Capítulo 15. La segunda mentira
El miércoles, cuando Elena bajó a la cocina, Gabriel ya había preparado el café. No estaba desayunando. Tenía el portátil abierto, una libreta a su lado y tres hojas impresas que había colocado junto a la panera.
—He encontrado algo —dijo.
Elena dejó el teléfono sobre la encimera. Había dormido poco y tenía la sensación de que aún llevaba entre los dedos el papel del informe recibido el día anterior.
—¿El expediente de la calle del Alfar?
—No. Eso todavía no. Es de la casa.
Gabriel giró el ordenador para que pudiera ver la pantalla.
Mostraba movimientos bancarios de 2025. Había marcado tres ingresos procedentes de Umbral Gestión, uno en junio, otro en julio y otro en agosto.
La cantidad era la misma: trescientos veinte euros.
En el concepto figuraba una abreviatura, «Viv.
Amalia», seguida de un número de referencia.
Elena se sentó sin quitarse la chaqueta.
—¿Qué son?
Gabriel pasó el índice por el borde de la primera hoja.
—Dinero del alquiler. De cuando estuvo Inés aquí.
Durante unos segundos, Elena solo oyó la cafetera, que había quedado encendida y emitía un zumbido leve. La apagó antes de volverse hacia él.
—¿Me estás diciendo que vivía en esta casa?
—Sí.
—¿Y que tú lo sabías?
—Sí.
No intentó añadir nada. Aquellas dos respuestas breves, después de tantos días de explicaciones, le provocaron a Elena una extraña sensación de vacío.
Había esperado que, cuando Gabriel admitiera lo que los documentos indicaban, sintiera la satisfacción de haber llegado a la verdad.
Lo único que consiguió pensar fue que durante una semana él había visto cómo buscaba y había dejado que siguiera haciéndolo.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
—Bárbara me propuso que le dejáramos la casa en mayo. Inés acababa de separarse y necesitaba un sitio por unos meses. Como seguíamos con las reparaciones, me dijo que podían organizarse para no estorbar a los trabajadores.
—¿Y aceptaste?
—Acepté.
—Sin hablar conmigo.
Gabriel miró los movimientos de la pantalla.
—La casa estaba a mi nombre. Pensé que era una decisión sobre una propiedad que yo estaba intentando mantener.
Elena sostuvo su mirada.
—No te he preguntado de quién era la casa.
Él bajó los ojos.
—No. Ya lo sé.
Elena se quitó por fin la chaqueta y la dobló sobre el respaldo. Necesitaba las manos libres, aunque no tenía nada que hacer con ellas.
—Explícamelo desde el principio. Esta vez sin hablarme solo de lo que pone en los papeles.
Gabriel abrió un correo antiguo. Había una cadena con el asunto «Uso temporal de vivienda».
En el primer mensaje, Bárbara exponía que una empleada buscaba alojamiento hasta finales de agosto y que podría ocuparse de coordinar entradas de los profesionales si se le permitía residir allí.
En su respuesta, Gabriel aceptaba el acuerdo y pedía que se respetaran las fechas previstas para las reparaciones.
—Ella pagaba a Umbral —explicó él—. Bárbara gestionaba los gastos y después me hacía estas transferencias. Era menos de lo que habríamos sacado con un alquiler normal, pero tampoco podíamos alquilar la casa como si estuviera lista para vivir.
—Y, aun así, alguien vivió aquí.
—Sí.
—¿Hubo contrato?
—No uno firmado directamente conmigo. Bárbara lo organizó como un acuerdo temporal. Tendré que pedirle lo que conserve.
Elena señaló la pantalla.
—No te hizo falta pedirle nada para saber que entraba dinero en tu cuenta.
Gabriel asintió. Su docilidad era casi peor que una discusión: le impedía concentrar la rabia en una respuesta injusta.
—¿Por qué no me lo contaste en mayo? —preguntó.
Él tardó en responder.
