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Capítulo 17. El papel

El viernes por la mañana, Elena se despertó con la impresión de que había olvidado algo en la casa.

Miró alrededor del dormitorio pequeño de Marta.

La bolsa seguía abierta a los pies de la cama, las toallas dobladas sobre una silla y el libro que se había llevado de Vega Alta permanecía en la mesilla, sin avanzar de la misma página.

No había olvidado el cargador ni el neceser.

Lo que le faltaba era una cosa que había dejado deliberadamente atrás: el bloc de incidencias.

Durante la noche recordó dos veces la escena de la mudanza.

Bárbara, con la carpeta azul bajo el brazo, había sacado un cuadernillo de hojas cuadriculadas y les había explicado que los teléfonos estaban en la primera página.

Elena le hizo una fotografía, más por costumbre que por necesidad.

Días después guardó el bloc en el aparador y, cuando encontró el doble fondo del tercer cajón, lo apartó para dejar sitio al destornillador.

Seguía allí, suponía.

No necesitaba volver a vivir con Gabriel para comprobarlo.

Marta llamó a la puerta con los nudillos.

—He hecho café. He conseguido no equivocarme de leche, que para mí ya es un triunfo.

—Ahora voy.

En la cocina, su amiga había dejado dos tostadas sobre un plato y el periódico abierto por la página de los crucigramas. Elena se sentó frente a ella.

—Hoy voy a pasar por casa —dijo.

Marta levantó la vista.

—¿A recoger ropa?

—También. Quiero mirar un bloc que nos dejó la administradora el día de la mudanza. Creo que el papel de la carta puede ser parecido.

—¿La carta del cuadro?

—Esa.

Marta apoyó el bolígrafo sobre el periódico.

—¿Parecido de cuánto? Porque en la oficina tenemos tres blocs iguales y los compramos en sitios distintos.

—Por eso necesito verlo. No basta con que tenga cuadros azules.

—¿Vas a ir cuando esté Gabriel?

—Le avisaré. No quiero entrar a escondidas, pero tampoco voy a pedir permiso para recoger mis cosas.

Marta le acercó el plato.

—Pues desayuna primero. Una investigación con el estómago vacío no puede acabar bien.

Elena sonrió. Cogió una tostada y, mientras apartaba unas migas del mantel, comprendió que ya no estaba pensando en qué le diría Gabriel al ver la carta. Por una vez, la pregunta se refería a algo que podía examinar con independencia de él.

***

En el trabajo tuvo una mañana difícil. Un expediente restaurado meses antes había vuelto con una ondulación en las últimas hojas, y Elena pasó más de una hora comprobando si el cambio se debía a la humedad o al modo en que se había almacenado.

Una compañera propuso sustituir el material de la carpeta.

Elena pidió esperar hasta comparar las mediciones anteriores.

No siempre había una causa única para un deterioro. Y, si uno intervenía demasiado pronto, podía borrar precisamente las marcas que permitían entenderlo.

A la una, en la pausa, escribió a Gabriel.

«Voy a pasar por casa al salir del trabajo. Necesito algo de ropa y revisar el bloc de incidencias que dejó Bárbara. No voy a llevarme ningún documento original».

La respuesta tardó unos minutos.

«Claro. Es tu casa. Yo tengo que acercarme a Umbral a recoger la liquidación y preguntar por el expediente del Alfar. Si no coincidimos, hablamos luego».

Elena recordó de pronto la fecha. Era dieciséis de octubre: el día que Gabriel había señalado desde la mudanza para cerrar las cuentas de las obras.

En aquella primera conversación, el plazo le pareció una decisión doméstica más, tan razonable como cambiar una cerradura o archivar las garantías.

Ahora comprendía por qué su marido había pasado los últimos días pendiente de la documentación, aunque seguía sin saber qué importes faltaban por justificar.

«De acuerdo. Gracias», respondió.

Antes de guardar el móvil, abrió la fotografía que había hecho el dos de octubre.

Estaba fechada aquella tarde y mostraba los teléfonos de mantenimiento escritos en un papel de cuadrícula azul.

La imagen recortaba parte del margen superior; no podía distinguir las dimensiones completas del bloc.

La archivó junto con las fotografías de la carta.

Al menos tenía una referencia de cómo había sido cuando Bárbara se lo entregó.

A media tarde, Lidia le envió un mensaje.

«He encontrado una postal escrita por Inés y dos listas suyas. ¿Quieres que te mande fotos?».

Elena dudó. Le interesaba comparar la letra, pero había decidido examinar primero el soporte de la carta. Mezclar ambas cosas podía hacer que interpretara cualquier semejanza como una confirmación.

«Sí, gracias. Guárdalas tú y mándame las fotos cuando puedas. No hace falta que busques más hoy», contestó.

Lidia respondió con una fotografía de una postal de vacaciones.

La escritura era más redonda y menos inclinada que la de la carta, aunque en aquella postal Inés había escrito con rotulador y en la nota del cuadro se había usado un bolígrafo fino.

