrado.

Anotó cómo había colocado la lámpara y desde qué lado había tomado cada imagen.

Conservó la fotografía original del día de la mudanza, sin editarla ni sustituirla por ampliaciones.

Cuando terminó, guardó la carta en su funda y dejó el bloc cerrado, dentro de una carpeta rígida, para que no continuara rozándose con los tornillos del cajón.

—Quiero llevar los dos originales para que los comparen —dijo.

—Hazlo. Si necesitan que firme algo sobre el bloc, firmaré.

Gabriel parecía más tranquilo que al principio. Elena entendía por qué. Si aquella nota era una fabricación posterior, no demostraba ninguna relación íntima entre él e Inés. Pero el alivio de su marido no resolvía todo lo que había sucedido.

—Te quiero decir algo —empezó él—. Cuando apareció la carta pensé que no ibas a creerme nunca.

Elena recogió la regla de la mesa.

—Que sea falsa no convierte en verdad lo que me dijiste sobre el alquiler.

—No estaba intentando decir eso.

—Lo sé. Pero necesito que las dos cosas puedan existir a la vez.

Gabriel la miró con cansancio.

—Pueden. Yo te oculté el dinero. Te lo he reconocido. Y alguien nos ha estado engañando con esta carta.

—Y seguimos sin saber qué pasó con el informe de la calle del Alfar.

—Tampoco lo he olvidado. Estoy esperando la copia del expediente.

Elena asintió. No había una respuesta inmediata que fuera a servirles a ninguno. La diferencia era que ahora disponían de una comprobación sobre una parte de la historia; por primera vez, el remitente había dejado algo que podía delatar su intervención en lugar de limitarse a alimentar sospechas.

Gabriel llevó la carpeta rígida hasta la puerta.

—¿Te llevas el bloc?

—Sí. Conservo las fotografías de cómo estaba y no quiero que se pierda nada. Dejaré constancia de que lo he retirado hoy.

Él le entregó la carpeta.

Al salir, Elena tuvo que sujetarla contra el pecho para abrir el coche. Era liviana: un cuadernillo de incidencias y una hoja doblada apenas pesaban nada. Sin embargo, había necesitado dos semanas y varias discusiones para llegar a saber lo que podían contarle.

***

Lidia contestó a la segunda llamada.

—¿Ha llegado otro correo? —preguntó.

—No. He descubierto algo sobre la carta del cuadro.

Elena estaba ya en el piso de Marta. Había guardado los originales y las fotografías en dos lugares distintos antes de llamar. Explicó el ajuste de los desgarros y la huella de la anotación hecha el día de la mudanza. Lidia la dejó hablar hasta el final.

—¿Estás segura de que salió del mismo bloc?

—La correspondencia del borde es muy precisa, y se conserva la presión del encabezamiento fechado en octubre. Quiero que lo examinen como corresponde, pero es la primera vez que tengo algo que permite comprobar cuándo se preparó esa nota.

—Inés llevaba muerta más de un año.

—Sí.

Lidia tardó en responder. Elena oyó al fondo una televisión y alguien que preguntaba si quedaba leche.

—Me dio mucha rabia cuando me enseñaste la carta —dijo al fin—. Pensé que podía ser una cosa que ella me hubiera ocultado y que yo nunca sabría si era verdad. Y luego me sentí mal por pensar eso.

—No tenías por qué saberlo.

—No. Pero alguien quería que lo creyéramos. También que tú lo creyeras.

Elena recordó la fotografía de Inés desayunando en la cocina. Después pensó en la forma en que había mirado a Gabriel al leer aquella carta. Dos personas habían quedado reducidas a papeles que otro iba dejando en lugares calculados.

—La falsificación no nos dice quién está detrás —advirtió.

—Ya lo sé. Tampoco explica lo de su muerte.

—No. Los problemas que Inés tenía con las facturas siguen siendo reales. Y el informe que apareció en el correo aún tiene que comprobarse.

Lidia guardó silencio otro momento.

—¿Recuerdas el libro de recetas que te conté? —preguntó después—. El que había encontrado Inés en vuestra cocina.

—Sí. El de Amalia.

—He estado buscando la foto de las judías. Mi hermana la mandó en junio y luego hablamos un rato de las anotaciones del margen. No la encontraba porque estaba en una conversación vieja. Te la puedo enviar, si te apetece verla.

—Claro.

—No creo que sirva para investigar nada —aclaró Lidia—. Solo me acordé de ella al pensar que en esa casa también estuvo haciendo cosas normales.

—Me gustaría verla.

Se despidieron sin hablar de Gabriel. Unos minutos después llegó al móvil una fotografía antigua: un recetario abierto, una página manchada en la esquina y, junto al título, las palabras que Elena ya conocía: «No hacer caso al libro».

En el borde de la imagen se veía la mano de Inés sujetando la hoja para que no se cerrara. Llevaba una pulsera de hilo rojo, gastada por la parte del nudo. Elena se quedó mirando ese detalle, tan ajeno a las cuentas de una empresa y a los papeles de una inspección.

Guardó la imagen en una carpeta distinta de la investigación. Era un recuerdo que Lidia había decidido compartir, no una pista que alguien le hubiera ordenado encontrar.

Luego se sentó ante el ordenador y preparó un resumen de lo observado para aportarlo junto a los originales: coincidencia del borde, anotación fechada, huellas de presión y fotografía conservada desde el dos de octubre. No escribió el nombre de ningún sospechoso.

Al terminar, miró la copia de la carta una última vez.

La nota seguía diciendo que Gabriel había escondido a Inés y que ella estaba cansada de esperar. Las palabras no habían cambiado. Había cambiado su procedencia.

Ya no eran un fragmento de la vida de una mujer que había muerto en 2025. Eran un texto preparado después, para que Elena lo encontrara y lo leyera como si lo fueran.

Eso no explicaba quién la había escrito. Pero sí cambiaba, por fin, la pregunta que merecía una respuesta.