—Había cosas de mi trabajo que iban peor de lo que te decía. Una colaboración que esperaba cobrar se cayó. Debía dinero del estudio anterior y no quería sacar más de nuestros ahorros para las obras. Bárbara me ofreció una solución y pensé que, en agosto, se habría terminado todo.
—¿Trescientos veinte euros al mes solucionaban eso?
—No. Ayudaban. Y, sobre todo, me evitaban reconocer que volvía a necesitar dinero.
Elena recordó aquel verano. Ella había sugerido aplazar unas reparaciones hasta que pudieran pagarlas con tranquilidad.
Gabriel había asegurado que ya tenía cubiertos los gastos.
Habían salido a cenar para celebrarlo y él pidió el vino que tanto les gustaba, aunque luego se empeñó en pagar la cuenta con su tarjeta profesional.
—Me dijiste que las cuentas estaban controladas.
—Lo sé.
—Me lo dijiste mirándome a la cara.
—Lo sé, Elena.
No había forma de responder a eso sin volver a la misma frase. Ella cerró el portátil a medias, lo suficiente para dejar de ver los importes.
—Cuando llegó el primer correo, ¿ya sabías que se refería a Inés Valcárcel?
—Por el nombre, lo sospeché. No sabía quién escribía ni por qué. Después aparecieron las fechas y entendí que se trataba de ella.
—Y me dijiste que no conocías a ninguna Inés.
—Sí.
—Luego que era una empleada que venía a abrir a los trabajadores. Después que no sabías qué había hecho en la casa. Ayer mismo me dijiste que apenas habías hablado con ella.
—Eso último es verdad. No tuve una relación con Inés. El acuerdo lo llevé con Bárbara.
—¿Y lo demás?
Gabriel deslizó las manos por la mesa hasta juntarlas.
—Mentí. Al principio me asusté de que saliera lo del dinero. Después, cuando supe que alguien estaba usando el nombre de Inés, pensé que contarte lo del alquiler lo iba a convertir todo en algo peor. Cuanto más esperé, más difícil se volvió.
Elena se levantó para abrir la ventana. Entró el aire frío de la mañana y el ruido de alguien arrastrando un cubo por el patio contiguo. En la mesa seguían dos tazas servidas. La de Gabriel estaba intacta.
—No fue solo una mentira al principio —dijo, de espaldas a él—. Me dejaste preguntarle a un trabajador, buscar documentos y hablar con la hermana de una mujer muerta. Y cada vez que volvía con algo, tú decidías cuánto admitir.
—Tienes razón.
Elena cerró la ventana. Quería que su marido dijera algo menos fácil que «tienes razón», pero tampoco soportaría que intentara convencerla de lo contrario.
—¿Lo supo alguien más? ¿Tu familia? ¿Tu madre?
—Que yo sepa, no. Bárbara, Inés y yo. Algún empleado que tuviera que entrar, supongo.
—¿Y cuando murió Inés?
Gabriel levantó la vista.
—Bárbara me dijo que había sufrido un accidente en una obra. Según ella, Inés había dejado la casa unos días antes, aunque el permiso seguía vigente hasta el treinta y uno. La vivienda quedó cerrada y seguimos con los arreglos.
—¿No te pareció importante contarme que la mujer que había vivido en nuestra casa había muerto?
—Ya te he dicho por qué no te hablé del alquiler.
Elena dejó escapar el aire lentamente.
—Eso explica por qué te resultaba incómodo. No explica por qué creíste que yo no tenía derecho a saberlo.
Gabriel no encontró respuesta.
***
A media mañana, Elena llevó a la Guardia Civil la copia del último correo y la imagen del informe. Había pedido permiso en el trabajo para resolver un asunto personal y aprovechó la visita para añadir la información sobre el acuerdo de alojamiento.
La agente que la atendió le pidió que distinguiera lo que había comprobado de lo que Gabriel le había reconocido aquella mañana.
Elena explicó las transferencias que él le enseñó y la cadena de correos, pero aclaró que no llevaba los archivos bancarios ni disponía de una copia de aquellas comunicaciones.
—Mi marido puede facilitarlos si se le requieren —dijo.
