La inquilina anterior (Las casas de nadie 1) Capítulo 16. Fuera de casa
45%

Capítulo 16. Fuera de casa

Marta abrió la puerta con un calcetín en la mano.

—No me mires así —dijo antes de que Elena pudiera saludarla—. Estaba recogiendo el cuarto y he encontrado uno que llevo buscando desde marzo.

Elena sostuvo la bolsa de viaje un poco más arriba para no golpear el marco.

—¿Seguro que no te molesto?

—Segurísimo. Entra, que se escapa el calor.

El piso de Marta estaba en una tercera planta sin ascensor, a dos calles del centro donde trabajaban.

Elena había subido aquella escalera otras veces, casi siempre para cenar y regresar después a casa con Gabriel.

Nunca había llegado con ropa para varios días y una carpeta apretada contra el costado.

Marta retiró unos zapatos del pasillo y la condujo al dormitorio pequeño.

Había una cama estrecha, una estantería con novelas y una mesa ocupada por una impresora que ya no funcionaba.

Sobre la almohada descansaba un juego de toallas limpias.

En el suelo quedaba una caja de adornos navideños con la tapa abierta.

—La caja no es parte de la decoración —aclaró Marta—. Llevo meses intentando bajarla al trastero.

—Me gusta. Le da un aire festivo.

—Como pongas una guirnalda, te cobro suplemento.

Elena dejó la bolsa sobre la cama. Había pasado todo el trayecto desde Vega Alta pensando en qué explicación daría al llegar. Marta no le pidió ninguna. Señaló dónde estaba el enchufe, le enseñó la llave del baño y le dijo que había preparado una crema de calabacín, por si quería cenar algo.

—Y si no quieres hablar, no hablamos —añadió desde la puerta.

Elena sostuvo la cremallera de la bolsa entre dos dedos.

—No sé cuánto tiempo me quedaré.

—Pues hoy duermes aquí. Mañana ya veremos.

Aquello era todo lo que necesitaba escuchar.

Cuando se quedó sola, sacó el neceser, colocó el pijama sobre la cama y dejó el cargador en la mesa. No deshizo el resto del equipaje. Le resultaba extraño disponer de un lugar donde no tenía que decidir nada, salvo en qué lado de una cama de noventa centímetros colocarse.

El teléfono vibró en el bolsillo de su chaqueta.

Gabriel: «¿Has llegado bien?».

Elena respondió que sí. El mensaje llevaba escrito «Te quiero» al final, pero lo borró antes de enviarlo. Después se quedó mirando la pantalla, avergonzada de haberlo borrado, como si alguien pudiera pedirle explicaciones por cuatro letras que no habían salido de su móvil.

La respuesta de Gabriel llegó enseguida.

«Gracias por avisar. No voy a agobiarte. Si necesitas cualquier cosa, me dices».

Elena dejó el teléfono sobre la mesa, junto a la impresora estropeada. No se había marchado porque hubiera dejado de querer a su marido. Precisamente por eso le costaba tanto recordar, cada vez que él tenía un gesto amable, por qué no estaba en su propia casa.

***

Cenaron en la cocina, bajo un fluorescente que zumbaba a intervalos. Marta añadió picatostes a la crema y se disculpó porque no tenía pan del día. Elena aseguró que no le importaba. Estaba hambrienta; no había comido más que un bocadillo antes de volver a Vega Alta a preparar la bolsa.

—¿Quieres contarme algo? —preguntó Marta cuando habían terminado.

Elena giró la cuchara dentro del plato vacío.

—Gabriel sabía que Inés vivió en la casa. Se lo ofreció Bárbara y cobró por ello. Hoy me lo ha admitido.

—Entonces te mintió.

—Sí.

Marta recogió los platos y los dejó en el fregadero.

—¿Y lo de su muerte?

—Eso es lo que no sé. Hay un informe de una obra fechado el día antes de que muriera. Lleva su firma, pero dice que no recuerda haber hecho la inspección. Está buscando el expediente completo.

—¿Y tú crees que participó en lo que ocurrió?

Elena miró el dibujo de una grieta en una de las baldosas de la pared.

—No tengo motivos para afirmarlo. Si me preguntas por qué me he marchado, no es por eso. Es porque cada vez que encuentro algo, Gabriel reconoce una parte que antes había negado. No puedo seguir haciendo de interrogadora en mi casa.

Marta apoyó la cadera contra el fregadero.

—Puedes estar enfadada con él sin haber decidido todavía qué significa eso para vuestro matrimonio.

—Ya, pero cuando me pregunta si vamos a separarnos parece que tuviera que contestarle esa misma noche.

—¿Y tienes que hacerlo?

—No.

—Pues ya está.

Marta abrió el grifo. Elena se levantó para secar los platos, y su amiga le pasó un paño sin agradecerle la ayuda. Aquel intercambio doméstico le devolvió una tranquilidad inesperada. Por primera vez en varios días, la conversación no se cerraba con una pregunta pendiente.

Antes de acostarse, Elena revisó la carpeta que se había llevado.

Tenía los mensajes impresos, las copias de la autorización y del informe, las fotografías del llavero y la funda donde había guardado la carta.

