La inquilina anterior (Las casas de nadie 1) Capítulo 18. Después de su muerte
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Capítulo 18. Después de su muerte

El sábado, Marta encontró a Elena desayunando con el teléfono apoyado contra el azucarero.

—Eso tiene pinta de ser una forma muy mala de empezar el fin de semana —dijo.

En la pantalla había una fotografía de un cuadernillo azul. Elena la había ampliado tanto que apenas se distinguían tres líneas de escritura y el comienzo de la cuadrícula.

—Estoy mirando lo que Bárbara nos dejó el día de la mudanza.

—Ayer lo estuviste mirando en persona.

—Ayer comparé el tipo de papel. Esta mañana me he fijado en otra cosa.

Marta dejó la cafetera sobre la mesa. Elena giró el móvil para que pudiera ver la imagen entera: la primera página del bloc, fotografiada el dos de octubre, con una lista de teléfonos de mantenimiento.

En la parte superior, por encima del primer número, había una anotación breve: «2/10/26. Contactos casa. Elena y Gabriel».

—¿Y qué pasa con eso?

—Que en la carta hay marcas de presión. No son de la escritura de la carta. Creo que corresponden a algo escrito en la página de encima.

—¿A esto?

—No lo sé todavía. Anoche vi una parte de una línea, pero en la fotografía no consigo distinguirla.

Marta tomó asiento y se sirvió café.

—Entonces habrá que mirar el papel de verdad.

—Sí. Sin estropearlo. Quiero comprobar si una hoja de este bloc estaba debajo cuando alguien escribió esa fecha.

—¿Y eso demostraría algo?

—Si además encontramos de dónde se arrancó, sí. Inés murió en agosto de 2025. Bárbara escribió esos datos para nosotros en octubre de 2026. Si la hoja seguía en el bloc cuando escribió la anotación y se arrancó después, la carta no pudo dejarla escrita Inés el verano anterior.

Marta se quedó mirando la tostada que acababa de untar.

—Dicho así parece muy sencillo.

—No lo es. Primero hay que comprobar que no me estoy inventando las letras que quiero ver.

Elena dejó el móvil boca abajo. Llevaba varios días obligándose a distinguir los hechos de sus interpretaciones. Esta vez, más que nunca, necesitaba cumplir su propia norma.

***

Antes de ir a Vega Alta, escribió a Gabriel. Le explicó que quería examinar de nuevo el bloc y que, si era posible, prefería hacerlo sin que nadie hubiera movido el cuadernillo desde el viernes. Su marido contestó que continuaba en el tercer cajón, donde ella lo había dejado.

«Estaré en casa. Si quieres, lo vemos juntos», añadió.

Elena aceptó. No se le ocurría una razón para impedir que Gabriel presenciara una comparación entre papeles. También sabía que él tenía más interés que nadie en que la carta resultara falsa. Aquello no era motivo suficiente para excluirlo ni para aceptar sus conclusiones.

Llevó una carpeta rígida, una regla fina y la pequeña lupa de aumento que utilizaba para revisar encuadernaciones cuando trabajaba fuera del centro. No se llevó adhesivos ni productos de limpieza. Los documentos se examinan mejor cuando nadie intenta mejorarlos antes.

Gabriel le abrió antes de que sacara las llaves.

—He hecho café —dijo.

—Gracias. Luego tomaré uno.

En la cocina estaba el bloc, todavía dentro del cajón.

Elena comprobó la posición con la fotografía que había hecho el viernes.

La cubierta azul quedaba inclinada hacia el mismo lado, sobre los manteles, y el paquete de tornillos continuaba junto a la esquina doblada.

No demostraba que nadie lo hubiera tocado, pero al menos no observó ningún cambio.

Lo sacó con cuidado y lo apoyó sobre el paño limpio que Gabriel había colocado en la mesa.

—No he arrancado ninguna hoja —dijo él.

—Ya lo sé. Quiero mirar primero el borde de las perforaciones.

Abrió el bloc por la primera página, donde estaban los teléfonos. Reconoció la dirección del cerrajero y la anotación sobre las averías. En lo alto seguía el encabezamiento que aparecía en su fotografía del dos de octubre. Lo había pasado por alto al fijarse en los números de teléfono.

—Eso lo escribió Bárbara delante de nosotros —recordó Gabriel—. Apuntó nuestros nombres antes de explicarnos cómo avisarla si se rompía algo.

Elena recordaba ahora la escena: Bárbara inclinada sobre la mesa de la cocina, con un bolígrafo negro y las palmeras de la pastelería todavía dentro de la bolsa.

No necesitaba fiarse únicamente de su memoria.

La imagen guardada en el móvil tenía fecha y mostraba esas mismas palabras, escritas antes de que la administradora se marchara de la casa.

—Vamos a comprobar la hoja de debajo —dijo.

Gabriel se apartó para dejarle espacio.

Elena levantó la primera página sin forzar la encuadernación.

Bajo ella, en la zona de la perforación, había varios restos estrechos de papel.

Una de las hojas parecía haber sido arrancada con un tirón desigual: quedaba una lengüeta larga junto al margen izquierdo y un fragmento diminuto en el lado derecho.

Había observado aquellos restos la víspera, pero entonces no sabía qué buscar.