No le preguntó a la agente si creía que Gabriel era culpable de algo. No era una pregunta que pudiera responderle. Al salir, guardó el justificante de la nueva comparecencia en el mismo apartado de la carpeta donde estaban los anteriores.
Fue entonces cuando llamó a Marta.
Su compañera respondió con la voz baja, como si acabara de salir de una reunión.
—¿Todo bien?
—Necesito pedirte una cosa. Y puedes decirme que no.
—Eso suena alarmante.
Elena miró a la gente que cruzaba la calle junto al paso de peatones. Una mujer sostenía una barra de pan bajo el brazo; un repartidor buscaba una dirección en el móvil. Nadie sabía qué acababa de admitirle Gabriel y, por primera vez en varios días, agradeció que fuera así.
—¿Podría quedarme en tu casa un par de noches? —preguntó—. Necesito estar fuera de la mía para ordenar algunas cosas.
Marta no respondió de inmediato.
—Claro que sí. Tengo el cuarto pequeño lleno de ropa por guardar, pero la cama está libre. ¿Quieres que vaya a buscarte?
—No hace falta. Llevo mi coche.
—¿Ha pasado algo con Gabriel?
Elena miró la carpeta que llevaba en la mano.
—Me ha contado la verdad sobre una parte de lo de Inés. Y me he dado cuenta de que no puedo seguir durmiendo allí como si todo estuviera bien.
—Entonces vienes. Ya hablaremos cuando te apetezca.
Marta le preguntó si prefería que avisara a alguien en el trabajo para ajustar la mañana siguiente. Elena respondió que no, que se ocuparía de ello. Agradeció que no intentara sonsacarle el resto de la historia.
Antes de volver al coche, escribió a Lidia: «Gabriel me ha confirmado que Inés vivió en la casa y que Bárbara gestionaba los pagos. No sé todavía todo lo relativo al informe. Te llamo cuando pueda hablar con calma».
Lidia contestó al cabo de unos minutos.
«Gracias por decírmelo. Lo del alquiler era cierto. Lo del accidente sigue sin explicarse».
Elena guardó el teléfono. Esa era, precisamente, la diferencia que tenía que conservar clara. Había conseguido una respuesta sobre la vivienda. El documento de seguridad seguía ahí, y una firma reconocida no decía aún cuándo ni por qué se había puesto.
***
Gabriel estaba en el despacho cuando Elena volvió a casa. Había dejado los papeles de la mañana en una pila ordenada sobre la mesa, junto a los presupuestos de su trabajo.
—¿Has encontrado algo del informe? —preguntó ella desde la puerta.
—He solicitado el expediente a Umbral. Todavía no me han contestado.
—¿Le has escrito a Bárbara?
—A la dirección de administración de la empresa. Quiero la copia completa, no una explicación por teléfono.
Elena asintió. Era una decisión razonable, aunque llegaba tarde para tranquilizarla.
—Voy a preparar una bolsa —dijo.
Gabriel dejó de mirar la pantalla.
—¿Para qué?
—Me quedaré unos días en casa de Marta.
Él tardó en levantarse. Cuando lo hizo, apartó la silla con cuidado para no golpear la cómoda que todavía habían dejado junto a la puerta.
—Elena, no tienes que marcharte. Si necesitas estar sola, puedo irme yo.
—No quiero quedarme aquí. No esta noche.
—Es tu casa también.
Ella miró las cajas sin vaciar que seguían junto a la pared.
—Eso creía.
Gabriel acusó el golpe, aunque Elena no había elevado la voz. Se pasó una mano por la cara y se quedó mirando el suelo.
—No he tenido nada con Inés —repitió—. Necesito que por lo menos me creas en eso.
—No puedo prometerte qué voy a creer. La carta podría ser falsa. También podría ser auténtica. Lo que sé es que tú me has contado una historia distinta cada vez que encontraba algo.
—Te he dicho toda la verdad sobre el alquiler.
