Capítulo 14. Una firma imposible #2
Gabriel apoyó la fotografía sobre la mesa, perfectamente alineada con el borde.
—No puedo asegurarte que estuviera allí ese día.
—Pero firmaste un informe que dice que hiciste una visita.
—Eso pone.
—No te estoy preguntando qué pone. Te estoy preguntando si la hiciste.
Él bajó la cabeza un instante y se frotó el puente de la nariz. Elena vio que tenía una pequeña mancha roja cerca de la ceja, quizá de haberse rascado con demasiada fuerza.
—Necesito ver el expediente completo —dijo Gabriel—. Hay actas que se preparan en oficina con información de varios técnicos y se firman después. No quiero decirte ahora algo que resulte no ser exacto.
—¿Eso hiciste con esta?
—Te estoy explicando cómo pueden tramitarse esos documentos.
—¿Y este, Gabriel?
Él levantó la vista. Por primera vez pareció enfadarse, aunque su voz siguió baja.
—No he dicho que esa hoja sea falsa. Te he dicho que no recuerdo cómo se tramitó. Hace más de un año. Necesito comprobarlo.
Elena retiró despacio su vaso de agua para dejar espacio entre ellos.
—Inés murió al día siguiente —dijo.
—Lo sé.
—Lo sabía yo también cuando te pregunté ayer por el edificio. Tú me dijiste que no recordabas haber trabajado allí. Y ahora aparece tu firma en un informe de seguridad.
Gabriel volvió a mirar la fecha.
—Yo no estaba allí cuando murió Inés.
Era la primera afirmación rotunda que hacía desde que se había sentado. Elena se dio cuenta de que no contestaba exactamente a lo que le había preguntado.
—No te he dicho que estuvieras con ella cuando cayó.
—Pero es lo que parece que estás pensando.
—Estoy pensando que cada vez que encuentro un documento tengo que hacerte las mismas preguntas para saber una parte más de la historia.
Gabriel abrió las manos sobre la mesa, sin llegar a tocar la fotografía.
—He firmado cientos de partes e informes, Elena. Si este está entre ellos, tendrá un expediente. Voy a buscarlo. Y si me equivoqué en algo, tendré que responder por ello. Pero no voy a aceptar que una persona que utiliza el nombre de una fallecida decida de qué soy culpable.
Aquello dejó a Elena sin una réplica inmediata.
Había algo que no podía negar: el remitente estaba seleccionando qué información ofrecerle y en qué orden.
La carta había insinuado una relación íntima; ahora el informe sugería una responsabilidad en el lugar de la muerte.
Ninguno de los dos documentos había llegado por una vía que permitiera comprobar su origen.
Sin embargo, la firma sí era de Gabriel. Él acababa de reconocerlo.
—No necesito que ese remitente decida nada —dijo—. Necesito que tú me digas la verdad antes de que la encuentre en otro sitio.
Su marido bajó la mirada.
—Déjame revisar el expediente.
Elena guardó la fotografía en la funda. No hubo un portazo ni una salida de la habitación. Gabriel se levantó para buscar el portátil y regresó a la mesa. Intentó localizar sus correos de agosto y septiembre de 2025 mientras la cena se enfriaba.
Ella no se quedó observándole por encima del hombro. Terminó de poner aceite a la ensalada y la guardó en el frigorífico. Desde el salón oyó el teclado, una llamada que no llegó a establecerse y a Gabriel murmurar que necesitaba el número completo de referencia del expediente.
No sabía si estaba buscando una explicación o la mejor manera de contarla.
***
A las diez menos cuarto, Gabriel seguía en el despacho.
Elena había cenado sola. Le había dejado un plato tapado, como hacía cuando alguno llegaba tarde, aunque esa noche le costó decidir si aquel gesto era cariño, costumbre o simplemente negarse a convertir todo en una discusión.
Sentada en el salón, volvió a leer el informe.
Esta vez se fijó en sus ausencias. No aparecía el nombre de Inés.
No había referencia a la caída. No constaba que Gabriel hubiera visto a la víctima ni que hubiese estado en el edificio el día veintisiete.
Lo que el documento afirmaba era una visita el día anterior y una comprobación de determinadas condiciones de seguridad.
También podía estar falsificado, total o parcialmente. La declaración de Gabriel sobre su firma no despejaba la fecha de la visita ni las circunstancias de su emisión.
Elena anotó debajo de su lista: «Gabriel reconoce la firma. No confirma visita del 26/08. Solicitar comprobación del documento original y del expediente».
Después preparó una nota breve para aportar el nuevo mensaje a la Guardia Civil al día siguiente, junto con la fotografía y los archivos originales conservados. No calificó el documento como prueba de un delito. Era información nueva, importante, que otras personas tendrían que verificar.
Desde el despacho llegó el chirrido de la silla. Gabriel apareció en el salón con el rostro fatigado.
—He encontrado una referencia a esa obra en un listado —dijo—. Pero el archivo completo no está entre mis correos. Tengo que pedirlo.
—¿A Bárbara?
—A quien conserve la documentación.
—Es su empresa la que aparece en el encabezado.
—Lo sé.
Elena esperó, por si continuaba. Gabriel no lo hizo.
—Cuando la tengas, quiero verla —dijo ella.
—Sí.
Subió a acostarse poco después. Elena se quedó un rato más mirando el patio, que la lluvia había dejado brillante bajo la luz de la cocina. En la ventana se reflejaba una parte del salón y, detrás, la estantería que habían montado el domingo. Todavía estaba calzada con un pedazo de cartón.
Había comenzado la semana intentando comprender qué papel podía haber desempeñado Umbral Gestión en la vida de Inés. Ahora tenía una pregunta más concreta y más difícil de formular sin sentir que estaba acusando a su marido.
¿Qué había firmado Gabriel, y por qué no era capaz de decirle cuándo lo había hecho?
La fotografía no respondía. Solo mostraba una fecha, unas palabras cuidadosamente impresas y una firma que Elena conocía desde hacía ocho años.
A la mañana siguiente tendría que averiguar qué parte de aquella hoja correspondía a una visita real y cuál era, todavía, una versión escrita de los hechos.