Elena la guardó sin sacar conclusiones. Cambiar de instrumento, de superficie o de prisa podía cambiar mucho una letra.

Cuando terminó su jornada, tomó el coche hacia Vega Alta.

***

La calle estaba tranquila. Había un vehículo de reparto frente a la casa de la esquina y dos macetas nuevas en el alféizar de una vecina. Elena aparcó delante de la fachada y permaneció un momento mirando la puerta.

Durante la mudanza había deseado llegar a ese punto del día: apagar el motor, coger el bolso y entrar en una casa propia. Ahora se sorprendió calculando cuánto tiempo necesitaba dentro y dónde dejaría después las llaves.

Abrió con el juego nuevo. La cerradura giró sin atascarse.

Dentro hacía fresco y olía a la misma mezcla de madera y detergente que había dejado el miércoles.

El abrigo de Gabriel seguía colgado en el recibidor; faltaban sus zapatos de trabajo.

Había recogido las cajas del salón y colocado la estantería contra la pared.

Un lado continuaba calzado con el cartón que habían recortado el domingo.

Elena subió a por ropa antes de ponerse a revisar los papeles. En el dormitorio encontró la cama hecha, aunque Gabriel había colocado dos almohadas en el mismo lado. Sacó otras dos camisetas, una chaqueta y el cargador del portátil. No tocó nada más.

Abajo, en el aparador, abrió el tercer cajón.

El bloc estaba sobre los manteles, junto a la bolsita de tornillos que habían sobrado del montaje de una lámpara. Lo reconoció por la cubierta flexible, de un azul más oscuro que las hojas, y por una esquina doblada. No lo había vuelto a utilizar desde los primeros días.

Lo fotografió dentro del cajón antes de sacarlo.

Se sentó en la cocina y extendió un paño limpio para trabajar sobre él. No necesitaba convertir la casa en un laboratorio: iba a observar dos papeles. Pero sí quería evitar apoyar la carta sobre una superficie donde acababan de preparar comida.

Abrió el bloc. En la primera hoja estaban los teléfonos de mantenimiento, la dirección del cerrajero y una anotación que decía «averías, avisar antes de las 18». Reconoció la letra rápida de Bárbara, la misma con la que había señalado una factura pendiente en la carpeta azul.

Debajo había páginas sin utilizar. O eso parecía.

Elena recorrió el borde con la vista y observó que la parte superior estaba perforada para arrancar las hojas.

Había zonas donde las pequeñas perforaciones quedaban limpias y otras con fibras levantadas.

No era extraño en un bloc que se hubiese transportado suelto dentro de una carpeta.

Tomó varias fotografías: la cubierta, la primera página, una hoja en blanco y el borde superior sin separarlo de la encuadernación. Luego sacó de su bolso la funda transparente de la carta.

No quería desplegar el papel más veces de las necesarias.

Lo había fotografiado abierto el domingo, de modo que primero comparó aquellas imágenes con las que acababa de tomar.

Ajustó ambas al mismo tamaño aproximado en la pantalla.

La cuadrícula era muy parecida, pero con la pantalla del móvil bastaba un pequeño cambio de escala para que dos tramas distintas parecieran idénticas.

Apartó el teléfono.

Con una regla que encontró en el cajón de las herramientas midió la anchura de una página del bloc.

Después, sin extraer la carta de la funda, comprobó cuánto medía su borde inferior, que no había sido arrancado.

Coincidían prácticamente. La hoja de la carta era algo más corta debido al desgarro superior, pero la distribución de los cuadros también parecía la misma.

Había una particularidad que Elena no recordaba haber visto en la carta: a la izquierda de la cuadrícula aparecían dos líneas verticales azules, muy próximas, que delimitaban un margen estrecho.

No era una raya roja como la de los cuadernos escolares, sino una doble marca del mismo azul que los cuadros.

En la fotografía del domingo, esa parte de la carta quedaba oscurecida por un pliegue.

Colocó la funda bajo la luz de la ventana.

Allí estaban las dos líneas.

No era una marca hecha a mano. Ambas seguían la impresión del papel.

Tenían la misma separación y comenzaban a la misma altura respecto a la cuadrícula.

Elena comprobó también que en la parte baja de las dos hojas quedaba media fila de cuadrados cortada por el borde.

Era un detalle de fabricación, no un accidente del desgarro.

Apoyó la regla y tomó una fotografía con ambos papeles en el mismo encuadre, sin permitir que la carta rozara el bloc.

Por primera vez podía señalar una coincidencia material concreta, más allá del color y del tamaño. Alguien había escrito la carta sobre un papel del mismo formato y la misma pauta que el cuadernillo dejado por Bárbara el día de la mudanza.

¿El mismo cuadernillo?

No lo sabía. Una empresa podía comprar una caja entera de blocs idénticos y utilizarlos durante años. Aquel modelo quizá se vendiera en cualquier papelería. Había, además, una diferencia importante entre una hoja de un mismo tipo y una hoja arrancada de aquel ejemplar preciso.