Había comprobado tantas veces que estuviera todo que ya conocía el tacto de cada separador.

No abrió ninguno.

Apagó la lámpara y escuchó los ruidos desconocidos del piso: la cisterna del vecino, una persiana que bajaba en otra vivienda, Marta cerrando los armarios de la cocina.

Había abandonado una casa tranquila para dormir en un cuarto lleno de sonidos ajenos y, aun así, se quedó dormida antes de medianoche.

***

El jueves encontró un mensaje de Gabriel a las ocho y cinco.

«Umbral ha confirmado que recibió la solicitud del expediente de Alfar. No han enviado todavía nada. Te lo pasaré en cuanto llegue».

Elena agradeció la información y guardó el teléfono. Marta había salido a comprar fruta antes de ir al trabajo y le había dejado una nota en la cocina: «Hay café. La leche buena es la del fondo. La otra caducó y me niego a admitirlo».

Sonrió mientras abría la nevera.

Durante la jornada consiguió concentrarse mejor que el miércoles.

Estaba revisando el montaje de una cubierta cuando tuvo que decidir si una marca formaba parte del deterioro original o de una intervención posterior.

Tomó fotografías con distintas luces, comparó la marca con el resto del material y dejó la decisión para cuando pudiera consultar una ficha antigua.

Entonces pensó en la carta de Inés.

Había hecho justo lo contrario con aquella hoja.

La había leído y, antes de preguntarse de dónde procedía, había empezado a imaginar una conversación entre Gabriel y otra mujer.

Conocía el principio elemental de no atribuir un documento sin comprobar su origen.

Pero no lo había aplicado porque las palabras hablaban de su marido.

Durante la pausa del almuerzo sacó una libreta nueva del cajón. En la primera página escribió dos encabezados: «Lo que puedo comprobar» y «Lo que me quieren hacer creer».

Debajo anotó el primer mensaje.

«Yo viví ahí antes que tú. Pregúntale a Gabriel por qué mi nombre no aparece en ningún contrato».

Inés había vivido en la casa. Lidia lo confirmó y Gabriel terminó admitiéndolo.

También era cierto que no existía un contrato firmado directamente con él, al menos ninguno que Elena hubiera visto.

Pero el mensaje no le había pedido que comprobara ambas cosas.

Le había señalado a Gabriel como alguien que escondía una historia.

El segundo correo la condujo al llavero. La pieza existía y quien escribía conocía el doble fondo del cajón. Lo que el objeto no demostraba era cuándo había llegado allí ni a quién había pertenecido. La letra I había bastado para que ella lo relacionara con Inés.

En el tercero aparecía el cuadro. Una carta dirigida a «G.» que decía «Si ella me pregunta, no voy a mentir por ti». No tenía fecha, no estaba autenticada y nadie había reconocido la escritura. Aun así, Elena había sentido que le revelaban una infidelidad.

El cuarto correo contenía el informe de seguridad.

Gabriel había reconocido su firma. Eso no demostraba que visitara el edificio el día que figuraba en la hoja ni que estuviera presente cuando Inés murió.

Sin embargo, el remitente había elegido una sola pregunta: «¿Qué comprobó el veintiséis de agosto? ».

Elena trazó una línea bajo las dos columnas.

No había una prueba que contradijera por sí sola todas las explicaciones de Gabriel.

Había, en cambio, una sucesión de datos que obligaban a mirarlo cada vez desde un ángulo peor: propietario que mentía, hombre que escondía a una mujer, marido que podía haber tenido una aventura, técnico vinculado con el lugar de una muerte.

La cadena no surgía de una investigación hecha por Elena. Alguien había decidido su orden antes de que ella tuviera ocasión de preguntar.

Eso no volvía falsos los hechos auténticos. Gabriel seguía habiendo mentido sobre el alquiler. La firma seguía siendo suya. Pero una cosa era descubrir una mentira y otra aceptar que quien la revelaba también decía la verdad sobre el resto.

Elena guardó la libreta cuando terminaron los veinte minutos de descanso. No había resuelto nada. Solo había dejado de leer aquellos mensajes como si fueran cartas de una persona que necesitaba ayuda.

***

A media tarde recibió otro correo.

Había terminado de preparar una caja de conservación y estaba guardando las herramientas cuando vio la notificación en el teléfono. El asunto decía: «Después de la caída».

Elena abrió el mensaje junto a su mesa de trabajo.

«Gabriel dejó sola a Inés cuando todo se complicó. Pregúntale qué hizo después de que la encontraran. Contigo está haciendo lo mismo: dejarte con las consecuencias».

No había documentos adjuntos, fotografías ni indicaciones para abrir un cajón. Solo esas dos frases.

Elena sintió primero un impulso de llamar a Gabriel.

La referencia a lo que había hecho después de la caída podía estar relacionada con el informe, y él había reconocido que conocía la muerte de Inés desde hacía más de un año.

Pero el mensaje no decía que lo hubiera visto en el edificio ni que él estuviera presente.

Planteaba una insinuación y la envolvía en una acusación sobre su matrimonio.