Deslizó la carta, dentro de su funda transparente, junto al bloc. La desplegó lo justo para dejar visible el borde desgarrado. A través del plástico comparó las dos líneas verticales azules, la separación de los cuadros y, por último, el perfil de los desgarros.

La lengüeta del bloc terminaba en una punta estrecha. En el borde de la carta había un entrante con la misma forma. Más a la derecha, donde faltaba una esquina pequeña, se veía una interrupción que correspondía con el resto de papel atrapado junto a otra perforación.

—Parece que encaja —dijo Gabriel.

—Parece. No voy a pegarlo ni a arrancar la tira para comprobarlo.

Hizo una fotografía desde arriba, con una escala junto al borde y ambos fragmentos separados por unos milímetros.

Después repitió la toma con luz lateral.

Los salientes y los huecos se correspondían a lo largo de buena parte del desgarro, y la pauta impresa continuaba de un papel al otro sin salto apreciable.

Aquello era distinto de encontrar dos cuadernos iguales. Una distribución de fibras y roturas no se repetía en todos los ejemplares salidos de una fábrica.

Elena sintió la tentación de acercar más la hoja, de terminar de unir aquel borde que parecía haber estado separado de su sitio desde hacía días. Se contuvo. Tendría tiempo de explicarlo sin destruir lo que permitía comprobarlo.

—Es la hoja de este bloc —dijo al fin—. No puedo certificarlo sin que lo examinen, pero la correspondencia es demasiado específica para limitarse al mismo modelo.

Gabriel se sentó despacio.

—Entonces la carta la escribió alguien que tenía este cuaderno.

—O alguien a quien le llegó una hoja arrancada de él. Todavía no sabemos quién la escribió.

Él asintió. Miraba la funda transparente con una mezcla de alivio y desconcierto.

—¿Y cómo la fechas?

Elena no contestó enseguida. Volvió a colocar la primera página del bloc donde estaba y estudió las hendiduras que la escritura había dejado sobre la hoja inmediatamente inferior, aún sujeta al cuadernillo.

Se distinguían fragmentos de letras bajo el encabezamiento, especialmente en los trazos donde Bárbara había apretado más el bolígrafo.

La hoja arrancada había ocupado el lugar entre aquella página y la que ahora permanecía debajo. La presión, por tanto, había atravesado el papel que luego desapareció. Si quedaba alguna huella en él, sería la señal de que todavía estaba allí mientras se escribían aquellas palabras.

Elena giró la funda de la carta y acercó la lámpara de escritorio que Gabriel le había traído del despacho. No iluminó la hoja de frente, sino desde un lado, casi a ras de superficie. Los pliegues proyectaron sombras profundas. También aparecieron hundimientos mucho más finos.

Al principio creyó reconocer una cifra porque sabía que estaba buscándola. Cambió la posición de la luz para comprobar que no dependiera de un reflejo.

Sobre la parte superior de la carta, cruzando una zona donde no había tinta, se marcaba una secuencia de hendiduras.

Reconoció un dos, una barra, un uno y un cero.

Un poco más allá, un trazo curvo y la silueta de otra cifra.

No eran marcas hechas con la pluma que había escrito la nota: no seguían sus renglones y algunas quedaban atravesadas por los pliegues.

—Mira —dijo a Gabriel, señalando sin tocar el papel—. Esto no pertenece a la carta.

Él se inclinó, pero no vio nada hasta que Elena desplazó la lámpara.

—Parece un número.

—Lo es. Compáralo con la fecha del encabezamiento.

Colocó la fotografía del dos de octubre junto a la carta.

El «2/10/26» escrito en la primera página tenía una inclinación peculiar: el primer dos empezaba con un bucle cerrado y el último seis terminaba muy abajo, casi tocando la línea siguiente.

En la hoja arrancada no podía leerse el texto completo de una sola vez, pero la posición, el recorrido y la separación de aquellas marcas coincidían con el encabezamiento.

Debajo aparecían algunas hendiduras más largas.

Elena pudo situarlas bajo las palabras «Elena y Gabriel» después de comparar las distancias en las dos hojas.

No intentó reconstruir cada letra; era suficiente con que los trazos visibles ocuparan el lugar correspondiente a una anotación que sabía que existía.

Elena dejó la lámpara quieta.

—Esta hoja estaba debajo de la primera cuando Bárbara escribió nuestros nombres y la fecha de la entrega —dijo.

Gabriel no habló.

—Tengo una fotografía de esa página hecha el dos de octubre. Y el borde de la carta corresponde a la hoja que falta justo debajo. No estamos hablando de un papel parecido que alguien guardó desde el verano anterior.

—Entonces Inés no pudo escribirla.

Elena miró de nuevo los pliegues. La conclusión era la misma a la que estaba llegando, pero tenía que explicarla bien.

—Si la hoja seguía formando parte del bloc el dos de octubre de 2026, no podía estar doblada detrás del cuadro, escrita por Inés antes de morir en agosto de 2025. Alguien la sacó de este cuadernillo y preparó la carta después. Eso es lo que muestran el desgarro y las marcas, tomados juntos.

Gabriel se pasó una mano por la boca.

—Y alguien quiso que la encontráramos.

—Sí.