Capítulo 28. La casa de nadie #3
—Voy a asumir lo que corresponda por el informe —dijo él—. Me han pedido más documentación del estudio y estoy trabajando con un abogado. No sé qué consecuencias tendrá. No quiero esconderte nada, aunque ya no estemos juntos.
—Me alegro de que lo estés haciendo. Yo no voy a intervenir para evitarte esas consecuencias.
—No te lo pediría.
Hablaron de los libros, los muebles que Elena había comprado y las cosas que les habían regalado juntos.
La vivienda estaba inscrita a nombre de Gabriel por la herencia de Amalia; no discutieron esa realidad.
Acordaron revisar sus cuentas comunes y pedir asesoramiento para formalizar la separación sin improvisar acuerdos en una mesa de cafetería.
Cuando terminaron, Gabriel la acompañó a la puerta.
—Hay una caja en el despacho con tus fotografías de la universidad —dijo—. La encontré ayer. No la he abierto.
—La recogeré el sábado.
—Estaré fuera si prefieres ir sola.
Elena lo miró.
—No tienes que esconderte cada vez que voy a buscar algo. Podemos acordar una hora y hablar como dos personas que se conocen.
Gabriel sonrió con tristeza.
—Eso me gustaría.
Se despidieron con un abrazo breve. Elena reconoció el olor de su abrigo y el modo en que él dejaba descansar una mano entre sus omóplatos. El gesto le dolió precisamente porque era familiar. Cuando se separaron, no hubo un segundo intento ni una promesa sin fecha.
Cada uno caminó hacia su coche.
***
El último sábado de enero, Elena llevó sus pertenencias al piso nuevo en dos viajes.
Marta la ayudó con las cajas pequeñas y protestó porque Elena había embalado demasiados libros juntos.
En la cocina colocaron cuatro tazas, dos platos y una cafetera que parecía enorme sobre la encimera estrecha.
El dormitorio tenía una ventana orientada al este y una persiana que se atascaba un poco al subir.
Elena anotó la incidencia para comunicársela al propietario; lo haría por escrito, como cualquier inquilina.
Al mediodía volvió por última vez a la casa de Vega Alta para recoger una lámpara y la caja de las fotografías de la universidad. Gabriel estaba en el jardín, podando con torpeza el limonero. Se saludaron sin entrar en la casa juntos. Él había dejado todo junto a la puerta.
—He encontrado también el cuaderno donde apuntabas los gastos de la mudanza —dijo—. Lo he puesto encima.
Elena miró el pequeño cuaderno de tapas verdes. En la primera página había listas de muebles y presupuestos de pintura. En la última, un dibujo que ella había hecho para imaginar dónde colocarían la mesa de la cocina. Ninguno se parecía a la vivienda que terminaron habitando.
—Gracias.
Gabriel señaló el sobre que estaba junto a la lámpara.
—Ahí está tu copia del justificante del cambio de cerradura. He separado los papeles por si los necesitas.
—Está bien. Conserva tú también los tuyos.
Elena levantó la caja. Antes de salir volvió la cabeza hacia el pasillo. El cuadro ya no estaba apoyado contra la pared. Gabriel lo había guardado en el despacho, dentro de una funda. La pared mostraba dos marcas claras donde había estado colgado.
—¿Qué harás con la casa? —preguntó.
—No lo sé todavía. Puede que me quede. Necesito arreglar unas cosas y poner en orden los papeles de mi tía. No voy a decidirlo para demostrar nada.
Elena asintió. Agradecía que no utilizara la vivienda como argumento para pedirle que se quedara.
—Era una buena casa —dijo, mirando el suelo de madera.
—Lo sigue siendo.
—Puede ser.
No discutieron. Se despidieron en la puerta y Gabriel regresó al jardín con las tijeras en la mano.
Elena caminó hasta el coche y colocó la lámpara sobre una manta en el asiento trasero.
La caja de fotografías quedó a su lado. Antes de arrancar, buscó en el bolsillo las llaves de Vega Alta.
Tenía todavía las dos del último juego: la de entrada y la del patio.
Las quitó de su llavero personal y las guardó en un sobre para devolvérselas a Gabriel junto con el recibo del cambio de cilindro.
Había pasado meses creyendo que la cuestión central de aquella casa era quién poseía una llave, quién tenía derecho a entrar y quién podía decidir lo que se ocultaba dentro. Al final había entendido que ninguna cerradura podía resolver por sí sola la falta de confianza.
La casa era legalmente de Gabriel. Antes había sido de Amalia.
Inés había vivido allí durante un verano y Elena había intentado convertirla en el comienzo de una vida distinta.
Durante mucho tiempo, personas que no vivían en ella habían decidido qué se contaba, qué se callaba y qué se encontraba al abrir un cajón.
Había sido, en ese sentido, una casa de nadie.
En el piso nuevo no era propietaria de las paredes, ni sabía cuánto tiempo se quedaría. Había una persiana que arreglar y cajas sin abrir. Pero había elegido el lugar, había leído el contrato y sabía a quién entregaría una llave si alguna vez decidía hacerlo.
Elena arrancó el coche.
Aquella noche, después de colocar sus libros en la estantería, apagó la luz de la cocina y comprobó que la puerta de entrada estuviera bien cerrada. No buscó nada detrás de los cuadros: todavía no había colgado ninguno.
Dejó las llaves sobre la mesa y se fue a dormir.