«Contigo está haciendo lo mismo».

Leyó aquella segunda frase con más atención que la primera.

¿De dónde había sacado la persona que escribía esa comparación?

Era cierto que Elena había pasado la noche en casa de Marta, pero no había publicado nada ni hablado de su marcha con nadie fuera de un círculo reducido.

El remitente no afirmaba saberlo: podía estar aprovechando lo que cualquiera habría imaginado tras los mensajes anteriores.

O podía conocer más de la situación de lo que Elena suponía.

Por primera vez se preguntó si la persona que le escribía pretendía que ella hiciera algo después de cada correo, y no únicamente que descubriera algo.

Guardó el archivo original, anotó la hora y evitó responder. Ya había aportado los mensajes anteriores a la Guardia Civil. Haría lo mismo con este, sin atribuirle información que no contenía.

Marta la encontró todavía sentada frente a la mesa vacía.

—Te he visto desde la puerta. ¿Ha pasado algo?

Elena le enseñó la pantalla.

Su amiga leyó las frases despacio. Después volvió al principio.

—Esto no te está contando qué le pasó a Inés —dijo—. Te está diciendo qué deberías pensar de Gabriel.

Elena guardó el móvil.

—Es lo que llevo toda la mañana intentando ordenar.

—¿Y quién sabe que estás aquí?

—Tú. Gabriel. Lidia sabe que hemos discutido, pero no le he dicho dónde duermo. Y puede que alguien del trabajo haya notado que ayer me fui antes.

—Entonces no des por hecho que te vigilan. Puede ser una frase hecha para asustarte.

—Lo sé.

Marta se sentó en la silla de al lado.

—Tampoco tienes que decidir esta noche si vuelves con él.

—Parece que todos los mensajes me empujen a decidir algo de inmediato.

—Pues no lo decidas.

Elena se quedó mirando la pantalla apagada. Aquel consejo no aclaraba la muerte de Inés ni el informe de Gabriel. Pero le devolvía la posibilidad de no obedecer el ritmo que otra persona le estaba marcando.

***

En casa de Marta, después de cenar, Elena extendió las copias sobre la mesa pequeña del dormitorio. Su amiga le había prestado una lámpara de escritorio para que no tuviera que trabajar bajo la luz del techo.

Colocó a un lado lo que procedía de fuentes identificables: la autorización firmada por Gabriel, las transferencias que él le había mostrado, la publicación de Umbral Gestión, las fotografías públicas de Inés y la noticia de su muerte.

En el otro dejó los elementos que habían llegado a través de la cuenta anónima: los correos, la imagen del informe y la carta escondida detrás del cuadro.

El informe estaba en una zona incómoda de esa clasificación. Gabriel había reconocido la firma, pero Elena todavía no tenía el original ni el expediente completo. Escribió «procedencia pendiente» en un papel aparte y lo dejó encima de la fotografía.

La carta, en cambio, no tenía más respaldo que la palabra del remitente. Nadie sabía quién la había escrito, cuándo ni por qué se encontraba detrás del marco. Elena la sacó de su funda sin desplegarla del todo y la sostuvo por los bordes.

En el centro de conservación utilizaban luz rasante para apreciar deformaciones y marcas que no se veían a simple vista. Allí solo tenía una lámpara doméstica, así que no iba a sacar conclusiones técnicas. Pero podía empezar por lo más elemental: mirar la hoja sin leerla.

Vio la cuadrícula azulada, los cuatro pliegues y el desgarro de la parte superior.

Una esquina estaba ligeramente cortada. El papel era común, de un bloc pequeño, como cientos que había visto en oficinas y comercios.

Esa normalidad explicaba por qué apenas se había fijado en él el día que lo encontró.

Volvió a guardarlo. No quería manipularlo más esa noche y, sobre todo, no quería decidir su procedencia a partir de una semejanza vaga.

Abrió la fotografía que había tomado detrás del cuadro.

El papel aparecía medio oculto bajo el cartón.

Después buscó las imágenes del día de la mudanza.

Recordaba que Bárbara les había dejado un bloc para las incidencias; no sabía si lo habían guardado todavía ni cómo eran exactamente sus hojas.

En una fotografía de la cocina se veía una parte de la carpeta azul, pero el bloc quedaba debajo de otros papeles.

Dejó de ampliar la imagen cuando empezó a perder nitidez. No iba a inventar detalles que la fotografía no permitía distinguir.

Podía comprobar aquel bloc al regresar a la casa o pedir a Gabriel que se lo dejara ver, pero antes necesitaba conservar intacta la carta y revisar sus propias imágenes con calma.

Anotó en la libreta: «Carta: origen no acreditado. Examinar soporte y comparar con material disponible. No asumir autoría de Inés».

La frase era mucho menos espectacular que cualquiera de los correos. Precisamente por eso le gustó.

Al apagar la lámpara, Elena pensó que había perdido demasiadas horas preguntándose qué nueva acusación le enviaría aquella persona. Ahora tenía otra pregunta, más útil y también más difícil de responder.

No era qué quería contarle el remitente.

Era por qué había elegido aquella forma de contárselo.