—Hoy. Después de que Lidia me confirmara que su hermana vivía aquí y de que yo encontrara la autorización. ¿Qué habrías hecho si nunca hubieran llegado esos mensajes?
Gabriel abrió la boca, pero no dijo nada.
No era la respuesta que Elena quería. Era, sin embargo, una respuesta suficiente.
Subió al dormitorio y sacó del armario una bolsa de viaje. La habían utilizado para transportar las sábanas durante la mudanza; aún conservaba, en el bolsillo lateral, un recibo arrugado de la gasolinera. Lo tiró a la papelera y comenzó a doblar ropa.
Dos pantalones. Tres camisetas. Un jersey. El neceser. El cargador del teléfono. Pensó en llevarse uno de los libros pendientes de la estantería y terminó guardando el que había dejado a medias antes de mudarse. La simplicidad de esas decisiones le permitió recuperar algo de calma.
Gabriel apareció en el umbral, sin entrar.
—No voy a impedirte que te vayas —dijo—. Pero quiero que sepas que no te he hecho daño a propósito.
Elena cerró la cremallera a medias.
—¿De verdad crees que eso es lo que tengo que valorar ahora?
—No. Supongo que no.
Elena se sentó en el borde de la cama. A su lado seguía la mesilla que habían tenido en el piso anterior, con un pequeño desconchón en la esquina.
La habitación estaba prácticamente terminada; solo faltaban las cortinas que había encargado y un cuadro para la pared.
Se había imaginado durmiendo allí durante años.
—Cuando nos mudamos —dijo—, pensé que por fin íbamos a poder dejar de preocuparnos cada mes por el alquiler. Tú me dijiste que esta casa nos iba a venir bien. Y te creí.
—Era verdad.
—Puede que sí. Pero yo no sabía lo que significaba para ti tenerla. No sabía a quién se la habías prestado, qué dinero habías recibido ni qué habías firmado. He venido a vivir aquí sin conocer decisiones que ya habías tomado por los dos.
Gabriel apoyó una mano en el marco de la puerta.
—La heredé yo, Elena. No pensé que hacer un acuerdo temporal fuera decidir por los dos.
—Decidiste esconderlo. Esa parte sí fue sobre nosotros.
Él apartó la mano.
—¿Vamos a separarnos por esto?
—No lo sé. No voy a decidirlo hoy.
Gabriel asintió despacio. Parecía más desconcertado por aquella ausencia de respuesta que por una amenaza de separación definitiva.
Elena terminó de cerrar la bolsa. Antes de salir del dormitorio cogió la carpeta donde había reunido los mensajes, las fotografías y las copias de los documentos. No se llevó la carpeta azul de las obras: era documentación de la vivienda y había hecho copias de lo que necesitaba.
En el recibidor encontró las llaves nuevas dentro del cuenco. Cogió su juego y comprobó que llevaba también las del coche. Gabriel bajó detrás de ella, pero se quedó al pie de la escalera.
—Escríbeme cuando llegues —pidió.
Elena lo miró. Ocho años juntos eran también eso: saber que él iba a preocuparse por si llegaba bien a casa de Marta, incluso en el momento en que ella no soportaba seguir en la suya.
—Te escribiré.
Salió a la calle con la bolsa en una mano y la carpeta en la otra. Había refrescado. En el patio, al otro lado de la casa, el limonero asomaba por encima de la tapia, apenas iluminado por las ventanas de la cocina.
Elena dejó el equipaje en el asiento trasero. Se sentó al volante, ajustó el espejo y esperó a que sus manos dejaran de temblar antes de arrancar.
No se marchaba porque creyera que Gabriel había matado a Inés. No tenía ninguna prueba de eso. Se marchaba porque ya no sabía qué tendría que encontrar para que su marido dejara de decirle solo la parte de la verdad que los papeles le obligaban a reconocer.
Al encender el motor, vio que la luz del recibidor seguía prendida.
Durante unos segundos contempló la fachada de ladrillo claro, las persianas de madera y la puerta que habían cruzado juntos apenas doce días antes.
Después puso primera y se fue.